Literatura Random House. Barcelona, 2015. 224 páginas. 15,90 €. Libro electrónico: 9,99 €. Al comienzo de la Feria del Libro de Madrid, este número especial se abre con el último ensayo de Sánchez Ferlosio, hoy ya un clásico.
Por Rafael Narbona
Rafael Sánchez Ferlosio (Roma, 1927) goza del reconocimiento de los clásicos. Su obra ocupa un lugar privilegiado en la literatura española de la segunda mitad del siglo XX. Industrias y andanzas de Alfanhuí (1951) se desvió del canon realista de la posguerra, apostando por la fantasía, el lirismo y el apunte cervantino. A mitad de camino entre la novela picaresca y el realismo mágico, su perfección formal continúa deslumbrando con la intensidad de las fábulas atemporales. El Jarama (1955) consolidó a un narrador estimulado por una insatisfacción permanente, que le prohibía repetir la misma fórmula en dos libros sucesivos. Algunos consideran que la historia de unos jóvenes bañistas de excursión en un río de las afueras de Madrid, constituye una auténtica epopeya de lo vulgar e insignificante. Esa inusual epopeya se convierte en tragedia cuando se produce un ahogamiento. El contraste entre lo urbano y lo rural se exaspera con las distintas formas de afrontar la muerte. No me parece improcedente hablar de hiperrealismo, pues la prosa adquiere un relieve que sobrepasa los hechos y les imprime un carácter simbólico. Aunque la peripecia es insignificante, la maestría en los diálogos, la caracterización psicológica y la recreación de la época, saturan el libro, convirtiéndolo en un prodigio narrativo, con un estilo de enorme plasticidad, que transita verosímilmente del lenguaje de los aldeanos al de un juez, un estudiante o un guardia civil.
Aunque regresó al género narrativo con El testimonio de Yarfoz (1986), Ferlosio se orientó hacia el ensayo tras publicar El Jarama, movido por la convicción de que el género narrativo rozaba el agotamiento. Campo de retamas es su último libro y su planteamiento no puede ser más subversivo. El pensamiento no produce sus mejores frutos cuando prolonga sus intuiciones, sino cuando las interrumpe bruscamente. Los pecios de un naufragio aparentemente flotan a la deriva, pero en realidad son pequeñas islas de clarividencia. La época de los grandes sistemas filosóficos pertenece al pasado. La clarificación ya no se abre paso con teorías complejas, sino con ideas fragmentarias, con apariencia de descartes. Ferlosio advierte que «lo más sospechoso de las soluciones es que se las encuentra siempre que se quiere».
Al igual que el argumento ontológico de San Anselmo, la solución es una falacia, un ardid que finge un problema para resolverlo con un postulado. Eso no significa que la verdad resplandezca como una evidencia incontestable: «No sé por qué la palabra “oscurantismo” suena tan peyorativa; a “oscurantista” me apuntaba yo ahora mismo». Quizás la clave del saber se halla en el sufrimiento. Ferlosio rescata una frase de Ortega, extraída de una carta dirigida a Unamuno: «Cervantes simpatiza con todo. No es que Cervantes haya vivido mucho, sino que ha sufrido y no le guarda rencor a nadie».
En el caso de Ferlosio, el sufrimiento es una profunda herida que se remonta a 1985, cuando su hija Marta -concebida durante su matrimonio con Carmen Martín Gaite- falleció prematuramente. El escritor elige como pórtico de su obra un poema de su hija: «Pájaros rojos, centellas y desastres / cruzan la negra noche, / el diablo está llegando por Vallecas. / No le cerréis las puertas de la ciudad perdida, / ¡quién sabe si su luz no abrirá las tinieblas!». La luz de los pecios de Ferlosio son destellos llenos de ingenio, ironía y perspicacia. No pretende tener razón, «pues no hay ser más feroz ni más temible que el que tiene razón». Cita a Hegel: «Pensar el límite es traspasarlo», sin ocultar su escepticismo hacia un imaginario más allá o un posible sentido. Los límites no se traspasan. Se asumen o se maquillan. El ser humano no es la cima de nada. Sólo es «un animal sin instinto» en un bosque de coníferas, irremediable perdido porque carece de experiencia y ha llegado demasiado tarde para adquirirla. «El futuro llama a la puerta» y «ha venido para quedarse». […] «Esa es la maldición».
Es inútil buscar consuelo en el afecto de nuestros semejantes, advierte Ferlosio. A veces, caemos en la tentación de echar los postigos de una ventana para preservar nuestra intimidad, pero un día descubrimos que la visión de nuestros vecinos nos hace sentir más acompañados. Solo es un espejismo, pues nuestros vecinos -más pronto o más tarde- cierran los postigos de su ventana para no vernos. En ese momento, comprendemos el tamaño descomunal de nuestra soledad. Ferlosio es tan despiadado como Cioran al retratar la insignificancia del ser humano. «Pero ¿ha habido alguna vez “tiempos felices”?», se pregunta. El único refugio que puede aliviar la trágica mojiganga de existir es el humor, particularmente en sus expresiones más minimalistas: «Los grandes genios de la mímica son los que aciertan a dar gesto y expresión a auténticos y típicos mecanismos o actitudes generales de la psique humana. ¡Oh, qué maravillosamente sabían representarse el cargarse de razón aquel inolvidable Oliver Hardy!». «Cargarse de razón» es añadir «torpeza sobre torpeza, error sobre error, injusticia sobre injusticia o maldad sobre maldad». La historia de la humanidad se ha escrito, cargándose de razón. La estupidez y el mal prevalecen sobre el bien y la belleza: «(Atardecer en la Plaza de Castilla) El cielo de entre dos luces se cuarteaba y caía en lascas de pizarra gris, y por detrás, en rojinegra brasa, la infinita maldad reaparecía». Ferlosio finaliza citando a Poe: «La verdad es siempre superficial», manifestando de este modo su incredulidad sobre supuestas trascendencias, infraestructuras o pulsiones inconscientes.
Eso sí, pide que nadie le tome demasiado en serio. Campo de retamas es un libro asombroso, que aborda infinidad de temas, sin incurrir jamás en la simplificación o el prejuicio. Ferlosio atribuye los mejores momentos de la literatura a «la instantánea flor de la ocurrencia sobrevenida». No es una mala definición para su prosa, que revela la misma inspiración y solvencia en el aforismo, el esbozo o el apunte. Es inexcusable cederle la palabra para terminar esta nota: «¿Qué dónde se ha ocultado la esperanza? En la etimología de la “desesperación”». Las palabras no dicen todo, pero contienen todo lo que podemos soñar, pensar o escribir.