TRIBUNA
Jorge Casesmeiro Roger | Sábado 04 de julio de 2015
Tenemos un segundo cerebro en el estómago, dice la Endocrinología. Una inteligencia digestiva compuesta por más de cien millones de neuronas que no sólo regula la actividad de los intestinos, sino que al parecer modula manu militari nuestras emociones; la ubicación de una parte del alma en el vientre no era fantasía platónica.
Sea como fuere, pensar esto excita mi ánimo apetitivo. Pero me apetece un menú diferente, ilustrado, digno del coeficiente de mis tripas. Lo encuentro en el Ateneo de Madrid. Carta de lujo a precio de saldo: Beethoven, Sibelius, Falla... Interpreta la violinista Elina Rubio, acompañada al piano por Graham Jackson. Entrada: 11€. Viva la primera edición del Must Talent Festival –celebro callado–, que organiza la Fundación Intereconomía en este templo civil de la cultura que es el Ateneo. Entro. El modernismo del edificio, restaurado y salvado de la decadencia, me habla de su fervorada historia. Y acomodado ya en el Salón de Actos me masajeo el alma por el vientre, cuyas neuronas degustan de entrante los frescos neoclásicos de Arturo Mélida. Pensar que por aquí anduvieron Valle, Marañón, Unamuno, Mesonero, la Pardo Bazán...
Los aplausos me sacan del ensueño. De primer plato, poca broma, sirven Sonata para violín y piano nº1 de Beethoven. ¿Qué puedo decir? No soy crítico. Escucho, advertiría Copland, desde el plano sensual y desde el expresivo, sin penetrar en las delicatessen del metalenguaje musical. Digo por lo tanto la verdad, que me lo como entero y rebañando. Y que si no repito es por no perderme el surtido de los segundos: una chacona de Bartok, una humorada de Sibelius, el delicioso Romance op. 28 de Gabriel Fauré y La última rosa del verano de Ernst; endiablada flor cortada para lucimiento de la virtuosa, y que juraría borda.
Pero lo que me deslumbra, lo que me desarma completamente, es el postre: la danza de La vida breve de Manuel de Falla. ¡Qué arrebato! ¡Qué elegancia! ¡Pequeña grandeza española regalada al mundo!, me digo mientras escucho el duende sobrio de Elina Rubio interpretando la composición de nuestro gaditano inmortal. Muerto en 1946, leo luego, en la argentina Alta Gracia. ¡Ay, vida breve, vida intensa! Carne que nos tientas con tus frescos racimos... Tumba que nos aguardas con tus fúnebres ramos..., glosaría Rubén Darío recordando sus versos de Lo fatal; porque cuando Darío chocó de bruces con la fatalidad, le dio un sonoro portazo a la golosina del modernismo. Mi alma concupiscente se siente hoy, sin embargo, perfectamente acoplada a las dulzuras y untuosidades del estilo modernista en esta emblemática y áurea sala del Ateneo, entre los retratos de sus presidentes y las esferas de las doce artes representadas en el techo: música esférica, Platón, ascenso al Ser...
De nuevo, los aplausos, me hacen aterrizar. La solista y el acompañante se despiden. Veo en la primera fila, discreto y feliz, al maestro Ramón Torrelledó, alma pater de este festival junto a la ateneísta y maestra de ceremonias Ana Maestro. Me acerco, les felicito y salgo satisfecho de la pitanza. Prometieron menú de excelencia y han cumplido con creces. Este domingo aseguran más. Y el 19 de julio, el propio Torrelledó, a la dirección y el clavicémbalo, suspiros, lamentos y otros bocados de Monteverdi. Sólo una cosa me fastidia mientras me alejo del Ateneo hacia la una y media: el rugido de mis tripas. Confirmado. No es metáfora que hay vida inteligente en el estómago. El mío, desde luego, es más listo de lo que pensaba. No he podido engañarlo con este ágape estético. Quiere plato y de puchero. A ver si le hago el lío con un pincho de tortilla. Suerte que en el Barrio de las Letras todavía hay donde hacer parada y fonda por menos de lo que cuesta un concierto de lujo en el Ateneo.