Opinión

Waterloo

TRIBUNA

Alfonso Cuenca Miranda | Miércoles 17 de junio de 2015

Ninguna batalla es más conocida a nivel popular que la que tuvo lugar en Waterloo el 18 de junio de hace 200 años. Desde entonces se ha convertido en la confrontación singular más evocada y analizada, captando todavía hoy la atención de estudiosos y profanos. Es tal su fuerza que su nombre ha ingresado en el imaginario colectivo de la Humanidad como sinónimo de irreversibilidad, de muerte definitiva de un proyecto. Y, efectivamente, Waterloo fue el punto y final de un sueño y, sobre todo, de un hombre, de una figura que ejerce aún sobre todos nosotros (con independencia de la postura que adoptemos frente al mismo) una poderosa atracción, como prueba el dato de que tras Jesús de Nazareth es la persona sobre la que más obras se han escrito. Se ha podido decir que Napoleón es el Hombre con mayúsculas, la Historia cabalgando (parafraseando la célebre cita de Hegel), siendo la persona con mayor impacto transformador de la realidad de cuantos han existido. Su genio, su capacidad y su fuerza no han sido igualados, y, por más que, de acuerdo con las tesis del citado autor de la “Fenomenología del Espíritu”, pueda afirmarse que él mismo y sus acciones no fueron sino una “añagaza de la Historia” (es decir que su obra o algo semejante se hubiera producido en cualquier caso y que hubiera existido otro “Napoleón” de no haber nacido el corso), es tal la excepcionalidad encarnada en el “capitán del siglo” que, por una vez, es posible que quepa discutir al maestro de Stuttgart.

Con todo, y aceptando en parte el discurso determinista, bien cabe admitir que la suerte de Napoleón ya estaba probablemente echada antes de su postrera campaña. Los 100 días (glosados con gran pulso por el que fuera jefe del Quai D´Orsay, Dominique de Villepin) no fueron sino una prolongación estéril de un sueño que era imposible recuperar una vez que un mundo nuevo ya había tomado conciencia del nuevo día. Francia ya no era la que había sido, la Grande Armée nunca volvería y, Napoleón ya no era seguramente capaz de hacer desparecer las nubes y vislumbrar de nuevo el “sol de Austerlitz”. De otra parte, los rivales se habían reforzado y a lo largo de los años habían aprendido a combatir a quien años antes les fulminara con una versión del arte de la guerra desconocida hasta entonces. Por ello, aun si la jornada del 18 de junio de 1815 le hubiera sido propicia, es muy difícil que la segunda oportunidad concedida al “petit caporal” hubiera tenido un desenlace propicio para el mismo.

Aunque tratándose de Napoleón nunca podemos estar completamente seguros… Su plan de campaña era brillante: dividir a las fuerzas aliadas de británicos y prusianos, de tal manera que una vez abatido uno de ellos la fuerza gala se dirigiera rápidamente contra el segundo. La concepción y la ejecución inicial recordaban a la guerra de movimientos del cénit napoleónico, siendo total la sorpresa causada a los adversarios. De hecho, la separación completa de las dos fuerzas enemigas estuvo a punto de producirse los días 16 y 17 de junio a través de las batallas de Ligny y Quatre Bras, hasta el punto de que la suerte de Waterloo se decidió en gran parte en aquéllas, victorias francesas (la de Ligny muy favorable en términos cuantitativos), pero infructuosas en el objetivo final por un cúmulo de infortunios y errores. Llegamos así a la tarde del 17 de junio en la que una fuerte lluvia acompañaba a unos ejércitos que, sin saberlo, se encaminaban a sus posiciones en el tablero bélico más célebre de cuantos han existido: los británicos (en verdad, una fuerza multinacional) detrás de la cresta del Mont Saint Jean, los franceses en la Belle Alliance y los prusianos en huida hacia el norte (Wavre) para no perder demasiado el contacto con los primeros. El tablero de Waterloo asombra todavía hoy por sus pequeñas dimensiones teniendo en cuenta las fuerzas concentradas en el mismo, lo que contribuiría a explicar la ferocidad de la batalla que tendría lugar.

