Opinión

La última generación

TRIBUNA

José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 26 de junio de 2015
Todas las frases o pronunciamientos rotundos están ocasionados a la falsedad o, cuando menos, a la inexactitud. En días muy cercanos a la actualidad una antigua y admirada colega del cronista, evocando el tiempo universitariamente ido pero sin convertirse por ello en una laudatora temporis acti, le decía que ambos pertenecían a la “última generación con maestros”. Expresión infundada, por cuanto ella usufructúa la condición de tal respecto de una legión de discípulos esparcidos por las innumerables universidades andaluzas e identificados por el venerado culto hacia la que fuese su guía y tutora en su peregrinación discente y formativa por el inabarcable y subyugador mundo clásico.

Pero es lo cierto que, al margen de la mayor o menor propiedad de la referida opinión, se extiende con fuerza creciente en el Alma Mater española un clima muy imbuido de tal sentir entre las hornadas recientes de graduados y postgraduados. El articulista no cree, y lo repite, en la realidad de tal juicio, pues es un decidido partidario de la creatividad inagotable del ser humano, así como del carácter progrediente de la inteligencia y la civilización. La trasmisión de los saberes siempre tendrá en el vehículo oral su método predilecto, y el maestro y la maestra en el dominio de las diversas disciplinas poseerán hasta el final de la aventura humana la clave de las vocaciones más ardidas y refulgentes. Detrás o en el principio de todo gran destino individual y colectivo hay indeficientemente la huella indeleble de alguien virtuoso en el parto de ideas e ilusiones. Mas ello, por supuesto, no impide que haya generaciones y épocas con déficits de auténticos magisterios, propagándose una sentimiento de orfandad en el que anida toda suerte de derrotismos. El presente español se encuentra en porciones vitales invadido por dicha atmósfera y es lógico que la institución universitaria comparezca en cabeza de algunas de sus manifestaciones principales.

Sin duda, uno de los motores esenciales de la sorprendente recuperación de los estragos múltiples de la excruciante guerra civil radicó en la elevada competencia y la abnegación ilimitada de los cuadros docentes de los diversos grados de la enseñanza, sin excepción alguna. Después de sinnúmeros esfuerzos, la historiografía especializada está llegando a la unanimidad en el diagnóstico de la alta calidad que presidió el proceso educativo de la dura postguerra. Sin ir más lejos, la novelística hodierna sobre el periodo se encuentra colmada de enseñantes que en todos los niveles cumplieron en envidiable grado con sus cruciales deberes, nimbándose su figura con los colores más radiantes. Afortunadamente, es tal imagen uno de los activos primordiales de una convivencia que va a ser de nuevo sometida a fuerte prueba en los meses próximos. Si su memoria y evocación sirvieran para asegurar la indispensable coherencia que cualquier sociedad requiere para sus fines más elementales, tales maestros rendirían probablemente su postrer y más valioso servicio a la colectividad en la que un día proyectaron su apuesta por la continuidad del gran país en que nacieron.

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