Opinión

Desprestigio de la política

Alejandro San Francisco | Martes 09 de junio de 2015

En diversos lugares del mundo se aprecia un desprestigio de la actividad política, una censura sostenida y a veces lapidaria contra las autoridades públicas, ataques contra algunos representantes o contra los partidos establecidos, un tono altisonante que a veces denuncia problemas específicos y en ocasiones se vuelve derechamente contrario al sistema sociopolítico en su conjunto. Conviene analizar bien esta situación y obtener las enseñanzas adecuadas, de lo contrario podríamos contribuir a agravar la situación, en vez de enfrentar las dificultades y encontrar las soluciones precisas que se requieren.

El desprestigio de la política tiene causas internas y externas, y es bueno distinguirlas y saber de qué se habla en cada caso. Las sociedades democráticas, consolidadas desde hace algunas décadas a esta parte, tienen la ventaja de haber resultado victoriosas en las grandes luchas ideológicas del siglo XX; sin embargo, también tienen algunas limitaciones, un ritmo que a veces resulta cansino, y muchas veces libertades se usan e incluso abusan para criticar cualquier asunto. Al respecto se hace necesario evaluar los factores que contribuyen a este desprestigio, para entender la situación actual de desafección política y de búsqueda de nuevas alternativas.

Históricamente siempre ha habido grupos que quieren destruir el orden político, o cambiarlo radicalmente, o apropiarse de él a través de una crítica decidida e intransigente. Generalmente se les conoce como antisistema, o bien son derechamente alternativos al sistema: lo fueron los nazis y comunistas en el mundo entreguerras y, aunque ya es historia, obtuvieron triunfos tan resonantes como lamentables. En los últimos tiempos han emergido fuerzas que representan un cierto espíritu de protesta generalizada, del estilo de "los indignados" como se les denomina, cuyo impacto tiene algo de difuso, pero también han obtenido cargos públicos interesantes, con momentos estelares, asociados a nuevas fuerzas políticas que hacen propia esa indignación y simbolizan la posibilidad actual de cambio político. Sobre sus perspectivas, la situación no está clara, bien podrían conquistar el gobierno en algunas sociedades -como de hecho está ocurriendo- sin que resulte claro hacia dónde conducirán el poder que ostentan. La rebeldía y la crítica son una cosa, la construcción de una sociedad con justicia es una tarea mucho más ardua y con resultados que no son inmediatos.

Pero también hay enemigos internos de la política contemporánea, y corresponde tenerlos siempre en mente, porque hacen tanto o más daño que los anteriores. Seguramente, por distintas razones, no se presentan como tales, sino más bien como defensores de la democracia y el Estado de Derecho, de las instituciones y el poder civil. Incluso más, algunos de esos políticos insisten en que son los representantes más genuinos del bien común, de la estabilidad institucional, de los partidos y la defensa "del sistema". Sin embargo, por distintas vías ellos mismos van horadando las bases del régimen político a través de sus abusos y las prácticas insostenibles, volviéndose los mejores aliados de los enemigos del régimen, porque con sus actos terminan siendo cómplices de la anti política. Aquí aparecen las prebendas, el tráfico de influencias, la corrupción, el enriquecimiento a costa del poder, el nepotismo y tantas otras enfermedades que contribuyen a la decadencia de las instituciones y de la propia política como actividad.

Cuando Lincoln decía que la democracia era "el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo", no estaba ocupando un recurso meramente retórico, sino que estaba reforzando los elementos centrales de la forma de organización política norteamericana. No basta que el pueblo elija o participe habitualmente en las decisiones públicas, sino que también es necesario gobernar "para" el pueblo, en vez de abusar del poder para servirse "a sí mismos". La comprobación de muchas de estas situaciones, de auto servicio y de abusos, termina perjudicando más al sistema político que la actuación decidida de los grupos anti sistémicos.

A los movimientos de la Izquierda Radical que han triunfado en Grecia y a los que crecen con fuerza en España y en otros lugares del mundo, no hay que mirarlos con desprecio ni con descalificaciones, sino con mucha atención. Ellos representan una forma particular de ver la política después de décadas de consensos fundamentales en torno a la democracia y la economía de mercado, como no habían existido nunca en la historia y menos todavía en el doloroso y dividido siglo XX. Pero ese mismo acuerdo fundamental dio paso, en diferentes lugares, a comportamientos incorrectos, a transacciones indefendibles, que desprestigiaron la democracia desde dentro y que han permitido el auge del populismo y de los movimientos de indignación.

Solucionar los problemas de la democracia hacia el futuro requerirá mucha fortaleza y categoría humana y política. A quienes todavía ostentan el poder se les solicitará una especial capacidad de comprender el cambio de época y también la resolución de los problemas vigentes, pero además deberán tener la capacidad de renunciar a algunos privilegios, de volver a entender la política como un servicio a la sociedad y no como un beneficio que se obtiene a costa de un supuesto sacrificio.

A un político en servicio activo le vendría bien leer cada cierto tiempo a Vaclav Havel, entre otros autores que se han referido al problema. El dramaturgo y ex Presidente checo recordaba con convicción en 1991, al recibir el Premio Sonning, en Copenhague: "La política es, simplemente, un trabajo que requiere hombres genuinamente puros, puesto que al desarrollarlo podemos ensuciarnos moralmente con especial facilidad. Con tanta facilidad que los espíritus que no estén alerta pueden no darse cuenta de ello". Y de paso, destruirán la democracia y las instituciones que se supone están defendiendo.

Lo interesante es que Havel no concluía, de su reflexión, que él se encontraba entre aquellos hombres puros y vigilantes, pero sí al menos comprendía que, al aceptar cargos públicos, debía trabajar para convertirse en uno de ellos. Mayor razón para que cada uno, con sus propias limitaciones, asuma la tarea de cuidar las instituciones políticas y la propia actividad de gobierno no solo con declaraciones rimbombantes, sino especialmente con testimonio de vida.