Libros del Aire. Madrid, 2015. 56 páginas. 10 €. La emoción, la intensidad y la pureza formal se dan cita en este recuperado poemario de una de nuestras más relevantes voces líricas.
Por Inmaculada Lergo
Preludios a una noche total es un poemario que Antonio Colinas comenzó a escribir con 21 años y que publicó en 1969. Ahora, 48 años después, su autor confiesa, en unas palabras preliminares a la edición, que su lectura desde la distancia la hace con estremecimiento pero también con serenidad, porque comprueba que el libro ha “resistido esa prueba tan dura del paso del tiempo”. Preludios… marca el inicio de la voz que definiría y define la poesía de Colinas. En él están ya, según advierte él mismo, lo esencial de su estilo: “la emoción, la intensidad y la pureza formal”. Y también lo están los temas que no le abandonarán: el amor, la naturaleza, la búsqueda de la plenitud del ser…
Antonio Colinas nació en León en 1946. Además de poeta es narrador, ensayista, traductor y crítico literario. Entre sus maestros más cercanos estuvo Vicente Aleixandre, y él lo ha sido en lograr esa fusión entre poesía y la vida que caracteriza su poética. En ocasiones se le ha adscrito a los novísimos, pero su equilibrio clásico, el curso pausado y reflexivo o el rigor en la construcción del poema lo han conducido por caminos que lo diferencian. A Colinas le gusta de su generación la renovación del lenguaje y la ruptura de los modos tradicionales, pero no su “culturalismo”, pues considera que en la cultura debe haber vida y experiencia vital. Además de escribir para expresarnos, dice Colinas, para hacer literatura, escribimos para realizarnos. La poesía ilumina el camino como un faro, por eso la palabra para él es la palabra luminosa, una luz para un abismo que no es externo sino que se encuentra en cada uno de nosotros mismos. Así como las ruinas, las piedras del pasado, muy presentes en sus versos, no son para él lo caduco y lo muerto, sino lo que nos conduce a reflexionar sobre la caducidad. El tema de la infancia, que tiene un capítulo en este poemario -“Epílogo desde la niñez y el sueño”-, puede unirse a esta reflexión, y así, cuando el poeta vuelve a la casa donde nació, ya abandonada, exclama: “¡Qué llaga tan tremenda, qué asombro inesperado / para el que espera alivio buscando en el recuerdo! / Cruzaba los pasillos tropezando en los cántaros / oscuros, polvorientos, y crujían los pasos, / y el corazón crujía de horror y de ternura”. Y también y sobre todo, el amor, un amor con claroscuros, un amor de encuentros y despedidas, de fuego y de hojas secas -“Debajo de aquel árbol nocturno y otoñal / la sangre de los dos ardía en un abrazo”-, incluso un amor ya muerto -“Ni tu amor, ni yo, como dos piedras / o estatuas fulminadas en el salón vacío, / polvoriento, sabemos por qué cruje de miedo / toda la casa vieja, por qué han muerto los pájaros, / por qué han muerto los besos y no hay fiebre en la noche”. La convivencia de los contrarios siempre está presente y es a través de su enfrentamiento como Colinas busca la armonía (de ahí la influencia de escritores como Lao Tse, Mircea Eliade o Carl Jung), que se encuentra en muchos casos a través de la naturaleza. Esta tiene en este poemario una enorme fuerza, pues los sentimientos afloran siempre a través de ella: la luna, los atardeceres, el agua, los árboles, el viento, el cielo, el jardín, las nubes, la tierra, el paisaje…
Para Antonio Colinas, la creación poética “nos sitúa en un alto grado de conciencia”, nos conduce a cada uno a ser lo que debemos ser, es decir, nos conduce hacia la plenitud. Por eso no concibe el mundo sin poesía, pues esta es la que le da “humanismo” al hombre, y el hombre sin ese “humanismo” sería “otra cosa que hombre”. Apostemos pues, de nuevo, por su difusión -ya que parece que cada vez es más escasa-, lectura y disfrute, y por la necesidad de su presencia continua y cercana.