Opinión

Zapata y Soto, los hermanos Tonetti del mal gusto

TRIBUNA

David Felipe Arranz | Jueves 18 de junio de 2015

Son estas cosas las que hacen que le hierva a uno la sangre. Los llamamos los payasos del mal gusto por contraposición a aquellos maravillosos hermanos circenses que anunciaba Pepe Juárez y que hicieron reír a toda España durante medio siglo XX: los concejales madrileños Zapata y Soto son su antítesis virada a lo indecente, su nadir obsceno y birrioso.

A Zapata nos lo encontramos en julio del año pasado en un lugar respetable, sentado a una mesa de reuniones, porque iba a hacer una webserie sobre cuatro jóvenes con superpoderes. Me cayó bastante gordo nada más verlo, de lo que deduzco que, efectivamente, debía de tener algún superpoder para provocarme un ataque de alergia visual: será cosa de piel, como suele decirse.

A lo que parece Carmena se ha aliado con una mesnada de cretinizantes y ha escogido lo mejorcito de cada casa. Y eso, a los que vivimos en Madrid, nos da mucho miedo. Zapata y Soto son esa falta de ortografía en Ahora Madrid que la alcaldesa trata de borrar en vano con una goma, pero no puede porque la ofensa está hecha con una tinta chillona. Un ataque verbal disfrazado de “humor” vía Twitter contra una víctima del terrorismo, seis millones de muertos en el Holocausto o niñas que han torturado y asesinado sádicos que aún andan sueltos –tenemos unas fuerzas de seguridad escapadas de un tebeo de Mortadelo– parece que abre puertas principales. No hace falta otro mérito que el de desfasar contra las víctimas en el microblog y epatar al prójimo con la ocurrencia sanguinaria e incitadora a la violencia. Aunque el peor tuit es el que va por dentro de la cabeza y es obvio que en las redes solo ha asomado un porcentaje mínimo de su bisoñé mental.

Los tuits de Soto son más insanos que los de su colega de partido y proponen desde empalar a un diputado a ahorcar a un ministro, pasando por la quema de bancos “por lo bonito que hace el fuego”. Carmena ha dicho que es que el muchacho era joven, que no sabía y tal. Echamos de menos la sofisticación retrospectiva de Gila y Tip y Coll, señores de un humor finísimo y trasantaño. Porque estos tuits de chiste tienen poco, y de neopornografía verriondilla y maloliente que roza la ilegalidad, mucho. Andan ahora de aquí para allá lavando sus pecados y matriculándose de arrepentidas, pero con la cabeza muy alta –tanto, que llevan en la cara un imán de hostias, con perdón, en feliz expresión de mi querido Eugenio Fontaneda–, y a Zapata no se le ocurre otra cosa mejor que ir a “El intermedio” a entonar la palinodia, en vez de encerrarse en su casa, tirar la llave por la ventana y no salir de la cama, por si acaso te dan una ídem. De coña, vamos. Somos habituales de Wyoming, pero no nos apetece verle la jeta a Zapata –que es mucha– y hacemos zapping.

Carmena, jueza emérita antes que alcaldesa bisoña, sabe perfectamente que debería expedientarlos y expulsarlos del partido y de la vida pública ipso facto, para recuperar la honradez de las cosas. De lo contrario, a algunos nos comenzará a decepcionar demasiado pronto: acaba de empezar y sus propios ediles ya la han recalentado. Alcaldesa, por cómo tratas y mimas a tu concejal faltón, te diré quién eres. Porque la continuidad en el partido y en el Poder de los ediles tuiteros de Ahora Madrid es una prueba promediada de que a la resaca electoral le sigue una rancia aceptación nacional, de lo mal y desgobernado que anda todo. El populismo bien administrado y ritualizado a través de las redes sociales tiende a ampliar el umbral de lo tolerable. Y el despropósito.

En esta apoteosis del mal gusto los hermanos Tonetti de la vida política, dos bobos en apuros, son tan solo la punta del iceberg. Los besugos y sapos de esta sicalipsis descamisada –se puede ser elegante y de izquierdas, véase Gaspar Llamazares o Julio Anguita–, los logreros que no abandonan sus actas de concejales, no son sino políticos improvisados de cascos ligeros, vedettes de quita y pon. En fin, los especuladores del tejemaneje y tuiteros del rijosismo nacional que han emergido estos días revelan una irresponsabilidad cívica de muy difícil encaje.

Propongo, como a los borricos, ladearles en la testa un sombrero calañés entre los soplillos y mandarlos a triscar al monte. Solo hay una cosa más triste que un bobo sin gracia y es un político bobo que se hace el gracioso. La idiocia supina es un argumento que ellos, los legitimistas de la tuit-agresión, no dan nunca, pero que está en el fondo y en la forma de sus tuits. Los estultos se parecen entre sí como los dictadores se parecen entre sí. Con el escándalo de los tuits gratuitamente ofensivos se esconde la trampa de mantener al pueblo falsamente informado, porque se le escamotean los pactos en las bambalinas del Poder y que verdaderamente le afectan.

Mientras, los payasos del circo espurio salen a la pista para entretenerlo. Al pueblo, digo.