Prólogo de José Luis Pardo. Traducción de Mercedes Noriega Bosch. Pasos Perdidos. Madrid, 2015. 122 págs. 13,90 €
Por José Antonio González
La cuestión del goce plantea el mayor reto imaginable al pensamiento filosófico, por diversas razones. La principal de ellas: el goce es, en todos los sentidos posibles del término, lo sin concepto. Y es justamente el propósito de traer a concepto lo sin concepto, sin deformarlo por ello en el proceso, el que Adorno señaló en la Dialéctica negativa como lo que constituía el límite mismo de las posibilidades del pensamiento, y el horizonte que habría de orientar el proyecto de su más profunda renovación. Por otra parte, desde la época clásica hasta Kant, la Filosofía ha venido siendo definida como la “doctrina del Bien sumo”. ¿Existe acaso un bien mayor que el del goce?
La joven editorial Pasos Perdidos nos ofrece en este pequeño volumen un diálogo -como lo es cualquier discurso filosófico- entre una de las referencias del pensamiento crítico francés, Jean-Luc Nancy, y la comunicadora y filósofa Adèle Van Reeth, en torno al goce. No hay ninguna otra cuestión que se halle más en el centro de los diagnósticos de todo tipo que encontramos sobre la ideología del mundo occidental contemporáneo. En un interesantísimo prólogo (solo por cuya lectura merece la pena comprar este libro) José Luis Pardo expone el núcleo de la problemática: frente a la creencia generalizada de que el presente se halla volcado a la provocación del goce como obligación cultural, los signos más profundos de nuestra época nos revelan que ésta ha perdido la capacidad de gozar: “[…] nunca ha estado el mundo tan organizado para el goce, y a la vez nunca hemos tenido menos idea de lo que el goce pueda significar”.
Jean-Luc Nancy, que lleva casi todo el peso de la argumentación a través de estas páginas, trata de formular un diálogo sosegado entre las aportaciones del psicoanálisis (Freud y Lacan) y el tronco canónico de la filosofía occidental: Platón, Agustín de Hipona, Spinoza, Kant, Heidegger, Sartre… para casi concluir en el Derrida de la différance. A ellos se unen algunas “extrañas figuras” como Sade y Bataille. La noción de goce oficia como punto de engarce y de cuestionamiento, en cuanto que apela a nexos cruciales con la filosofía del sujeto, con el enigma de la alteridad, con el misterio de la obra de arte (y de la creación en general), con la estupefacción ante la belleza. Fundamentalmente supone un desafío frontal al pensamiento de la identidad, aquél que ha preparado el terreno, por así decirlo, al advenimiento de la ideología capitalista, que equipara todos los valores y todas las realidades al convertirlas en mercancías intercambiables.
Pero también para el comunismo: para todos los sistemas de pensamiento basados en la hegemonía de la identidad, la cuestión del goce representa un punto de fuga absoluto. Como descentralización absoluta, como éxtasis completo, la experiencia del goce supone la experiencia de la pérdida del sujeto (el sujeto que puede decir “yo”). Lo cual tampoco quiere decir que en él se halle la felicidad o beatitud; con mucha prudencia Kant advertía: “[…] experimentar el goce no es más que sentirse continuamente impelido a salir del estado presente (lo que siempre trae consigo la reaparición del dolor)”.
La pregunta: ¿qué es el goce?, como era de esperar, no halla respuesta. Como ya se ha señalado, se trata de algo que resiste a toda conceptualización. Pero los intentos de trazar sus perfiles nos desvelan asimismo los aspectos fallidos de nuestra civilización, reconocibles desde esta nueva luz como fracasos en la integración del goce en la economía política y en la economía de las emociones socialmente “funcionales”. La historia de la filosofía occidental puede así ser interpretada como el testimonio reflexivo del malestar de nuestra cultura, producido no por el exceso, sino por la falta de goce. Nuestro tiempo parece ser especialmente consciente de ello, lo cual, como señala Pardo en su prólogo, no deja de ser tan cómico como trágico.