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Érase una vez Alberto Contador: la catarsis como costumbre y sustento

EL MADRILEÑO YA HA EMPATADO EN VUELTAS GRANDES CON INDURÁIN

Diego García | Miércoles 03 de junio de 2015

La búsqueda de legitimidad y pulcritud a su recuerdo han disparado al madrileño hacia un rendimiento que acerca el objetivo primitivo: trascender. Por Diego García





La instantánea final y el pentagrama global por el que ha transcurrido la estela de Alberto Contador en la recién extinta edición del Giro de Italia han mimetizado su paleta para confluir en la esencia que emana la sustancia nuclear del ciclista español, con especial fragor en el presente tramo de trayectoria. La consecución asimétrica de armonías en allegro bajo el formato de guerra de guerrillas irreverente que ha dibujado la teoría y práctica de la ronda transalpina de 2015 -y que esboza y define la unicidad pretérita y contemporánea del dejo que envuelve la pugna por la maglia rosa- ha actuado como conductor de la carga eléctrica que provoca el fluir lúcido de la pulsión por la reconquista de la legitimidad ensuciada que parecería desbocar al corredor madrileño en cada reto. Desde que comenzara a redistribuir esfuerzos desde los micrófonos hacia el asfalto en pos del 'leitmotiv' que ha marcado su camino: defender su inocencia y estirpe de excelencia. Gestionando con diligencia ardorosa la obligación al renacimiento después del agujero negro de sospecha perpetua, sin aristas para transformar la impotencia en hambre, multiplicando la intensidad del despliegue.

Cuando hubo arribado a la capital de la Lombardia luciendo la sonrisa del que se reencuentra con el paladar de la cima, ya sin la continencia gestual y emotiva a la que le constriñe la disciplinada concentración -esa que le lleva a sudar cinco minutos de rodillo tras cada etapa, digerido como automatismo, se haya descorchado champán o enfrentado al plomizo rostro de la vuelta al bus de vacío-, el competidor al que la UCI le celebra dos Giros ejecutaba un guiño relamido en la ceremonia de recogida del dorado entorchado. La mano derecha del capo classe alzó tres dedos. Uno por cada trofeo arrancado de las carreteras de Dolomitas, Alpes y calzadas italianas. Incluido el de 2011. Ese que resultó eliminado del currículo oficial por la sanción del TAS. Porque el único representante patrio con galones y reflejo suficientes para alcanzar el parangón de respeto y loa que le es granjeado a Miguel Induráin sigue inmerso, con la diligencia casi marcial con la que se comprime su ser en cada empresa a afrontar, en la suerte de huída hacia adelante a la que le arroja el aseo de su icónica figura. De regreso a Ítaca.

En el proceso de quema de etapas y fantasmas endógenos y exógenos se han interceptado tres semanas que reproducen con fidelidad la tonalidad de la travesía identitaria del ser humano -de trayectoria existencial intrínsecamente inseparable de la deportiva- y del empeño contemporáneo. Con un menú montañoso -siete llegadas en alto repartidas en cuatro etapas fuoriclasse de cumbres nevadas y tres de media montaña- y revirado en el tendido rompepiernas acunado por los organizadores de la corsa del Bel Paese, el primer desafío protagonista del guión de la temporada sinceró su semblante catártico.


De regreso a la mano de revolucionario pelaje que reclamó lo perdido y ganado en el paroxismo de Milán -identificado por el teñido pelo y abandonado desenfreno del patrón ruso Tinkoff- se empieza a narrar el éxodo de redención personal y profesional consumado por Contador en mayo. No obstante, después de que el corazón y piernas se entregaran a escudriñar la ganancia de los dos y tres segundos que definían la nominación del líder en la primera semana -competitiva para regusto del nivel general de este deporte-, el asidero del brazo derecho debió recoger y sostener el peso eludido por su homólogo izquierdo, impedido por la luxación de hombro sufrida en la sexta jornada por la insolente negligencia del fotógrafo que derribó con su atravesado objetivo a la anatomía y juventud de Danielle Colli, en plena efervescencia del sprint con llegada a Castiglione della Pescaia, para murmurar la caída del candidato español. “No me he roto nada y trataré de continuar hasta el último momento”, fijó Alberto sin mutar su rictus. Las azafatas de la organización debieron ayudarle a ceñirse la maglia del líder en las jornadas posteriores, al tiempo que la incertidumbre nublaba el horizonte del pinteño. No así su determinación. El cortejo ascendente al Abetone le había concedido lucir el rosa y el primer revés serio no remitiría su desespero por mantener el estatus y trascender.

