Opinión

Elogio sentimental al Western

TRIBUNA

Rafael Narbona | Sábado 04 de julio de 2015
Hace unos días, me refugié en un bar con un joven amigo, huyendo de la ola de calor que ha convertido calles y plazas en espacios hostiles. Los transeúntes ya no pasean ni se detienen a descansar. Caminan con el rostro encendido, buscando la sombra de algún parque o el frío artificial del aire acondicionado. Las fuentes no invitan a beber, sino a refrescarse, colocando la cabeza debajo del grifo. Mi joven amigo lo hizo sin rubor, pero yo me limité a humedecerme las mejillas, lamentando el pudor que impone la edad. Mientras avanzábamos por un descampado, pensé en el desierto de Tabernas (Almería), escenario mítico del spaghetti-western y de algunas secuencias memorables de Lawrence de Arabia (David Lean, 1962), donde el suelo de magras y areniscas sedimentadas parece un mar de piedra o ceniza, temblando bajo un sol llameante. Pensé en Los profesionales, un western de Richard Brooks filmado en 1966, que relata la aventura de unos mercenarios (Lee Marvin, Burt Lancaster, Robert Ryan, Woody Strode) contratados para rescatar a una bellísima Claudia Cardinale, supuestamente secuestrada por un bandido mexicano llamado Jesús Raza (Jack Palance). La mayor parte de la película transcurre en el desierto, sometiendo a los personajes a toda clase de penalidades. “Debe ser toda una mujer”, comenta Dolworth (Burt Lancaster), un experto dinamitero, al saber que les aguarda una recompensa de 100.000 dólares si tienen éxito. “Será una mujer de esas que convierten a algunos niños en hombres y a algunos hombres en niños”, contesta Fardan (Lee Marvin), excombatiente de Cuba y Filipinas. Sentí deseos de reproducir el diálogo a mi joven acompañante, pero aventuré que sólo conseguiría aburrirle y opté por señalarle la proximidad de un bar, donde podríamos pedir unas cañas heladas.

Unos minutos más tarde el aire acondicionado había obrado el milagro de aplacar nuestro sofoco. En una esquina, un enorme televisor permitía disfrutar del asombroso color de La legión invencible, un clásico de John Ford, maestro indiscutible de varias generaciones de cineastas. Ambientada en Monument Valley, con sus mesas rojizas, de cimas planas y paredes verticales, y sus azules purísimos, casi irreales, la película se rodó en 1949 y pertenece a la “trilogía de la caballería”, que se completa con Fort Apache (1948) y Río Grande (1950). La legión invencible y Río Grande idealizan el pasado del ejército norteamericano, demonizando a los pueblos nativos y exaltando el heroísmo del ejército de los Estados Unidos. Fort Apache es una película más honesta, que retrata la corrupción de los agentes indios y el arribismo del coronel Owen Thursday (Henry Fonda), un oficial inspirado en el ambicioso George Armstrong Custer, pero sin sus extravagancias. Los apaches chiricahuas no son una horda de salvajes, sino guerreros que luchan con valor y astucia. Cochise es un jefe digno y su estrategia militar supera a la estúpida arrogancia de Thursday, que carga con la caballería desplegada, ofreciendo un blanco perfecto.

Al margen de cuestiones tácticas e históricas, La legión invencible es una cinta poética, que narra los últimos días de servicio del capitán Nathan Brittles (John Wayne), combinando lo trágico, lo cómico y lo romántico con verdadera maestría narrativa. Brittles acude a visitar la tumba de su esposa casi todas las tardes, regando las flores que ha plantado para honrar su memoria. Ford filma unos crepúsculos con un cromatismo deslumbrante, que crean una atmósfera de tenue melancolía. Al mismo tiempo, Brittles mantiene una entrañable amistad con el sargento Quincannon (Victor McLaglen), pendenciero, borrachín e incurablemente sentimental. Le comenté todas estas cosas a mi joven amigo, movilizando todas mis dotes de persuasión, pero no conseguí vencer su resistencia a un género que se asocia a otra época, cuando lo esencial no era aturdir al espectador con sofisticados efectos especiales, sino conmoverlo con historias sólidas y personajes creíbles, humanos. Medio en broma, mi acompañante me dijo que pertenecía a la generación de Rambo, pero que le había gustado Sin Perdón. La película de Clint Eastwood se estrenó en 1992, dos años después del éxito de Bailando con lobos, epopeya invertida de la conquista del Oeste, donde Kevin Costner restableció la verdad histórica, mostrando el genocidio cometido por los colonizadores blancos en nombre de la civilización y el progreso. El propósito desmitificador, que ya se había manifestado con enorme crudeza en Soldado Azul (Ralph Nelson, 1970) y Pequeño Gran Hombre (Arthur Penn, 1970), no ayudó a revivir el género, sino a cuestionar el western como una obscena falsificación de los hechos.

Salimos del bar, resignados a soportar el calor, que -según dicen- no cesará en los próximos días. Nos encontrábamos en Alcobendas, un municipio de Madrid con amplios jardines, pero sin cines de barrio. Hay que acercarse a un polígono comercial o a un centro de ocio para encontrar pequeñas salas agrupadas como restos arqueológicos de una cultura casi extinguida. Me pregunto si desaparecerán en un futuro no muy lejano, reemplazadas por las pantallas de televisores y ordenadores. En cierto sentido, me recuerdan a las reservas, donde confinaban a sioux, apaches, cheyennes y otras tribus, pero con palomitas, bebidas azucaradas y bonos de descuento para comprar una hamburguesa. El western parece haber corrido la misma suerte que el folletín decimonónico, pero somos muchos los que aún nos apasionamos con su lirismo contenido y su violencia épica. Si tuviera que escoger una película, tal vez sería Grupo Salvaje. Dirigida en 1969 por Sam Peckinpah, retrata la decadencia de una partida de forajidos, que se inmolan en un dramático tiroteo para salvar a un compañero capturado por los federales. Camino hacia su sangriento ocaso, la banda se detiene en un pueblo mexicano llamado Aguas Verdes. Pike Bishop (Wiliam Holden), jefe de la banda, escucha a un anciano del lugar, que en su juventud también atracó bancos y ferrocarriles: “Todos soñamos con volver a la niñez –confiesa el viejo bandido-. Aun los peores de nosotros. Quizá sobre todo los peores”. Tal vez el western representa eso para los que nacimos hace más de cincuenta años, aunque no hayamos cometido ninguna fechoría. Volver a la niñez y olvidar lo que hemos vivido después de perder la inocencia, descubriendo que en la vida real casi siempre ganan los malos.