Opinión

150 años de Tristán e Isolda

Juan José Laborda | Viernes 12 de junio de 2015
“Radio Clásica”, esa muestra de la civilización de lo público en una emisora de radio, me descubrió, el pasado miércoles 10 de junio, que era el 150 aniversario del estreno en Múnich del “drama musical” de Richard Wagner “Tristán e Isolda”. Wagner, que fue siempre un revolucionario, adoptó esa denominación en vez de “ópera”, y empleó el término que usó para alguno de sus dramas nuestro Pedro Calderón de la Barca, que como Shakespeare, fue modelo para románticos como Wagner.

Richard Wagner (1813-1883) es la confluencia intelectual y artística entre la música como arte y los movimientos revolucionarios de 1848, según escribió Eugenio Trias (1942-2013), el mayor filósofo español desde Ortega y Gasset.

Eugenio Trias escribió dos libros, titulados “El canto de las sirenas” y “La imaginación sonora”, que son una sola obra subtitulada “Argumentos musicales”. Decir que esos libros de Trias son un prodigio cultural, comparable con la quintaesencia musical europea, no es ninguna exageración, teniendo en cuenta, además, que su obra filosófica fue distinguida con un premio internacional, equivalente al Nobel en filosofía. Su escritura tiene un estilo que seduce al lector, y Trias alcanzó en estos dos libros una maestría fundiendo ideas con belleza, conceptos con sentimientos, en un trabajo de investigación musical de profundidad insondable. (La cultura musical española, desde Antonio Cabezón hasta Falla y Antonio José, es un comprobante de la salud de nuestra cultura en distintas épocas. La figura de Eugenio Trias significa que España ha perdido, afortunadamente, ciertos complejos y retrasos de otros tiempos, y de esas valoraciones soy testigo que Eugenio Trias las tenía muy presentes en su esfuerzo intelectual.)

Contemporáneo de Karl Marx, Mijail Bakunin y de la generación de revolucionarios -muchos de ellos discípulos de Hegel, como Ludwig Feuerbach (el gran crítico del cristianismo)-, Richard Wagner fue un activo militante de la revolución, y aunque evolucionó hacia posturas sólo estéticas, siempre estuvo en el límite de la legalidad (también influyó en eso su tormentosa vida sentimental y económica).

El descubrimiento y lectura de la obra de Artur Schopenhauer (1788-1860) cambió su ideología. Para Wagner, Schopenhauer descubría que la revolución consistía en lograr una voluntad personal para relacionarse con el mundo y la sociedad, y en esa relación la música era esencial: “la música es un ejercicio de metafísica inconsciente, en la cual el espíritu no sabe que hace filosofía”. Ese tipo de afirmaciones de Schopenhauer electrizaron a Wagner, y esa devoción por el citado filósofo se produjo cuando compuso “Tristán e Isolda”.

Tengo varias versiones de grabaciones de “Tristan e Isolda”. Me gusta mucho la que grabó Daniel Barenboim, que tiene además el mérito de que como judío, el gran director hacía un gesto para liberar a Wagner de la mala fama que Hitler y los nazis le encasquetaron. (Wagner tiene frases claramente antisemitas, pero tuvo muchos amigos judíos).

Pero mi favorita es una grabación de Wilhelm Furtwängler (un director investigado por los aliados después de la derrota alemana), editada ¡también, el 10 de junio de 1952! en Londres, con coros del Covent Garden, y cantada por los mejores intérpretes wagnerianos de aquellos días: Ludwig Suthaus, como Tristán; Kristen Flagstad, como Isolda (por estúpida cargó con acusaciones de filonazi); y entre otros papeles, destaca el jovencísimo barítono Dietrich Fischer-Dieskau, en el papel de Kurwenal, el fiel escudero de Tristán.

Para mi gusto, esta versión no ha sido superada nunca. El famoso “acorde de Tristán” -la primera vez que francamente un compositor rompía con la armonía tradicional (ahora con la música de jazz no nos sorprende como cuando se escuchó la primera vez ¡el 10 de junio de 1865!)-, me sigue emocionando cuando suena bajo la dirección de Wilhelm Furtwängler. Estamos acostumbrados a que la música cinematográfica defina a los personajes; John Williams, que ha creado bandas sonoras para personajes y películas como “Tiburón”, “ET”, “Star Wars” o “La lista de Schindler”, ha utilizado la técnica de “leitmotiv” musical, y esa invención fue utilizada por Wagner para los dos protagonistas de su “drama musical”.

Al final, Isolda canta delante del cuerpo muerto de Tristán, y los acordes que simbolizan a ambos personajes nos anuncian “la pérdida de la conciencia/la voluptuosidad suprema.”

¿No es más emocionante que la cotidiana actualidad trepidante?