Intentar adentrarse en la mente de los protagonistas en esa noche lluviosa del 17 de junio es uno de los ejercicios históricos y psicológicos más apasionantes. El viejo e impetuoso Blücher (el “General Avance”), escasas horas después de estar a punto de ser capturado, con profundas magulladuras, deseoso de venganza y, sobre todo, de ser fiel al compromiso con el aliado: llegar en hora en caso de necesidad. Un Wellington, preocupado ante el encuentro con un enemigo a quien nunca se ha enfrentado directamente, sabedor de que la derrota le echará al mar. Un Napoleón en apariencia confiado, confianza basada en tres datos: la posición inglesa con un bosque a sus espaldas, la esperanza de que Grouchy mantenga alejados a los prusianos y el valor de su viejo ejército. Pero un Emperador que sabe que ya no tiene la fuerza de antaño, siendo variadas las pruebas de ello en las próximas horas, y que se juega todo su futuro a una carta.

La batalla comienza tarde, pasadas las once de la mañana de ese domingo, debido a que se decide esperar a que el terreno pueda secarse. El desarrollo de la misma es bien conocido, como lo son las toponimias del campo de Waterloo. No hay un lugar de ruptura predefinido sino que, como en otras ocasiones, la propia batalla lo mostrará. De ahí los intentos iniciales de tomar Hougoumont y la granja de la Haye Sainte, únicos refugios a disposición de los británicos. Tras los fracasos iniciales, carga de caballería dirigida por el fogoso Ney, “acto del drama” en el que los cuadros británicos entran definitivamente en los libros de Historia gracias a su heroica y exitosa resistencia. Todo ello acompañado de una de las mayores concentraciones artilleras que hubiera sufrido tierra alguna. Ataques y contraataques… toma de la Haye Sainte durante la tarde… más avances y retrocesos… Lejos quedan los grandes movimientos por los que Napoleón ha sido considerado el mayor estratega y táctico de todos los tiempos: el terreno, la disposición de las fuerzas y sobre todo… un tiempo que se le escapa no lo permiten (a mediodía el corso sabe que Grouchy no ha cumplido su misión). Se trata de un choque brutal y terrible, de dos púgiles frente a frente, como señalaría el propio Wellington. Hasta que un tercer púgil aparece en escena en el ala derecha gala, golpeando arriba (Smohain) y abajo (Plancenoit). Blücher ha llegado, no ha hecho falta la noche y la victoria aliada es ya segura.

La última carga de la Vieja Guardia Imperial no hará sino aumentar la épica de la batalla, pero nada cambia ante la obstinada defensa aliada. A partir de ahí la desbandada francesa hacia la frontera en una carrera en la que se perderá el propio tesoro del Emperador. Atrás, miles de muertos y de moribundos en un camposanto al aire libre que sobrecogerá a cuantos lo visiten en esas horas o lo rememoren años más tarde. El propio Duque quedará profundamente conmovido por las pérdidas, especialmente por la de sus allegados: la mayor parte de su staff ha muerto o ha sido gravemente herido y esa noche en la hospedería de Waterloo, ante una mesa preparada para los mismos comensales de la noche anterior, sólo le acompañará el general Miguel de Álava, amigo de la guerra peninsular.

Probablemente Waterloo no es la batalla más importante de la Historia, si tal ranking hubiera de hacerse. Encuentros como el de Gránico, Otumba o Lepanto han tenido mayor trascendencia para las vidas de los seres humanos en el planeta. En todo caso, como señalara Hugo, la perspectiva del ser humano cambió desde ese domingo de junio, siendo Waterloo el gozne del siglo XIX, el fin y el comienzo de una nueva era. El Congreso de Viena volvería a reunirse semanas más tarde bajo el leitmotiv de volver a los viejos días; sin embargo, ya nada sería igual, pues todo había cambiado, en realidad hacía mucho tiempo…