Opinión

Recuerdo de Waterloo, 18 de junio de 1815

TRIBUNA

Alejandro San Francisco | Martes 16 de junio de 2015

La estrella de Napoleón parecía que lo alumbraría siempre. Estaba destinado a la gloria. Frente a las adversidades y conspiraciones en su contra, había algo que lo mantenía en pie, lo seguía elevando, hacía que la derrota fuera imposible. Sin embargo, no sería así eternamente.

Algo parecido había sucedido en el mundo clásico con Julio César, el conquistador de las Galias en el siglo I antes de Cristo. El romano se preparaba para asumir otros desafíos y, se creía en su tiempo, sin duda resultaría victorioso. Sin embargo, César encontró la muerte, no en el frente de batalla, donde seguramente era imbatible, sino que fue asesinado por personas del núcleo dirigente de Roma, que recelaban de su dictadura y procuraban el regreso a las tradiciones republicanas.

Napoleón, muchos siglos después, era otro invencible. Aunque, cuando llegó la batalla de Waterloo ya había experimentado el sabor de la derrota temporal, en esa famosa y fatídica campaña en Rusia en 1812. En un diálogo memorable de Leon Tolstoi en Guerra y Paz, Anna Pavlovna conversaba con monsieur Pierre, recién regresado de París: "¡Toda la nación moriría por su emperador, por el hombre más extraordinario del mundo!", opinaba el joven lleno de entusiasmo. "Es el mayor genio de nuestro siglo", agregaba en una fórmula que muchos creían verdadera.

La campaña rusa empañó ciertamente esa fama y contradijo la inevitabilidad del avance triunfal de Napoleón, y envió al líder de Francia a un desmejorado lugar en medio de la reordenación europea, que se mantuvo por algún tiempo, hasta que el Emperador decidió su regreso al poder en marzo de 1815, donde permanecería poco más de tres meses, momento que aparece con sus dramas y contradicciones en la obra de Joseph Roth, Los cien días (Madrid, Pasos Perdidos, 2013). Había vuelto en toda su majestad, escuchó repetidas veces el grito que se repetía sin cesar, "Viva el Emperador", volvió a saborear el poder y la capacidad de decisión, pudo comprobar nuevamente las veleidades de los apoyos políticos y los dobleces del alma humana. Encontró así una oportunidad, la última, para volver a comprobar a Europa su grandeza, y para hacerlo en un ámbito donde se mostraba insuperable, en la guerra.

Así llegó Waterloo, el domingo 18 de junio de 1815, hace exactamente 200 años. Había llovido, era territorio belga, y Napoleón se preparaba para asestar una derrota a los ingleses, dirigidos por Wellington, y que contaban con el apoyo prusiano. "Tenemos noventa probabilidades a nuestro favor, y menos de diez en contra", se ufanaba el Emperador a sus cercanos, mientras se acercaba una de las batallas más famosas de la historia universal.

Fue una jornada intensa, que se había vivido de una manera curiosa en los días previos. Wellington y sus oficiales habían asistido la noche del 15 de junio a una fiesta que ofrecía los duques de Richmond, ocasión en que fue criticado, pero donde pudo mostrar también una sensación de tranquilidad en el preludio de la batalla decisiva. Al día siguiente, se dice, vio por primera vez a Napoleón a través de su telescopio, aunque no se libraría batalla en esa jornada.

Había algunas dificultades objetivas, como que la suma de soldados ingleses y alemanes era mayor que la de los franceses. Otras serían algunas fallas más humanas, que algunos atribuyeron a Napoleón y otros a sus generales. Lo cierto es que la jornada del 18 de junio se enfrentarían finalmente los ejércitos que debían definir el destino de Europa, en un enfrentamiento que se encuentra correcta y sucintamente narrada por Andrew Roberts, Waterloo 18 de junio de 1815. La batalla por la Europa moderna (Madrid, Siglo XXI, 2008).

Fue una verdadera carnicería, y se podría decir que todos perdieron en esa ocasión. "La tierra estaba totalmente cubierta por aquellos valerosos hombres, que yacían en diversas posturas, mutilados de todos los modos imaginables", fue la síntesis que presentó un testigo de los hechos. Había "indescriptibles gritos de miles de hombres, entre los que era imposible distinguir los de amigos y enemigos", afirmaba otro. El resultado es impresionante: más de 70 mil personas murieron o resultaron heridas en el campo de batalla, a los que se suman los fallecidos en los enfrentamientos previos. Ciertamente Francia fue el país más damnificado.

Después de la derrota napoleónica, los vencedores, algunos campesinos y los saqueadores de ocasión se entregaron a la venganza y el pillaje, que tuvieron como resultado lo que sintetizó otro testigo: "los cuerpos desmembrados y sin vida aparecían desnudos de todo lo que les cubría, todo lo que tuviera el menor valor les había sido arrebatado". Todo esto llevó a Wellington a exclamar, seguramente avergonzado: "Junto a una batalla perdida, la mayor de las desdichas es una batalla ganada".

A Napoleón le había llegado "su Waterloo", esa hora decisiva en que el genio se enfrenta con su propio destino. Ahí no vale simplemente la grandeza y capacidad militar, la historia de los grandes hombres, sino también otros aspectos decisivos y muchas veces minusvalorados en "los momentos estelares de la Humanidad", como les llama Stefan Zweig: las agresiones del clima, una mala decisión, el error humano de algún subordinado o de quien toma las decisiones, un día más o un día menos en el desarrollo de una batalla, o simplemente "la mala suerte". Así llegó el momento de la derrota de Napoleón, que pronto se alejaría del poder y viviría sus últimos años en la soledad de Santa Helena. Waterloo había definido la historia de Napoleón, y había cambiado también la historia europea.

En esa obra magistral que es Los Miserables, Victor Hugo hizo una de aquellas afirmaciones tan lacónicas como lapidarias, que tenían la virtud de fijar la posición sobre un tema. "Waterloo no es una batalla; es el cambio de frente del universo". El gran escritor francés afirma que era imposible que el Emperador de Francia ganara la batalla, no por causa de los ejércitos ni de Wellington, sino simplemente "por causa de Dios". Napoleón había turbado el equilibrio mundial y, se podía decir, Dios estaba molesto. Pero esa ya es otra historia.