Sobrevino entonces el nudo de la competencia con la exclusividad del favoritismo despeñando a Richie Porte -polémica sanción por el cambio de bicicleta ofrecido por un rival y depresión posterior mediante- y dibujando el aliño brillante de la fina cucina ciclista de Mauro Vegni: Beñat Intxausti robó para Movistar el primer capítulo de la cosecha de la energética formación de Eusebio Unzué -culminada con el maillot de jefe de la montaña del Giro en hombros de Visconti-, la etapa y muesca en Campitello Matese; el Lampre-Merida ilustraba su rastro como el tren generador de victorias de trazo explosivo más potente de la edición -en un recorrido que arrinconó la frenética especialidad hasta hacer arrabbiare al Re Leone Mario Cipollini-; la exigencia y brío de la sugestiva nueva hornada de ciclistas obligó al escorzo de talento y veneno a un Phillipe Gilbert que lució clase en dos triunfos parciales, subrayando su imperecedera categoría; y la única contrarreloj solemne del evento, desarrollada con un ejercicio de soberbia ejecución por un Contador que solidificaba su preeminencia, susurraba el advenimiento del melodrama que saltaría de extra a secundario de lujo en el guión del filme.

La hierática estructura del Astana, escuadra del candidato italiano presente y en potencia, Fabio Aru, efectuó un viraje hacia la fluidez que marcaba la inexorable concatenación de acontecimientos: los roles de jefe de filas y gregario de espíritu libertario caían en la confusión, presas del crecimiento de Mikel Landa -enésimo producto virtuoso de la Fundación Euskadi de Madariaga- y de la antipática crisis o asunción de limitaciones -el tiempo proveerá- de Aru. La distancia entre las atribuciones, responsabilidades y ambiciones diseñadas en la previa por Aleksandr Vinokourov y lo que las rampas desnudaban deshilacharon la lógica transformación del aparataje interno exigida por la empinada labor de oposición al “pistolero” madrileño que iba a ganar la guerra sin cultivar triunfos de etapa. Y que, toda vez hubo aprehendido la convivencia con su penalidad anatómica, se contagió de la enajenación depredadora esencial que le coacciona para desplegar todo su potencial, sin medida táctica ni consideración a la relevancia que constituye la debilidad de su equipo -Basso, Kreuziger, Rogers, otrora destacados adalides, no matizaron la soledad de Contador en las pulgadas clave-.

Una necesidad que tomó forma en la pugna por la bonificación de sprints intermedios y en la reacción a la segunda puñeta de la fortuna -avería que le retrasó un minuto en plena fecha de alta montaña- que culminó en una escalada al Mortirolo tan legendaria como las imágenes que evoca el nombre de dicha cumbre. Completó la remontada para justificar el plano épico de toda una carrera. Un empeño derrochador, sin matices, que descorazonó a su perseguidor italiano entre Madonna di Campiglio -bajo la condescendiente mirada de Marco Pantani- y Verbania. Una gesta atragantada en las tragaderas de L´Equipe, que ha ofrecido una versión alternativa para contaminarla de duda aludiendo al cambio de rueda con Ivan Basso. La propia UCI se afanó en fisgar la máquina de Contador en busca del motor eléctrico oculto que hiciera comprensible esa ascensión antológica. Sin éxito, por cierto, tanto la teoría cacareada en lengua gala como la fiscalización de la Unión Ciclista Internacional.

