TRIBUNA
Juan José Vijuesca | Miércoles 24 de junio de 2015
De siempre es sabido que cualquier cosa resulta mejorable. Es posible que incluso las propias personas también entren en este concurso de sabiduría ancestral. Ahora bien, las normas de conductas, a mi entender, deben ser reguladas por el principio de la equidad social basada en una educación y en un desarrollo cultural, mínimamente amasado en el tiempo, eso sí. Lo fácil se hace sólo, no se necesitan regidores que vengan a enseñarnos que hay que levantar la tapa del WC antes de orinar o que después de cada evacúo hay que tirar del expulsorio de la cisterna para decencia del retrete. Esto, hasta ahora, resulta de sentido común, lo que hay que hacer es inculcar desde edad temprana los buenos hábitos de urbano respeto.
Ahora viene lo difícil, o sea, aquello que a la hora de crear normas colectivas éstas implican al ciudadano no el principio de ser educado, que ya queda dicho, sino que al toque de ordenanza municipal los padres y madres de aquellos niños y niñas en edad de público colegio deben tomar las riendas de la fregona y dedicar su menesteroso tiempo en limpiar las dependencias escolares. Desconozco si la bondadosa nueva alcaldesa tiene aún la idea de desarrollar esta ingeniosa iniciativa, que no critico en cuanto al golpe de calor que provoca estos redobles mentales, sino que por mi calidad de abuelo veo lo que se me viene encima si al final se implanta esta asignatura.
Como es sabido, los abuelos, ya de por sí jubilados, formamos parte de esa mayoría silenciosa, también conocida como zapadores de familia, que con orgullo y amplia dosis de cariño, -al igual que damos, también recibimos, dicho sea-, ayudamos a los hijos a la vez de ser el alfil de los nietos cuando unos, por imperativos de obligaciones diversas y los otros por escolaridad de enseñanza obligatoria, pues eso, que recurren a este cuerpo de élite para cubrir la falta de ubicuidad. Dicho esto, claro que me preocupa que mi intendencia familiar se tenga que prolongar en funciones hasta el punto de tomar fregona y limpiador multiusos para aseo de pasillos, retretes, aulas, despachos y ventanales. Y me preocupa por aquello de ser un abuelo subsidiado en quehaceres de los hijos. Pues mire usted, excelsa alcaldesa, me temo que si después de casi 50 años desde que hice la mili ahora he de volver a usar el armamento de limpia y abrillanta para que luego la gobernanta del centro me saque al patio a correr por no haber dejado en condiciones las instalaciones docentes, mucho me temo que la clase que atesoramos los de mi quinta no esté para esos trotes.
Razones diversas avalan mi teoría, más que nada porque a estas edades la masa corporal está saliente de oficios, usted, con todos mis respetos, debe saberlo bien por estar entrada en equinoccios y ser abuela, que me conste. Con eso no trato de ofenderla, líbrenme las almas puras, pues soy de los que opinan que hay que negarse a ser mayor, pero eso sí, sin caer en el ridículo de pretender ser joven a nuestra edad.
Los gobiernos es un invento del propio ser humano y que a razones cada cual nos creemos tener superpoderes cuando nos nombran en letras de imprenta. Ejemplos tenemos tales como una presidencia de Comunidad de vecinos, asumir la portavocía para organizar la partida de petanca e incluso en organizar una escapada a lugares tan exóticos como los son Benidorm o La Manga del Mar Menor. Tenemos experiencia, eso sí, pero el ser es una cosa y el voto unánime es otra. Créame Doña Carmena, si por sustituir a mis hijos por dictado de ordenanzas en materia de limpiar colegios públicos y con ello el regenerarme debo convertirme en Míster Proper, lo siento mucho pero un servidor entiende estar amparado por la Ley de Incompatibilidades, porque cobrar pensión y ser trabajador de una cooperativa al servicio público –como usted propone- me temo que el Instituto Nacional de la Seguridad Social intervendría de oficio para dejarnos sin prestación de jubilación. Comprenda que a nuestra edad no cabe andar con experimentos de bolsillo ajeno, vayamos a “joder la marrana” -perdón a mis lectores- (esta expresión nada tiene que ver con la aberrante zoofilia, sino con algo más prosaico: la valiosa pensión)
No soy machista, ni feminista, ni coleccionista de odios, pago mis impuestos y con ello los sueldos públicos, mi familia carece de radicales libres, y mi perro estudia segundo de solfeo. Como verá soy un ciudadano de lo más normal y nada destacable sino fuera por estar en riesgo de extinción, al igual que el lince ibérico. Por lo demás, nada que a mi edad deje de sorprenderme, salvo volver al colegio y tener que enfrentarme de nuevo al mapamundi, a los afluentes del río Duero o a escribir cien veces la lista de los reyes godos porque la supervisora en limpieza de colegios tenga a bien castigarme al no haber hecho bien el fregado de las letrinas.
En fin, doña Carmena, de usted y sobre su conciencia dependerá el futuro de familias enteras. Que lo sepa.
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