Opinión

El mítico Bartolomé de las Casas

TRIBUNA

Natalia K. Denisova | Sábado 27 de junio de 2015
El respeto por la cultura hispánica obliga a tratar determinados libros con detenimiento, aunque bien merecen ser tirados al corral de Cervantes, o traducido al español contemporáneo: al más profundo olvido, inmediatamente después de su publicación. No obstante, considero oportuno sacarlos a la vergüenza y no por “mala leche” ni por meterme con los autores que gozan de mayor prestigio que yo, cosa fácil, por cierto, ya que no tengo ninguno. La razón principal es la actitud de este tipo de libro ante la literatura, la historia y la ciencia española como si se tratara de minucias: tergiversan a pensadores excelentes, traducen mal a escritores magníficos y están colmados de tópicos. Se publican estos libros y nadie dice nada; al contrario, son aplaudidos como si trajeran alguna novedad.
Hay en historia de España un personaje singular. Casi temible porque cada palabra crítica hacia él, Bartolomé de las Casas, puede llevar a una excomunión de los círculos intelectuales. Sobran ejemplos, el más destacado es don Ramón Menéndez Pidal. Su libro El padre Las Casas. Su doble personalidad ha sido estigmatizado y silenciado. ¿Qué fallo ha cometido el insigne Menéndez Pidal? ¿Había traicionado en esta obra sus principios de objetividad o su método riguroso? No, al contrario, en busca de la valoración más adecuada de Las Casas, llegó a decir que las contradicciones de su vida y de su “pensamiento” sólo pueden atribuirse a una persona un poco trastornada, es decir, a un paranoico. Esta valoración es lo que más crítica ha suscitado. El autor ha sido tachado de falangista, oportunista y no sé cuántas cosas más. Pero las criticas no han pasado más allá del griterío: desde el año de su edición, 1963, nadie ha aportado un sólo documento o un argumento serio que desmienta las afirmaciones de Menéndez Pidal.
Caso radicalmente diferente al de Menéndez Pidal es la nueva biografía Bartolomé de las Casas, escrita por Bernat Hernández. Apenas sale de la imprenta y ya ha sido llamada innovadora, basada en el conocimiento exhaustivo tanto de la bibliografía como de la obra lascasiana. Falso. Esta obra es un cumulo de tópicos, o sea una actualización de la llamada corriente lascasista de la historiografía. ¿En qué consiste esta corriente? Aquí sintetizamos sus más firmes postulados: primero, Las Casas fue iniciador y el único defensor de los indígenas; segundo, toda la legislación protectora del indio se debe a su incansable labor; y tercero, sólo él se había atrevido a alzarse contra el asentamiento de los españoles en el Nuevo Mundo. Hernández añade que también fue reconocido como un hombre de letras, que se “otorgó a sí mismo el tratamiento de licenciado” (275), que “aspiró a la latinidad, magistralmente ejercida” (274). Su tristemente famoso tratado, Brevísima relación de la destrucción de las Indias, según Hernández es “un escrito de persuasión para legislar” y “de pedagogía política basada en el ejemplo” (280).
Ahora bien, ¿cuál es la otra corriente de la historiografía? ¿La antilascasista? No, no, adaptar una posición antilascasista significaría lo mismo que proclamarse lascasista, dicho de otro modo, tomar partido. Un historiador puede equivocarse en la interpretación, pero no puede proclamarse en pro o en contra de nadie. ¿Qué nos dicen los testimonios y los documentos del siglo XVI, la época de actividad de Las Casas? Pues, mientras Las Casas participaba en las guerras contra los indios taínos, la reina Isabel redactó las Instrucciones y el Testamento, los primeros documentos protectores de los indígenas; luego, cuando Las Casas empleaba a los indios en labranzas de maíz y en arroyos para lavar el oro, aparecieron un sinnúmero de quejas contra los abusos que llevaron a las Leyes de Burgos, las primeras leyes que garantizaban el salario y el descanso a los trabajadores sin distinción de raza. Antes de que Las Casas se arrepintiese de sus hechos, un marino Cristóbal Rodríguez, fue a pedir al Rey Fernando un alivio para “sus indios” con los cuales vivía en una isla caribeña.
Un gran latinista, Ángel Losada, estudió con detenimiento los escritos lascasianos y concluyó que su estilo es tan repetitivo que toda su extensa obra podría reducirse a la mitad de las hojas escritas. Cualquier persona con dos dedos de frente al leer sus opúsculos se da cuenta de las exageraciones y falsedades que emplea para persuadir, más bien, machacar al lector. Además, si analizamos a Las Casas en el contexto de sus relaciones con sus contemporáneos, él aparece en las cartas como un hombre que “echa la mano a la mentira y la calumnia” para atribuir a sus adversarios lo que no dicen.

Sin embargo, todos estos argumentos no le importan a Bernat Hernández que acaba destacando la riqueza doctrinal de la obra de Las Casas y la trascendencia global de sus planteamientos. Muchos, muy muchos son los que siguen alabando a Las Casas. A veces parece que no ha habido en la historia del imperio español más pensadores que el celebérrimo dominico. La meliflua retórica de los lascasistas se ha convertido en el problema más grave de la cultura española: la devora, la oculta y la echa en el olvido. Viven de lo que matan: la figura de Las Casas esconde detrás de ella una amplia cultura, un valioso pensamiento y gran labor de miles y miles de españoles e hispanoamericanos de los Siglos de Oro. Las circunstancias políticas habían divulgado la Brevísima relación y las mismas están manteniendo el gran interés por su creador.