Aseguraba Contador que llegaba “corto de preparación” a este Giro, un movimiento coherente si se contempla la intención de coronar la opera magna de una vida en bicicleta gobernando París de amarillo. La variable razonable en el prisma del medio o largo plazo reviró la paz del imperator hasta los dos últimos desafíos alpinos, a cuyo balcón se asomó el patrón de la carrera con una red de seguridad tejida sobre cinco minutos de ventaja. En consecuencia, se planteó un escenario que cercenaba la natural tendencia al espectáculo del madrileño, forzado a gestionar su reserva energética de manera especulativa, y que venía a coincidir con la rinascenza de Aru, que, por otra parte, selló una graduación con honores en el acopio de experiencia a sus 24 años. El rendimiento del sardo descolló en la recta final para servir a la tensión competitiva la primera y única crisis del campeón español en las traicioneras rampas del Colle delle Finestre, a tres kilómetros de tocar techo, de camino a Sestriere. El paisaje forzaba una redefinición del libreto.




Si el referente del Tinkoff venían lanzado a catapultarse a través de cada demarraje ajeno -de ilustres veteranos como Hesjedal o abanderados de la ilusionante nueva hornada como Steven Kruijswijk, Leopold Konig o Tanel Kangert- exhalando suficiencia, en las dos complicaciones postreras debió repensar su inercia, adaptarse y defender rentas destapando una capacidad agonistica que se barruntaba innecesaria por el trascurrir plácido de los días. En Cervinia domesticó a Landa y permitió el crecimiento de Aru, que le rebajó más de tres minutos en la ruta a Milán. Implementó un ejercicio de asunción de riesgos que le entregó el éxito en la general y allanó el terreno para la reproducción de esas argucias tácticas que deshacen la cohesión prolongada de un equipo.

Astana obligó a Mikel Landa a amainar el calor de sus revoluciones, que sacaban fuera de eje la jerarquía de su vestuario, para regresar al rol de gregario que la carrera y la naturaleza de su desempeño habían cuestionado seriamente. De este modo, como hiciera el Telekom con Ullrich para la consecución del Tour de Riis (1997), el Sky de Froome para la “exótica” victoria de Wiggins (2012) y como desistió Unzue en la explosión de Quintana ante el liderazgo de Valverde (2013), el escalador vasco, tan sólo un año mayor que el mejor joven del Giro y jefe de filas de la formación ucraniana, asistió a la tiranía efectiva de las leyes del ciclismo tacticista y recluyó su talento a la espalda del dorsal 21, el segundo clasificado de la lista final. “Me hicieron parar porque en el coche pensaban que se podía ganar con Fabio”, confesó. Entre lágrimas.

Así se cerró la crónica del triunfo de la jerarquía individual frente a la erosión colectiva de un bloque consternado por saberse el mejor del Giro -con locomotoras como Tiralongo, Luis León Sánchez o Zeits y metrónomos rítmicos como Cataldo y Kangert- sin recoger fruto. Y de esta manera autografió Alberto otra entalladura a la historia de este deporte. A sus 32 años y con la fecha de caducidad profesional traslucida en 2016, luce la insignia de ser el único español que guarda posesión de los tres monumentos por etapas y permanece con siete grandes -sin considerar en el cómputo los dos entorchados eliminados por sanción-, hito que le coloca en plano similar a Induráin y sólo se contempla inferior a tres símbolos ad aeternum del ciclismo: el "Caníbal" Eddy Merckx (11 victorias), el "Caimán" Hinault (10) y el "Maestro" Anquetil (ocho).

La desafiante autoridad de este “corredor de vueltas” exhibida en Italia apunta a la Grande Boucle, con Nairo Quintana, Chris Froome y Vincenzo Nibali en el papel de antagonistas primigenios, que endulzarán el regusto de uno de los Tours de Francia de mayor altura que se recuerda. La oquedad en el resuello publicada en el epílogo de la ronda transalpina y la exigencia de trazado y nombres en liza siembran dudas sobre la consecución del doblete imaginado que figura en el zurrón de Pantani (1998), Induráin (1992 y 93) y otros cuatro ciclistas. Pero, ¿qué cota resulta inalcanzable para aquel que ve su afán dirigido por la defensa del propio honor?

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