Traducción de Marina Widmer. Circe. Barcelona, 2015. 280 páginas. 17 €
Por Jorge Pato García
A pesar de que cada vez el momento de la jubilación resulta más lejano, no deja de ser una etapa de la vida en la que la vida laboral deja paso al disfrute de la vida. Se dice comúnmente que cuando se tienen las energías no se tiene el tiempo y que cuando se tiene el tiempo es cuando comienzan a bajar las energías, pero está claro que cualquier otro planteamiento será posible únicamente al recibir la visita de la diosa fortuna de una manera lo suficientemente generosa como para poder aparcar las obligaciones laborales.
Este pensamiento tan común también lo tenía en su cabeza la bibliotecaria protagonista de esta novela, Carla. Estaba a punto de llegar su momento, su jubilación y la disponibilidad de la tranquilidad y el tiempo para cambiar del lado de los que colocan y ordenan libros, a los que los leen, iba a ser un tranquilo retiro en el que la literatura la absorbería por completo, algo de lo que estaba encantada, como buena amante y conocedora de los libros.
Una vez alcanzada esa etapa de la vida y la lógica desconexión con los que habían sido sus compañeros de trabajo, ya solo le quedaba disfrutar de cada minuto completamente relajada por las historias que le regalaban los libros, hasta que una mañana se reencuentra con un colega, Wolfram. Este compañero le hizo saber que padecía un cáncer terminal, su vida se iba apagando pero no sin sufrir las terribles consecuencias de la enfermedad, a esto cabe añadir la ausencia de cualquier familiar directo que pudiera mitigar con su cariño parte de ese dolor y sufrimiento. Wolfram era viudo y sin descendencia, por lo que, a pesar de poseer una considerable fortuna, no encontraba sentido a su presencia en este mundo. Por ello decidió sacudir como un terremoto la plácida vida de jubilada de Carla con tres propuestas a cual más osada y a la vez tentadora.
Primeramente, y con la condición previa de encargarse de darle sepultura y de que figurase el epitafio que él decidiera, Carla se convertiría en la heredera de una cuarta parte del patrimonio de Wolfram, un ofrecimiento poco usual y quizás desproporcionado a primera vista, pero sin duda atrayente. Después de esto eleva su apuesta, si a lo anterior le añadimos que Carla le cuide hasta el momento de su muerte, en una suerte de sustitución de su fallecida esposa, la parte que le corresponderá a Carla será la mitad de los bienes que atesora, dinero a cambio de compañía y cuidados. Pero no acaba ahí, hay un órdago que lanza Wolfram, una propuesta desconcertante y sobre todo que creará un intenso dilema en Carla: si ella anticipa el desenlace irreversible del cáncer, haciendo que el anhelado descanso eterno que busca Wolfram llegue ya, será la única heredera de la gran fortuna que él posee.
Lo que en principio se iba a convertir en el inicio de una nueva etapa tranquila y despreocupada, se trasforma en una encrucijada moral y en sopesar pros y contras de la decisión que pueda tomar. Un argumento atrayente que, sin duda, no deja indiferente al lector es el que nos propone la escritora alemana.