Opinión

John Nash: Genio, esquizofrenia y destino

Rafael Narbona | Sábado 06 de junio de 2015
John Nash nació en Virginia Occidental en 1928 y murió el pasado 23 de mayo en Nueva Jersey. Viajaba con su esposa en un taxi. El conductor realizó un adelantamiento y sufrió una colisión frontal contra el vehículo. El matrimonio falleció en el acto. Finalizaba de este modo la asombrosa historia de un matemático que en 1994 obtuvo el Premio Nobel de Economía por sus aportaciones a la teoría de juegos y a los procesos de negociación. Con un genio indiscutible, su mente no se limitó a especular sobre interacciones en estructuras formalizadas de incentivos orientadas a producir una decisión óptima. Según Nash, el equilibrio surge en la teoría de juegos cuando dos elecciones son óptimas, si y sólo si los dos jugadores adoptan una decisión determinada, que favorece a su competidor. Al conocer ese dato, los jugadores se retraen, pues sus expectativas de éxito se igualan, anulándose mutuamente. Es absurdo mantener una estrategia que no altera las posiciones de partida. Es como dar un jaque mate recíproco. O como lanzar un ataque nuclear contra una potencia militar con idénticos recursos. Hay otra opción más ventajosa: transformar la competición en cooperación, logrando un equilibrio beneficioso para ambas partes. El equilibrio de Nash demuestra que las matemáticas –pese a ser una ciencia exacta- no pueden prescindir de la imaginación, que racionaliza sus conclusiones y dilata sus posibilidades.

Nash fue un niño solitario que prefería leer a jugar con otros chicos de su edad. A los catorce años despuntó su talento para la abstracción y el cálculo. Ganó una beca y en 1945 se matriculó en la Universidad Carnegie Mellon, con la intención de estudiar ingeniería química. Tres años después había abandonado la idea, volcándose en las matemáticas. Se doctoró en la Universidad de Princeton, donde impartían clases Einstein y Neumann. Llegó con una escueta nota de recomendación de unos profesores, que se había limitado a escribir: “Este hombre es un genio”. A los 21 años se doctoró con una brevísima (30 páginas) e inspirada tesis sobre juegos no cooperativos. De inmediato fue contratado por la RAND Corporation de Santa Mónica, California, un “think tank” de investigación estratégica al servicio de las Fuerzas Aérea de los Estados Unidos. En 1957 se casó con una de sus alumnas del Instituto Tecnológico de Massachusetts, la salvadoreña Alicia Lardé López-Harrison. Todo se derrumba cuando un año más tarde sufre su primer brote de esquizofrenia paranoide. Sus alucinaciones le hacen creer que le persiguen agentes comunistas infiltrados en las agencias de seguridad norteamericanas. Después de un período de internamiento en un hospital, viaja a Europa y pide asilo político. Su solicitud es desestimada, pues carece de fundamento. Vuelve a Estados Unidos, gravemente enfermo. Comienza a salir y entrar de distintos hospitales psiquiátricos de Nueva Jersey. Su mujer se separa de él. A pesar del aluvión de calamidades, la psicosis remite gracias a la medicación. Nash cree que está curado y deja las pastillas, lo cual provoca una grave recaída. Se reanuda el tratamiento y mejora progresivamente. Los psicofármacos no logran suprimir completamente sus alucinaciones, pero aprende a convivir con ellas. Se acostumbra a ignorarlas y, poco a poco, se fragmentan hasta desaparecer casi por completo. Su mujer regresa a su lado. En 1998, Sylvia Nasar publica la novela Una mente maravillosa, que narra su vida y su milagrosa recuperación. Tres años después, Ron Howard adapta la obra al cine y obtiene cuatro estatuillas, incluida el Oscar a la mejor película.

La esquizofrenia es una enfermedad maldita que se asocia a la violencia. Alfred Hitchtcock hizo mucho daño con Psicosis, la excelente película interpretada por un Anthony Perkins. Se estrenó en 1960 y han inspirado varios remakes. No es posible cuestionar la calidad estética de una obra maestra del cine, con planos prodigiosos y secuencias memorables, pero carece de valor como documento sobre la esquizofrenia. La esquizofrenia no consiste en un desdoblamiento de la personalidad, con explosiones homicidas. Su etiología aún está por descubrir, pero todo indica que intervienen aspectos genéticos, bioquímicos y ambientales. Cursa por brotes. Los síntomas más llamativos son las alucinaciones auditivas (las visuales son infrecuentes) y las ideas delirantes. En los años cincuenta se produjo una auténtica revolución en el ámbito de la psicofarmacología con la aparición de potentes antipsicóticos, como el haloperidol, la clozapina o la reserpina. Gracias a ellos, se redujo notablemente la duración de los ingresos hospitalarios y, en muchos casos, se sustituyeron por simples tratamientos ambulatorios. En los noventa, comienzan a circular los antipsicóticos atípicos o de segunda generación, con menores efectos secundarios. Aunque la antipsiquiatría de Cooper, Laing y Szasz negó la existencia de la enfermedad mental, la psicoterapia se ha revelado impotente frente a la esquizofrenia y el trastorno bipolar. Antes de la irrupción de los antipsicóticos, el final de la esquizofrenia era un desolador cuadro de catatonia. Actualmente, los afectados pueden mantenerse estables durante muchos años y con grado de deterioro relativamente bajo. La catatonia se ha convertido en un estado marginal e infrecuente. Eso sí, las perspectivas son infinitamente peores si no se respetan las pautas médicas y se consumen drogas. La psicoterapia es útil como tratamiento complementario, pero en ningún caso puede reemplazar a los psicofármacos.

John Nash volvió a enseñar y a investigar. Sus teorías siguen ejerciendo una notable influencia en las matemáticas, la biología evolutiva y la negociación de las relaciones comerciales y laborales. Ha muerto en un banal accidente de tráfico, pero su vida recuerda el destino de Ulises, que luchó contra el cíclope y resistió el canto de las sirenas, logrando hallar el camino de regreso a casa. Su historia debería ser un motivo de esperanza para los que han nadado en las aguas negras de la locura y viven bajo el temor de un nuevo descenso a las profundidades. Ítaca es una hermosa metáfora que simboliza el triunfo de la vida sobre las fuerzas más dañinas.