Aunque no existen datos oficiales acerca del número concreto de yazidíes –el cálculo resulta extremadamente difícil ya que suelen vivir aislados y el secretismo forma parte de su credo–, se estima que la cifra de miembros de esta minoría preislámica podría rondar los 800.000, aunque a veces se hable de muchísimos menos, entorno a los 70.000. Sus raíces se remontan a 2.000 a.C y, durante una época, el yazidismo fue la religión oficial de los kurdos hasta que la islamización obligatoria redujo su número de manera drástica. En todo caso, la inmensa mayoría sigue siendo de origen kurdo y se encuentra concentrada –o se encontraba hasta la irrupción de los yihadistas– cerca de Mosul y de Alepo, con la excepción de pequeñas comunidades radicadas en Armenia, Turquía, Georgia, Rusia, Irán e incluso Europa, en concreto Alemania, o Estados Unidos, donde viven algunos refugiados.
La religión yazidí es de caracter sincretista –fusión de elementos de diferentes creencias–, aunque basada en el zoroastrismo, que rechaza la predestinación haciendo a los humanos responsables de su situación y los únicos capaces, por tanto, de actuar para cambiarla. De acuerdo con su particular cosmovisión, el mundo se encuentra al cuidado de siete Seres Santos, siendo el llamado Melek Taus, el ángel con forma de pavo real, el de rango superior. Los yazidíes se consideran descendientes de Adán antes que de Eva, creen que el bien y el mal conviven en la mente y el espíritu humanos, y que elegir entre ambos depende de cada persona. Dos son, en todo caso, las características fundamentales de esta religión que prohíbe comer lechuga y aborrece el color azul: la pureza religiosa y la metempsicosis. En cuanto a la primera, la sociedad yazidí se encuentra fuertemente jerarquizada; existen tres castas cuyos miembros solo pueden casarse entre ellos y la soltería no está bien vista, porque basan su supervivencia en la procreación. Cada familia debe tener al menos siete hijos, ya que no es posible convertirse al yazidismo: solo se puede nacer como yazidí.
Por lo que se refiere a metempsicosis, antigua doctrina filosófica griega que afirma el traspaso de ciertos elementos psíquicos de un cuerpo a otro después de la muerte, supone la creencia de los yazidíes en la reencarnación periódica de los Seres Santos en forma humana. La purificación gradual de las almas solo sería posible con el renacimiento constante, lo que, por otra parte, convierte en superfluo cualquier concepto del infierno. El peor destino para un yazidí es, por ello, que lo expulsen de su comunidad, ya que en este caso su alma se vería imposibilitada para progresar y, por tanto, la conversión a otra religión es impensable. A causa de sus consideradas inusuales creencias, nunca han sido demasiado bien vistos por sus vecinos –judíos, cristianos y especialmente musulmanes– y, al parecer, debido a un malentendido o confusión a la hora de traducir el nombre de su ángel pavo real, han sido acusados de “adoradores del diablo”. Según algunos estudios, el número de yazidíes sacrificados durante los siglos podría alcanzar los 20 millones y durante el pasado siglo, solo “disfrutaron” de un periodo de relativa tranquilidad, curiosamente bajo la dictadura de Sadam Husein. Desaparecido el dictador, empezaron a sucederse ataques terroristas contra ellos reivindicados por Al Qaeda. Ahora, junto al resto de objetivos de EI –kurdos, cristianos, caldeos, armenios o asirios-, tratan de escapar de una muerte segura. De una situación que, antes o después, tendremos que decidirnos por fin a llamar por su nombre: genocidio.
Acostumbrados a las persecuciones desde el Imperio Otomano y, a pesar de tantos siglos de martirio, los yazidíes nunca han perdido su fe ni su sentido de la identidad. Ahora que tanto en Siria como en el norte de Irak sus vidas corren peligro, su única meta más o menos cercana se encuentra en el sudeste de Turquía, donde antiguas y abandonadas poblaciones yazidíes están resucitando con nuevas construcciones hechas por los que regresan del exilio una vez comprobado que el actual gobierno turco es tolerante con ellos, por el momento. Eso sí, estarán de nuevo lejos de su templo más importante situado en Lalesh –un valle a 430 kilómetros de Bagdad-, el santuario al que todo yazidí debe peregrinar al menos una vez en su vida, o a lo que haya sobrevivido del mismo después de la destrucción que va dejando a su paso el salvaje e irracional EI.
De acuerdo con la misión de Naciones Unidas en Iraq, UNAMI, se estima en cientos, puede que ya miles, los hombres de la minoría yazidí asesinados desde agosto de 2014, aunque resulte imposible verificar todos los fallecimientos. Especialmente en los casos que se producen a causa de la falta de agua y víveres de quienes consiguieron escapar a las montañas, algunos de ellos salvados in extremis por aviones estadounidenses con dos objetivos: lanzar provisiones a los que permanecían aislados sin fuerzas para seguir huyendo de los asesinos ataviados de negro y bombardear posiciones yihadistas, para posibilitar vías de escape hacia la frontera en su camino hacia Turquía. Por lo que respecta a las mujeres de esta comunidad, su situación resulta aún más desesperada.
El último informe hecho público por Amnistía Internacional con el aterrador nombre de “Escape fron hell. Torture, sexual slavery in Islamic State captivity in Iraq” – “Escapar del infierno: Tortura y esclavitud sexual en EI de Iraq” – trata de ofrecer una perspectiva general de los abusos sufridos por miles de mujeres yazidíes “vendidas” o “regaladas” a combatientes y partidarios del EI. Muchas de ellas son niñas de 14 o 15 años e incluso menos. Sometidas a continuas y atroces violaciones, las pocas que han conseguido escapar o ser liberadas se encuentran terriblemente traumatizadas, hecho que se ve agravado por el estigma que rodea la violación y por no encontrar a sus familias, asesinadas o escondidas en algún remoto lugar. Son ellas las que, en todo caso, han relatado a AI lo que ocurre durante el cautiverio – en ocasiones son retenidas en domicilios familiares donde conviven con las esposas e hijos de sus captores – y la terrible forma que han encontrado algunas niñas para “escapar” de su permanente calvario: el suicidio.