TRIBUNA
Nacho López | Sábado 11 de julio de 2015
“Los muchos deseos del hombre son como las pequeñas monedas de metal que lleva en su bolsillo. Cuantas más tiene, más le abruma su peso”. Sathya Sai Baba
Existen dos formas muy distintas de afrontar la vida, una consiste en acumular cada vez más cosas y la otra en desprenderse de cada vez más cosas. La primera se podría confundir con el progreso y la segunda, con el regreso. Una podría ser como andar hacia delante y la otra, como andar hacia atrás. La primera parece más sencilla y la segunda, más compleja. Una es pesada y la otra es ligera, una es la norma y la otra, la excepción. Una exalta la individualidad y la otra nos acerca al todo. Una separa y la otra une. La primera sería como un ‘quiero y no puedo’ y la segunda, más bien un ‘puedo y no quiero’. La primera está comúnmente aceptada, la segunda es un camino solitario. Para pasar de la primera a la segunda antes hay que aprender a renunciar.
El siglo XX fue el siglo del progreso y de la igualdad, pero el siglo XXI es, sin duda alguna, el siglo de la acumulación compulsiva y del yo exhibicionista, en vez de twentyfirst century deberíamos llamarlo twenty-self century. Decía el sabio que la vida consistía en resolver un problema detrás de otro y que cuanto más compleja fuera la vida, más complejos serían los problemas. Elegir libremente el camino más ligero o la vida con problemas más sencillos, según se mire, tiene un alto precio: el sincericidio o la renuncia del yo (o al menos a una gran parte).
Un sincericida sería una persona que deteriora su yo por su propio beneficio. Sería aquel ser que tras hacer un ejercicio de introspección y de franqueza profunda, decide erosionar su yo de motu proprio. Ni acumula cosas ni posee más allá de lo necesario en pos de la sencillez vital. Sería una persona que vive en equilibrio y que da más importancia a lo sostenible que a lo tangible; una persona que se ha sincerado consigo mismo y ha llegado a la conclusión de que la mejor versión de sí mismo es aquella que hace ligera su camino. El sincericida se diluye en el todo y no es notable por nada más que por aquello que casi nadie aprecia: la sencillez y simplicidad de una vida que también viene con sus problemas, pero sin duda más sencillos que los del resto. Apenas podemos reconocerlos a simple vista y si lo hacemos, no se convierten en nuestros héroes de forma inmediata, ya que personas de tal ligereza son únicas y escasas y suelen pasar desapercibidas, apenas se hacen notar, evidentemente, hasta que las conoces. La primera vez que conocí a uno tuve la sensación de que era un saboteador nato. Creí que su forma de funcionar era autodestructiva y de naturaleza perezosa, pero sin duda estaba equivocado; era un sincericida, un faro entre las turbulentas olas del océano de la acumulación y el narcisismo, un maestro.
En esta sociedad de hipérboles y obsesión exhibicionista, la competición del yo se ha engrandecido. Los humanos ya no sólo competimos por ganar más dinero o parecer más felices, como antaño, sino que ahora competimos por absolutamente todo. La pugna se inicia bien temprano y el paradigma ‘unidireccional’ se instala rápidamente en nuestro sistema operativo, no hay marcha atrás. Para estar a la altura de nuestra sociedad de consumo tiene que existir una acumulación previa, un adiestramiento. No podríamos consumir con tanta avidez si no hubiéramos entrenado antes, no podríamos gastarnos sin haber conseguido la moneda de consumo. El progreso, la acumulación y la excitación constante se pagan con el sudor de nuestra frente y con nuestro tiempo o, en términos biológicos, con la aceleración de nuestro pulso y con el aluvión de sinapsis neuronales que nunca descansan, es imposible satisfacer tanta endorfina, serotonina y dopamina juntas. Más es mejor nos dicen, ¡más de todo!, y para demostrarlo hay que exhibirlo, cada día, a cada momento.
No tenemos forma de escapar de nosotros mismos, lo llevamos integrado, grabado con fuego. Si quisiéramos salir y escaparnos de la trampa, el sistema aprendido se activaría y el piloto automático funcionaría al servicio del resto, de la sociedad que nos ha instruido y a pesar del individuo. Somos la mejor versión de nuestro propio enemigo y convivimos con él. Es la sociedad de la acción y de los estímulos, la sociedad de la satisfacción inmediata y del yo narciso la que nos atrapa y nos esclaviza. La falta de contemplación es evidente, el aburrimiento, el enemigo y el anonimato, el castigo. Nadie quiere quedarse atrás y dejar de auto estimularse pero, ¿a qué precio?
No se me ocurre mejor forma para aligerar peso que llegar a ser menos yo, cambiar el foco y convertirme en un sincericida. Menos yo implica un ritmo diferente y unos tiempos distintos; una parálisis de la neurosis que nos desenchufe de la acción, de la acumulación y de la inmediata gratificación. Si tuviéramos que elegir entre lo pesado y lo ligero, ¿qué elegiría nuestro cuerpo? y sin embargo, ¿qué elige nuestra mente? Si dudan, como yo, resulta evidente la forma de vida que llevan.
Aunque la renuncia y la abstinencia parecen irracionales no por ello son menos naturales.