Opinión

Escándalo, incompetencia e impunidad (II)

TRIBUNA

José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 29 de mayo de 2015
Como ya se apuntaba en el precedente artículo, materia, desde luego, no faltará para incursionar en el ancho mundo de la cultura española elitista hodierna en cruzada ardida a favor de los incontables damnificados en su persona y fama por la pluma inverecunda y de ordinario ignara del autor de la obra libelista de mayor audiencia en los meses últimos en el público culto español.

Bien sabido es que, en el mundo de las letras, los autodidactas ambiciosos o fantasiosos son por lo común gentes de pensamiento corto, pero de errores abultados y dilatados, sin que la inteligencia y brillantez contrapesen, en su caso, los catastróficos efectos de su atrevida pluma. Ciertamente, el aludido escritor posee las anteriores cualidades en grado sobresaliente hasta el punto de que no pocas páginas de su obra mencionada –así como las de muchas otras de sus restantes y múltiples libros- constituyen un ejemplo envidiable de prosa fruitiva y sumamente ingeniosa a la hora de trazar la síntesis de ciertos períodos y abocetar el retrato o etopeya de personajes de las más variada condición, en especial, de políticos, artistas y lletraferits. Literariamente impecables y alquitaradas, tales páginas adolecen, empero, casi sin excepción de errores factuales de grueso calibre y de información habitualmente precarizada cuando no deturpada. Pese a la deriva de su oficio, el cronista no se trasmutara en censor o aristarco, singularmente, por la vastedad del trabajo que debiera acometer para señalar las equivocaciones y carencias de una mínima erudición en la reconstrucción de las etapas principales del cultura española más actual y de numerosas de sus figuras y actores más relevantes. Así, por ejemplo, toda su vertiente liberal se encuentra descrita, en pos del camino ya seguido en El filósofo en el erial, au noir, con ensañamiento enconado del quehacer y valía de insignes personalidades, a la manera, v. gr., de D. Pedro Laín y Julián Marías, sin que, por supuesto, Ortega se libre, en esta ocasión, del celo inquisitorial de su retratista de la obra susomentada. Diana predilecta tales nombres de la vis polémica –en términos, desde luego, eufemísticos- de nuestro autor en trabajos precedentes, su nómina se amplía anchurosamente en esta nueva tesitura con los de otros astros más recientes del panorama cultural hispano, a la manera del hasta ha poco director de la R. Academia de la Lengua, el asturiano D. Víctor García de la Concha, o del reputado teólogo abulense D. Olegario González de Cardedal. Juicios, en conjunto, audaces e iconoclastas de intelectuales merecedores por sus servicios a las letras del país de, cuando menos, un trato correcto y ponderado, muy alejado –repitámoslo- del recibido en el épatant libro El cura y los mandarines.

Aun así, empero, dichas descalificaciones vehiculan casi siempre solo la opinión o el genio airado del escritor ovetense, sin aderezarla o trufarla con información falsa o de todo extremo inválida y gratuita, con ostensible y reiterada infracción de las más elementales normas de la erudición documental o la mínima acribia crítica, como comprueba ad satietatem el lector menos avisado o distraído, según conforme se comprobará en un próximo artículo de la presente serie.

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