Opinión

¿Aristóteles o Rousseau?

TRIBUNA

Cristina Hermida | Martes 16 de junio de 2015

En el examen de selectividad que formaba parte de la prueba de acceso a la Universidad (PAU) celebrado hace unos días en la Comunidad de Madrid se dio a elegir entre dos textos de historia de la Filosofía: un texto de Aristóteles y otro texto de Rousseau. A pesar del honor que supone para cualquier –y no necesariamente avezado- alumno examinar filosóficamente a uno de estos dos gigantes de la historia del pensamiento, no han sido pocos los que han puesto el grito en el cielo tras identificar que el texto elegido del filósofo griego no se encontraba entre los que se habían seleccionado previamente como material bibliográfico obligatorio para examen.

Concretamente, fue la Asociación de Profesores de Filosofía de Madrid la que denunció la situación al considerar que el texto filosófico del examen no procedía al no ser uno de los materiales obligatorios para la PAU. La cuestión es que sólo podían entrar en el examen los Libros II y X de la Ética a Nicómaco y por ello, a juicio de todos ellos, no se justificaba que un texto del Libro I fuera el que apareciera en la prueba de selectividad.

Permítanme que diga que no acierto a entender que la filosofía se tenga que preparar con base al examen de una selección de textos que posteriormente serán objeto de examen. Creo sinceramente que, con ello, se está olvidando la razón de ser de la filosofía como disciplina cuya misión estriba en cuestionar la realidad, preguntando más que encontrando respuestas unívocas que nos puedan llevar a enjuiciamientos incontestables.

La filosofía es un proceso de conocimiento dirigido a la búsqueda de la verdad pero ésta no es más que la meta que se persigue en un proceso que por naturaleza se torna tan placentero, desde el punto de vista intelectual, como interminable. Con ello no quiero apoyar el relativismo moral sino más bien reivindicar la excelsa vertiente de la filosofía que nos anima a emprender un viaje en la búsqueda de la verdad, a sabiendas de que ésta existe en un camino que se atisba complicado y arriesgado. Es por ello que la misión del profesor de filosofía en sus clases ha de ser conseguir que el alumno se haga con un mochila llena de herramientas –fundamentalmente críticas- que le permitan superar las dificultades que vayan surgiendo a lo largo de esa sugerente aventura del saber.

Creo por ello que no puede haber nada más antifilosófico que objetar que para el examen de filosofía se había elegido un texto que no había sido preparado anteriormente con los alumnos en clase. Lo importante en filosofía no es la capacidad memorística sino la capacidad de análisis y reflexión crítica con el texto filosófico al que uno se enfrenta. Como decía Kant, representando éste mejor que nadie el ideal de la Ilustración, dejemos de tratar a los demás como si fueran “estúpidos o menores de edad” puesto que sólo así conseguiremos ciudadanos maduros, reflexivos, críticos, que no se dejan llevar por modas pasajeras en su forma de pensar o por la inercia de comportamientos autoritarios o paternalistas que minimizan o incluso anulan su capacidad de enjuiciamiento crítico de la realidad y del mundo en que viven.

Los alumnos están ávidos de que se les invite a la reflexión y al debate intelectual y por eso la filosofía puede ganar más protagonismo en el siglo XXI si sabemos inculcar en las aulas a través de la enseñanza de la filosofía la clásica expresión “sapere aude” (“atrévete a saber”, “atrévete a pensar” o “ten el valor de usar tu propia razón”). No olvidemos que aunque el origen de esta frase se remonta al siglo I a.C., con el poeta lírico Horacio, fue Immanuel Kant quien la divulgó gracias a su célebre ensayo ¿Qué es la Ilustración? (1784). Un buen modelo de la idea de “pensar por ti mismo” la encontramos en los Enciclopedistas, entre otros, Diderot, D’Alembert, Voltaire o Rousseau.

No deja por ello de resultar verdaderamente sorprendente que los profesores de la Asociación de filosofía de Madrid hayan tomado la iniciativa de llevar ante el Coordinador de la Universidad Complutense de Madrid (Antonio López Molina) la propuesta de que se tuviera en cuenta por parte de los correctores de los exámenes que había un texto, de nada menos que Aristóteles, que no entraba dentro del material bibliográfico obligatorio. Afortunadamente, y seguramente por las razones que he expuesto más arriba, López Molina consideró que los exámenes debían corregirse de igual manera independientemente de que uno de los textos del examen no se encontrara entre el elenco de los obligatorios.

Nos quejamos de que la filosofía como disciplina dentro de las humanidades esté en decadencia pero creo que de esta situación no se sale confundiendo y fundiendo la filosofía con la ciencia ni mucho menos invitando a la pasividad y la inercia intelectual. Recuperemos el objetivo ilustrado de que la emancipación política y el progreso moral del individuo sólo puede llegar a través del verdadero aprendizaje inculcado desde el debate y la reflexión crítica.