Opinión

“Mi dignidad no tiene la longitud de mi falda”

ENTRE ADOQUINES

Alicia Huerta | Miércoles 10 de junio de 2015

Esta historia empezó el pasado 9 de mayo. Ocurrió en Argelia, más en concreto en la universidad Said Hamdine de Argel, y la protagonista es una estudiante de Derecho que acudía esa mañana, es de suponer que con los nervios alterados, a realizar el examen final para graduarse. Sin embargo, lo que le esperaban no eran preguntas, sino la prohibición de acceder al aula donde estaba a punto de empezar la prueba. Puede que la joven aún se esté arrepintiendo - aunque lo lógico sería que no tuviera ni que pensar en hacerlo – de haberse vestido esa mañana con una falda que, a juicio de un guardia de seguridad de la universidad, era demasiado corta. Si el miedo de la chica era el de quedarse en blanco, lo que se quedó fue en la puñetera calle. Por fortuna, tan indignada y perpleja que lo que no se quedó fue callada. Porque, a ver, ¿acaso era esa la primera vez que había ido a clase con minifalda? Al parecer, no. Sus compañeras, tampoco.

¿Cómo prever entonces que al guardia que iba a estar de turno esa mañana no le iba a gustar su atuendo hasta el punto de no dejarle entrar? Previsto o no, tampoco le dieron alternativas como, por ejemplo, hacer el examen sola en otro aula o en la puerta, por supuesto vigilada por el mismo guardia. Sola y discriminada, sí, pero al menos con la opción de “descargar” lo retenido durante días y noches poniendo a prueba la memoria. ¿Tampoco había nadie por allí que le dejase un foulard o cualquier otra prenda que sirviese para alargar la maldita falda? No tengo respuestas. El caso es que el rector apoyó la decisión del guardia en cuestión y, como ya es habitual esta época viral nuestra, la injusta medida y el correspondiente cabreo de quien esperemos que se gradúe pronto como abogada terminó contagiando las redes sociales, primero a nivel local y, después, traspasando fronteras.

El gran eco en Facebook no lo consiguió, en todo caso, la propia perjudicada. Fue una cineasta y periodista argelina Sofia Djama quien creó en Facebook la página “Mi dignidad no tiene la longitud de mi falda”, reuniendo en ella las fotos de espontáneas - mejor dicho, de las piernas de dichas espontáneas - que ya habían empezado a circular por la red e invitando a colgar más, en apoyo a la denuncia que iba a presentar la estudiante. Una semana después, la página tenía 15.000 seguidores. Y, por supuesto, sus correspondientes perseguidores, los criptoislamistas que piratearon la página colocando sobre cada par de piernas reivindicativas una bandera negra de Daesh, es decir, de los terroristas del Estado Islámico. Aparte de esta medida expeditiva, se lanzó una contracampaña dirigida a los hombres argelinos con el eslogan de “Sé un hombre y vela a tus mujeres”, en la que se instaba a los machos a comprobar que sus madres, esposas, hijas, hermanas, etc. vestían con decencia. Ya puestos, a que terminaran de una vez por todas con tanta permisividad e impusieran un atuendo que incluyera la hiyab. Nada de enseñar el cabello, los brazos o las piernas.

Por supuesto, también en Twitter empezaron a brotar comentarios de uno y otro bando. Y en un momento dado, se cayó en la cuenta de que así como la falda demasiado corta había impedido a una mujer hacer un examen en una universidad argelina, en Francia otra joven había tenido problemas en la escuela – no he logrado saber si de la misma entidad o similares – precisamente por lo contrario: es decir por llevar una falda que a alguien le pareció demasiado larga. En definitiva, juzgar por la ropa a la mujer que la viste. Para denunciar esto, ya había sido lanzada en Francia otra campaña con su correspondiente etiqueta: #JePorteMaJupeCommeJeVeux – vamos, que yo llevo mi falda como quiero – porque, al final, no se trata más que de libertad a la hora de vestirse, sin que nadie esté hablando de prendas extrañas o estrafalarias, sino del efecto que aún produce un trozo de tela dependiendo de los centímetros de su corte. Un despropósito, que en Nairobi también había tenido eco en 2014 con la campaña internauta #MyDressMyChoice (Mi indumentaria, mi elección), lanzada después de que varias mujeres fueran agredidas en la calle porque sus ropas no eran “decorosas”. Pero, ¿a juicio de quién o de qué?

Mientras en las costas españolas, algunos ayuntamientos luchan para impedir que los turistas se paseen, entren en comercios o coman en restaurantes ataviados solo con un bañador mojado o un minúsculo bikini rebozado de salitre y arena – discúlpenme pero eso sí que me resulta de mal gusto -, en muchos otros son solo las mujeres las que tienen que taparse para no ¿ofender? a los hombres. Seguramente, también a algunas mujeres. Aunque en el caso concreto de Argelia, muchos han visto en esta viral campaña una especie de cortina de humo o, quizás, una señal más del vacío de poder que vive el país desde que su presidente – gravemente enfermo a causa del ictus que sufrió en 2013 – fuera, sin embargo, reelegido en las elecciones de abril del pasado año. Sin necesidad de liderar ningún mitin ni tener que celebrarse una segunda vuelta. Para buena parte de la población, especialmente las jóvenes que se han solidarizado con la estudiante, la polémica es el reflejo de que la sociedad argelina se islamiza cada vez más. Prueba de ello es que el propio primer ministro argelino, Abdelmalek Sellal, ha cedido a la presión de los movimientos islamistas ordenando suspender la recién promulgada ley reguladora de la venta de alcohol. Y lo ha hecho, también, después de una fiera campaña en internet liderada por quienes la consideraban demasiado permisiva. Otra batalla librada en la red.