Cansino y predecible es el Papa Francisco. Sosos y repetitivos son sus discursos. Todo es políticamente correcto. Todo es de cartón piedra. Sus proclamaciones de carácter comunista dan asco a cualquier persona que haya vivido el comunismo y sabe sus consecuencias. Su gira americana en busca de la indulgencia por todos los pecados de la Iglesia, se ha convertido en una farsa vergonzosa para establecer una alianza con los tiranuelos más detestables del continente. El Cristo con la hoz y el martillo, los abrazos con los líderes abucheados por sus propios ciudadanos, los discursos largos dirigidos a los “poetas sociales”, entre todos estos anacronismos, no podía faltar el perdón, el perdón por los crímenes contra los pueblos originarios, naturalmente, según insinuó su Santidad en la homilía del Parque del Bicentenario de la Independencia, de España.
Además de crímenes, como dice Francisco, también debería reconocer que algo bueno han hecho los españoles durante los siglos del imperio español. Precisamente, gracias a la labor cotidiana de los misioneros y de los primeros pobladores españoles de América, el Papa hoy puede dirigirse a las multitudes de pueblos de procedencia mestiza e indígena. Gracias a miles de mártires, frailes y seculares, asesinados y, a veces, comidos por los antepasados de los pueblos originarios, el Papa puede pedir perdón por los crímenes de la conquista. Gracias a su labor educativa hoy estos pueblos siguen hablando su lengua indígena, aparte de que se comunican con el mundo con la lengua franca que es el español. En fin, gracias a miles y miles de “criminales” por los que el Papa pide perdón, él puede hoy dar estas giras americanas porque es allí, al otro lado del Atlántico, donde la fe católica está más viva que en el Viejo Mundo.
El Papa tiene que recordar la historia del siglo XIX de su propia patria, Argentina, cuando allí el estado independiente chocó con los pueblos aborígenes “salvajes”. Unos, como Paraguay, vendieron tierras y así lograron desplazar a los indígenas del territorio. Otros hicieron de ellos la mano de obra barata para las grandes compañías. Pero hubo casos, cuando esas medidas no fueron eficaces, como el de Argentina, donde la mitad del territorio, Patagonia y Chalco, no fueron controlados por el gobierno central. El estado nacional en construcción, Argentina, no podía permitir dejar abandonado un territorio tan vasto: “Era necesario conquistar real y eficazmente esas 15.000 leguas, limpiarlas de indios de un modo tan radical, tan incuestionable, que la más asustadiza de las asustadizas cosas del mundo, el capital destinado a vivificar las empresas de ganadería y agricultura, tuvieraél mismo que tributar homenaje a la evidencia, que no experimentase recelo en lanzarse sobre las huellas del ejército expedicionario y sellar la toma de posesión por el hombre civilizado de tan dilatadas comarcas” (Informe oficial de la Comisión Científica agregada al Estado Mayor General de la Expedición al Río Negro). Aquí está el razonamiento que llevó a las campañas como la Conquista del Desierto del general Roca en 1879, cuyo resultado fue la despoblación de la región de los indígenas: “que la superioridad intelectual, la actividad y la ilustración, que ensanchan los horizontes del porvenir y hacen brotar nuevas fuentes de producción para la humanidad, son los mejores títulos para el dominio de las tierras nuevas. Precisamente al amparo de estos principios, se han quitado éstas a la raza estéril que las ocupaba.”
El parque del Bicentenario de Quito hubiera sido ideal para pedir perdón a los “pueblos originarios”, si se hubiera dicho lo obvio: fueron los criollos, los de arriba, los que no querían ser españoles... Los argentinos, ya no los españoles, fueron los que arrasaron con los indios. ¿Cuándo pedirá el Papa perdón por esas campañas militares?, ¿o acaso lo que se hace para el bien de la nación no es un crimen?, ¿por qué no recordar la historia más reciente y dejar de reiterar por enésima vez sobre los males de la conquista española? Es fácil tachar de criminales a personas que incluyeron tantos pueblos indígenas en el mundo Occidental, salvaron parte de sus costumbres y describieron hasta sus supersticiones antes de sustituirlas para dar paso a la nueva religión, el cristianismo. Los católicos españoles elevaron a esos pueblos a la civilización, sí, los españoles consiguieron que pasaran de la edad prehistórica en que vivían sin conocer la rueda ni el hierro a formar parte del proceso cultural igual que los europeos y no dejándolos a la buena de Dios, para que sirviesen a los antropólogos para investigar sus costumbres, observándolos como a los animales en el zoo.
Pero nunca va a pedir perdón el Papa ni por la Conquista del Desierto ni por la Pacificación de la Araucania. Su barato populismo no se lo va a permitir, porque tendría que engrandecer la labor de los españoles, de los hombres del XVI y XVII, y mostrar con contundencia la indignación que producen los crímenes de los Castros y otras dictaduras comunistas de hoy. ¿Proseguirá el Papa culpando a los lejanos antepasados de los problemas creadas anteayer?