Opinión

Francia en observación

TRIBUNA

Juan José Solozábal | Martes 16 de junio de 2015

Sigo, como es natural, con gran interés la reflexión de los intelectuales franceses sobre la situación de su país, de cuya gravedad resulta un exponente las posibilidades electorales del Frente Nacional, el mayor partido antieuropeo del continente, con un cuarto del voto y que puede ser la fuerza política francesa más apoyada en los comicios presidenciales de 2017. En esta ocasión atiendo a la información que sobre la crisis francesa aporta una reseña de cuatro libros aparecida recientemente en el Times Literary Supplement . Me llaman la atención tres notas del análisis, inteligentemente glosado por Henri d’Astier, que podríamos resumir en la resignación, la extremosidad y la inexactitud.

En la France périphérique, el geógrafo Christophe Guilluy, establece un balance negativo de la economía moderna para Francia. “La adaptación de Francia a las reglas de la economía mundial, el libre movimiento de bienes, capital y personas tiene un costo oculto: la marginación de las clases populares”, esto es, la clase obrera tradicional y la clase media baja. Nada extraño que insistir en los males que el comercio y la inmigración han aportado a estos sectores suponga ganar sus votos, sobre todo si la élite dirigente, con su cinismo egoísta, ha roto el modelo republicano, esto es, el viejo pacto que se basaba en la igualdad, unidad nacional y la ignorancia de las divisiones étnicas. Pero es un error, se dice discutiblemente, creer que los inmigrantes están entre las víctimas de la globalización: más bien son sus beneficiarios, pues se constituyen en objeto de políticas sociales y ascienden a los sitios dejados por las clases populares marginadas.

El libro de un cualificado periodista Eric Zemmour Le suicide français ofrece una apocalíptica visión de la situación francesa, víctima de un complot de políticos, periodistas, banqueros, humanitaristas, y deportistas antipatriotas, en suma, “una burguesía libertaria y cosmopolita” que ha trasformado Paris a su propia imagen, pero que se sentiría igualmente en casa en Nueva York o en Shangai. Lo que ha ocurrido es que el estado ha desaparecido. Fue el estado el que hizo la moderna nación tras la Revolución; dirigió la recuperación de la posguerra; y aseguró un equilibrio social con equidad, alcanzando su apogeo en el tiempo del General de Gaulle en los años sesenta. Pero cuatro décadas más tarde los izquierdistas golfos y los tecnócratas neoliberales lo han dejado en cueros, y la máquina política ha quedado reducida a una cáscara vacía.

Creo que lleva razón Henri d’Astier cuando sugiere el desenfoque de la pretensión de resurrección del modelo gaullista para reparar el malestar francés. Lo cierto es, más bien, que, en la línea de esta perspectiva, acusar a la globalización de todos los males de Francia es ignorar los defectos domésticos como el proseguir con un estado no reformado , y que la vuelta al dirigismo proteccionista tampoco ayudará a los golpeados por la crisis.

La inexactitud en el análisis, como tercera característica, se aprecia en las observaciones de quienes, por ejemplo Edwy Plenel en su libro Pour les musulmans, exageran tal vez la permeación de la sociedad francesa a los prejuicios antiislámicos, compartiendo la afirmación del filósofo Alain Finkielkraut, “hay un problema con el Islam en Francia”, que podrían haberse visto reforzados por la reluctancia bastante compartida de los musulmanes franceses a manifestarse a favor de la libertad de expresión tras la masacre del Charlie Hebdo. También resulta exagerado afirmar que la extrema derecha está poniendo a la democracia en una situación de peligro parecida a la de la Francia de los años treinta, tesis que se mantendría en el libro de varios autores Les années 30 sont de retour. En este libro se subrayan algunos parecidos en las respectivas situaciones anterior y actual: así un afrontamiento de la crisis económica con similares instrumentos, sea la austeridad y el control monetario; o la débil respuesta a enfrentarse con Putin, como ocurrió ante la redefinición por Hitler del mapa de Europa. Pero ahora, en cambio, no hay tropas de asalto, sino un intento de conseguir el poder en las urnas; y las protestas en las banlieues no buscan la independencia, como ocurría en las rebeldes aldeas del Norte de África, sino ser reconocidas como miembros de pleno derecho de la nación.

Como se ve el análisis de la situación francesa, llevado a cabo en los cuatro libros de referencia, es demasiado polémico: subraya algunos aspectos de gran interés, pero muestra un déficit de objetividad que contribuye poco a ahondar en la naturaleza de los diversos aspectos que sin duda caracterizan este momento complejo de la gran democracia vecina.