Opinión

Escándalo, incompetencia e impunidad (IV)

José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 12 de junio de 2015
Justamente -importara insistir también en la ocasión presente- el propósito u obligación casi ineludibles de devolver parte de su vera efigie a figuras destacadas de la vida cultural española de la segunda mitad de la centuria pasada deturpadas en las páginas de la escandalosa obra El cura y los mandarines…, impelen al cronista a proseguir su aceda tarea. Ahora, con una personalidad de su mayor intimidad afectiva, con la que contrajese los lazos más estrechos de la gratitud y el reconocimiento, siempre, obvio es, dentro del pluralismo y espíritu abierto propio de la “República libre de las letras “, en la que ambos aspiraron en todo instante asentar sus tiendas de campaña y aventura intelectual. Si ya, conforme se viese en el artículo anterior, la fisonomía universitaria de V. Cacho Viu, colaborador de F. Pérez Embid, sufriera todos los desgarros capaces de provocar una pluma tan intonsa como inverecunda, la plasmada del último por el autor de El cura y los mandarines… rebasa casi todo lo imaginable de incuria e infirmidad documentales, hasta ofrecerse como ejemplo difícil de superarse en cuanto a incompetencia e irresponsabilidad profesionales. Bien está que haya sido Talía la musa que haya acompañado en sus años de formación y cualificación al autor ovetense, pero su inquina y animadversión por Clío se diría que frisan en lo patológico, dato que en un escritor de historia e historias se acerca, desde luego, a lo teratológico.

Opuestamente a lo que afirma, el hombre clave de la revista Arbor en sus años de militante trayectoria confesional y miembro descollante del consejo privado de D. Juan de Borbón –compatible con sus responsabilidades de director general de Información (1951-57) y de Cultura- fue F. Pérez Embid. No dotada aun su andadura con una biografía acabada y condigna de su huella en la vida intelectual y política española de la etapa franquista, cuenta sí, por suerte, con análisis un tanto detenidos acerca del sentido y significado de su figura en obras de alto coturno, a la manera de las de Santos Juliá sobre las dos Españas o la de P. González Cuevas en torno a las derechas españolas, como, sobre todo, en textos biográficos de sumo valor, al modo de los de A. Fontán –amigo fraternal durante largo tiempo en las filas del Opus Dei, congregación a la que, como es sabido, ambos pertenecieran-, L. López-Rodó o G. Fernández de la Mora, entre otros muchos de idéntica densidad intelectual, sin que llegue a faltar una aproximación al estudio de su contribución a la historiografía nacional a cargo de este cronista.

Todo ello es no olímpica sino ignaramente despreciado por desconocido por el autor de El cura y los mandarines… a la hora de atribuir, no sin cierto fundamento, a Pérez Embid un papel axial en la configuración de aspectos relevantes de la cultura conservadora y elitista de la España de los decenios centrales del siglo XX. Hombre de acusada vena sarcástica, será fácil imaginar por quienes le conocieron las glosas y consideraciones que despertaría en su vivaz ingenio la semblanza a cargo del escritor ovetense. Por desgracia, la completa ausencia de una crítica mínimamente acribiosa en la producción literaria y artística de la España más reciente dejará, una vez más, en el más absoluto desamparo, en la impunidad científica y ética más completa las agresiones a pluma armada contra la biografía y obra de personalidades como las de Ortega, Laín y, se quiere en último lugar pero también relevante, de F. Pérez Embid.