Opinión

Un Ramadán de sangre

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 28 de junio de 2015

El atentado del viernes pasado contra la mezquita chií del Imán Sadeq, en Kuwait, ha matado a 27 personas y herido a 202. Un brevísimo vídeo publicado en Kuwait Times muestra al presunto suicida en el momento de entrar en el templo y la explosión segundos después.

En el emirato del Golfo conviven desde hace siglos la mayoría sunní y la minoría chií. A diferencia de lo que sucede en los países vecinos (Irak y Bahrein, por ejemplo) las dos comunidades han vivido en paz y solo en los últimos años se han ido distanciando como consecuencia del conflicto de Siria y el ascenso del terrorismo del Estado Islámico de Irak y el Levante. Los chiíes se sienten más próximos de sus correligionarios de Siria e Irak y sus aliados alauíes mientras que importantes sumas de dinero han salido del emirato para financiar a la organización de Abu Bakr Al Baghdadi en su campaña de terror en Irak y Siria. Kuwait es uno de los más importantes aliados de los Estados Unidos en la región. La importancia de su producción petrolífera (más del 6% de las reservas mundiales según la CIA) fue uno de los motivos de la Primera Guerra del Golfo (1991) contra el Irak de Sadam Hussein. Entre los países de la región, destaca por una mayor apertura en las costumbres. Si hay un país que pudiera considerarse “liberal” en el Golfo, tal vez podría ser Kuwait.

El EI llamó a cometer atentados en este segundo viernes de Ramadán, el mes sagrado del Islam que comienza la luna del último día del mes de Shaabán –el octavo mes del calendario islámico- y a aterrorizar a los “herejes”. En ese día, hubo –además de este atentado en Kuwait- uno en Lyon (Francia) y otro en Túnez.

El EI está haciendo una demostración de fuerza en un momento muy delicado de las hostilidades en Siria y en Irak. El ejército de Asad comienza a quedarse sin hombres. El reclutamiento de nuevas tropas se hace cada vez más difícil. Cientos de jóvenes escapan o se esconden para eludir el alistamiento mientras el flujo de yihadistas provenientes de todo el mundo nutre a los terroristas de efectivos. En Siria, la superioridad numérica está cambiando de bando. Sin duda, a Asad le quedan aliados fieles como la Federación de Rusia, la República Islámica de Irán y Hizbolá. En Irak, una desconcertante combinación de soldados iraquíes chiíes y sunníes, tropas iraníes, milicias kurdas, cristianos armados, resistentes yazidíes y efectivos aéreos de otros tantos países (entre ellos, España) tratan de detener el avance de los yihadistas. Hay victorias y hay retrocesos. La conquista de Palmira fue un éxito de los yihadistas que mostró lo lejos que están de ser derrotados. Los últimos vídeos de asesinatos –ahogamientos, explosiones- arrasan en las redes sociales. El Estado Islámico ha logrado construir una narración de “lucha de liberación” que los aliados no logran contrarrestar. Sin duda, algunas de sus atrocidades les han mermado apoyos – el joven piloto jordano Habashbeh quemado vivo, por ejemplo- pero, en general, su uso de las técnicas del videoclip y el videojuego atraen a jóvenes de todo el mundo a través de internet. Si Al Qaeda tiene una revista, el EI dispone de una productora multimedia de un éxito atroz pero innegable: Al Hayat.

Así, esta campaña de terror lanzada para el Ramadán amenaza a los enemigos del EI y puede ahondar las divisiones sectarias –por ejemplo, entre sunníes y chiíes- que ya existen en algunos países de la región. En otros casos, como el de Túnez, pueden fracturar el ya débil Estado tunecino y convertirlo en un experimento fallido como la Libia posterior a Gadaffi. Los terroristas muestran quiénes llevan la iniciativa y quiénes sufren el terror. Cada atentado lo presentan como una victoria frente a los “herejes”. En una lógica perversa, la información de los actos terroristas amplifica su mensaje y la difusión de sus vídeos en las redes sociales genera fenómenos como la aparición de fans y el reclutamiento “on line” de yihadistas. Las decapitaciones –cuya grabación generalizaron el infame Abu Musab al Zarqawi y otros terroristas en Irak y Afganistán- van acompañadas de escenas que se ensayan hasta que quedan a gusto de los productores, que acto seguido asesinan a sus víctimas. Por supuesto, también producen vídeos en los que reparten golosinas a los niños y reina el orden en las calles. La alternativa simbólica entre entregarse o ser destruido es evidente.

Para derrotar al Estado Islámico de Irak y Levante, sin duda, será necesaria la fuerza militar; pero ella sola no logrará la victoria. Es necesario construir una narrativa alternativa a la carnicería victoriosa que los yihadistas exhiben en sus vídeos. Hasta ahora, las narrativas de sus oponentes son confusas y contradictorias. El régimen de Asad, la República Islámica de Irán y Hizbolá no comparten casi nada –aparte del enemigo común- con el Reino Hachemí de Jordania o el Reino de Marruecos. Los Estados Unidos –a través del Center for Strategic Counterterrorism Communications- tratan de contrarrestar la propaganda yihadista con sus mismas técnicas: trolean cuentas de Twitter, discuten en foros yihadistas, etc.

Sin embargo, hasta ahora, los esfuerzos para contrarrestar el efecto propagandístico de los atentados terroristas no logran el éxito necesario para interrumpir el flujo de terroristas ni evitar la fascinación que las decapitaciones parecen ejercer en círculos radicales.

Mientras tanto, los atentados amenazan con fracturar las sociedades que los padecen. En el caso kuwaití, el jeque Ajil al Nashmi, la máxima autoridad sunní del país, ha condenado el atentado. Ahora bien, en otros países, los yihadistas han identificado a las autoridades religiosas con los regímenes que pretendían derrocar y los han considerado enemigos. Por desgracia, no bastan las condenas para detener a los terroristas del Estado Islámico.