Enrique Aguilar | Miércoles 28 de mayo de 2008
En un pasaje de su obra Sobre la libertad (1859), John Suart Mill reivindicó la figura de Rousseau como el gran disidente que, en pleno siglo XVIII, desnudó los excesos del llamado proyecto ilustrado alertándonos sobre su recepción incondicional.
No dijo todas verdades. Pero la “porción de verdad” que le cupo sigue viva en nuestras democracias, cualquiera sea su grado de desarrollo. Me refiero, en particular, a la exhortación que recurrentemente hiciera al hombre moderno para que, “en el silencio de las pasiones”, escuchase la voz de su conciencia.
Rousseau le habló a un hombre dividido en su interior, condición a la que se sentía él también vulnerable (“desde que mi corazón y mi cabeza están en conflicto, ésta raramente triunfa”, escribió). Un hombre en el cual conviven dos voluntades: la que tiene como hombre y la que debería tener como ciudadano. Quería, es cierto, que la segunda se impusiera sobre la primera y, a este fin, para que el hombre pudiese generalizar su voluntad, consideraba necesaria esa búsqueda moral de la propia conciencia que en absoluto debe asimilarse, como explicó hace años Rodolfo Mondolfo, al rechazo de una condición social ya adquirida para siempre.
Las paradojas de Rousseau pueden conducir al establecimiento de una sociedad cerrada y a la violación de las libertades individuales. En palabras de Isaiah Berlin, el mal que hizo “consistió en lanzar la mitología del verdadero yo, en nombre del cual se me permite coaccionar a la gente”. Sin embargo, me parece improbable que una sociedad pueda cimentarse sin la disposición de sus miembros a renunciar, al menos parcialmente, a su egoísmo. Y esta renuncia, como ocurre con la caridad, empieza por casa, es decir, por una mirada introspectiva. Hoy como nunca esta lección que nos dejó Rousseau me resulta imperecedera.
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