Opinión

La costumbre de mentir, pactos y contubernios

Juan José Vijuesca | Miércoles 10 de junio de 2015
En esta manera de ver las cosas, tal como nos las cuentan, uno no sabe si la verdad es mentira o viceversa. Soy de los que a la hora de creer me cuesta darme al convencimiento y claro, uno piensa que la edad juega un papel importante en todo esto. Hace años, cuando nuestros mayores hablaban sentaban cátedra, pero por nuestra bisoñez no le dábamos la importancia que tenía; ahora, transcurrido el tiempo, te das cuenta de la razón tan poderosa que les asistía, sino en todo, al menos en gran medida.

Les cuento esto por aquello de la falta de honrada moral que hoy en día nos concierne. El vicio por mentir o si lo prefieren, por no decir la verdad, se ha convertido en un deporte nacional. No digo a nivel de calle –que también- pero lo que concierne a interventores de lo público ya me dirán el calado de mentiras que se gasta tanta patulea electa con tal de sacar tajada. Pero vayamos por partes. En nuestra vida cotidiana hay de todo, no conviene generalizar, ahora bien, de aquellos tan dados en contarte las excelencias de lo que son, de lo que tienen, de lo que hacen aquí, allá o acullá, pues muy bien, nada mejor que alegrarse de lo bueno de los demás y créanme, en mi caso no se moverá un solo músculo de envidia por ello.

Luego están los que sí se ejercitan en el arte por sentir envidia ajena y claro está, estos mienten más que hablan. Ya saben, de lo que te cuenten, de la cuarta parte, la mitad. Del resto de esta ecuación ya se encargará la propia naturaleza de poner a cada cual en el sitio que le corresponde. Sin dejar de lado a los mentirosos compulsivos, hay quienes toman algo prestado sin importarles sabotear tu amistad y para ello no reparan en utilizar argumentos diversos, según el grado de confianza o cercanía expresa en la relación de la vida cotidiana. De esta manera, mediante el uso de la mentira por delante consiguen la porción de crédito para después con el botín hacer frente a lúdicas actividades o vayan ustedes a saber.

La tolerancia de la gente con los mentirosos habitualmente es muy pequeña, y a menudo solo se necesita sorprender a quien utiliza la mentira para etiquetarle y perderle para siempre la confianza. Esto, por supuesto, queda condicionado al grado de importancia del hecho acontecido por la mentira utilizada, pues no es lo mismo una mentira piadosa o una mentira para los niños e incluso una mentira graciosa con propósito humorístico, que hacerlo para intensificar un conflicto, en vez de atenuarlo o para sacar provecho en perjuicio de los demás.

Muchos políticos que ocupan o han ocupado cargos de gobierno han acentuado la necesidad de mentir para posicionarse dentro del ejercicio ministerial haciendo valer una formación académica inexistente. Que las mentiras desaparezcan por completo del ámbito de la política, de la justicia, de la diplomacia, del periodismo y de otros muchos ámbitos de la vida social se antoja como algo imposible. Hoy por hoy hay una voluntad de arroparse entre los mismos que se calumnian o se despellejan vivos ante las tribunas para poner en valor que unos y otros son diferentes y que el mentiroso es siempre el contrario. La realidad moral es muy distinta cuando compruebas que todos ellos tienen en común idéntica manera de manejar el engaño llevando a gala incluso amistad o negocios en lo privado.

La mentira más grave es la calumnia, ya que con esto se imputa a un inocente una falta no cometida en provecho malicioso; sin embargo, el grado de maldad en esto de mentir se agrava cuando los poderes de la maledicencia tratan de hacer costumbre y que los ciudadanos de buena moral tengamos la duda permanente respecto si la verdad es mentira o la mentira es verdad.

A escasos días del cierre de formaciones para homenajear a los falsarios de pompa, que no de honra, unos y otros se apresuran en tener lista la jugada del scattergories, ya saben, ese juego de mesa que se juega en grupo y que para esta ocasión comenzó hace pocas semanas con la palabra regeneración y que al día de hoy, por la propia charnela de la partida, ha tomado acepciones diversas, léase, “pacto, luego existo” o Alea iacta est “La suerte está echada” que dijera Julio César.

En fin, no olviden que en esta costumbre traída de antiguo, como es la de la especie humana, la retranca aparejada a ciertos políticos les obliga a marcar el territorio para coger el poder y tener su cuatrienio omnívoro resuelto. Como dijo Groucho Marx “La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”.