Opinión

Maestros encuadernadores

TRIBUNA

Rafael Narbona | Sábado 11 de julio de 2015

Quisiera equivocarme, pero creo que el arte de encuadernar se ha convertido en una rareza semejante al oficio de lañar piezas de cerámica o de loza fina. Las lañas son una especie de grapas de hierro o cobre que servían para unir los fragmentos de lebrillos, platos, vasijas, palanganas o cualquier otro cacharro similar. El lañador era un artesano ambulante que recorría los pueblos ofreciendo sus servicios. Hasta finales de los años sesenta del pasado siglo, llamaban a las puertas, con su caja de herramientas colgadas al hombro. También arreglaban paraguas, enderezando o reemplazando varillas. En esas fechas, los paraguas se fabricaban a mano. La aparición del plástico y el montaje en cadena acabó con los lañadores. Yo conservo una bacía de cerámica lañada con cinco grapas oxidadas. Perteneció a mi bisabuelo, Domingo Picornel, médico rural de Puente del Arzobispo hasta 1920, cuando se jubiló por problemas de salud. Está policromada con adornos azules y, en el fondo, hay un pájaro pintado con aspecto de codorniz, pero su cuello inusualmente largo y su gesto fiero recuerda a un animal mitológico de las culturas mediterráneas de la Antigüedad. Cuando me afeito con una moderna maquinilla, pienso en la bacía y no puedo evitar la tristeza. Las modernas maquinillas han convertido un viejo rito en algo banal y sin una pizca de poesía. Conviene recordar que la imaginación de Don Quijote se incendiaba bajo una bacía, transformada en yelmo de caballero. Luchar contra los molinos de Consuegra y Campo de Criptana no es una locura, sino un arrebato lírico que ha conmovido a varias generaciones de lectores.

Pienso que los maestros encuadernadores no desaparecerán, pero ya son una rareza. No son simples artesanos. Al igual que los lañadores, curan y reparan, pero su trabajo no es tan sólo una cuestión de oficio y habilidad. En sus manos, un libro se transforma en una obra de arte. Cada encuadernación es única e irrepetible. Hace algo más de veinte años, acudí a la librería El Renacimiento, situada en la Calle de las Huertas de Madrid. Es un hermoso establecimiento especializado en libro antiguo. Quería encuadernar las primeras ediciones que había heredado de mi padre, muchas veces dedicadas. Consideraba un privilegio tener obras de Baroja, Aleixandre, Arniches, Torrente Ballester, Buero Vallejo, Camilo José Cela, Wenceslao Fernández Flórez o Gregorio Marañón, con largas y entrañables dedicatorias, manifestando aprecio hacia mi padre, un escritor y periodista hoy olvidado, pero con una calle en Córdoba y otra en un pueblo de Orihuela que aún evocan su vocación y su obra. Los libreros me recomendaron al maestro Alberto Cañizares, por entonces un encuadernador relativamente joven que colaboraba con ellos. Me enseñaron varias muestras de su trabajo y, de inmediato, advertí ese amor al libro que caracteriza al buen encuadernador. Ningún libro parecía acabado por descuido. Primero examiné una encuadernación en piel. El tejuelo con el título cuidadosamente grabado, las costillas ligeramente trabajadas para romper la impresión de monotonía, las casillas con adornos dorados, las guardas pintadas a mano, la piel de becerro con gofrados. Después, eché un vistazo a una encuadernación en piel y papel decorado con puntas o cantonera. Se apreciaba el mismo cuidado: la cabezada anclada a la costura, la cofia rebajada y acomodada a la cabezada, un corte de gracia en las esquinas próximas al lomo para evitar el deterioro por la sucesiva apertura de la encuadernación y, en todos los casos, una guía de cortesía y el canto con sus barbas originales, cuando la guillotina no había igualado las páginas.

Sin dudarlo, dejé tres o cuatro libros y, a los quince días, pasé a recogerlos. En mi primer encargo, había incluido dos ejemplares de la revista Helios, fundada por Juan Ramón Jiménez y con una efímera existencia compuesta por once números. El trabajo me pareció espléndido y quise conocer al encuadernador. Por entonces, tenía su taller en Parla. Esperaba encontrarme a una especie de Geppetto, con unas gafas de vista cansada en la punta de la nariz, pero me topé con un hombre joven que se reía a carcajadas con cualquier pretexto y con una extroversión arrolladora. Congeniamos en el acto. Los dos hablamos por los codos y no tardamos en descubrir que nos apasionaba el cine, con un grado de fanatismo preocupante. Ambos coleccionábamos películas, fundamentalmente de cine clásico. Yo consideraba que había reunido una buena colección de VHS –que ahora dormita en un desván-, pero cuando me comunicó que su filmoteca superaba los 2.000 títulos, me mordí los labios con mal disimulada envidia. Alberto Cañizares es un erudito en cine mudo y conoce milimétricamente la obra de Chaplin. Coincidimos plenamente en que ningún cineasta ha superado su mezcla de ingenio, humor, inconformismo, inteligencia y ternura. En más de dos décadas, Alberto me ha encuadernado centenares de libros. Siento especial aprecio por su trabajo con las memorias de Baroja y con la obra completa de Gabriel Miró, el mejor prosista –con Valle-Inclán- de la Edad de Plata de la literatura española. En este tiempo, la simpatía se ha convertido en amistad y complicidad. Sabemos que pertenecemos a otra época. El siglo XXI no quiere saber nada de profesores de filosofía o encuadernadores, pero nosotros nos obstinamos en continuar con nuestra forma de vida. Miramos el pasado con nostalgia, preguntándonos qué nos espera. Yo escribo artículos y libros, con mayor o peor fortuna. Alberto ya es por indiscutibles méritos el maestro Cañizares y, con su pelo canoso, se parece cada vez más a Geppetto. En realidad, siempre ha sido como el personaje de Collodi, pues con sus manos crea vida. Cada libro encuadernado revive, con la alegría de un niño que vuelve a jugar, tras una larga enfermedad. Un mundo sin maestros encuadernadores se parecería a la pesadilla de Fahrenheit 451. No quisiera conocerlo. Yo espero que el porvenir nos reserve al menos una esquina, donde Alberto y yo podamos deslizar la yema de los dedos por la tapa de un libro recién encuadernado, mientras celebramos una vez más el talento de Chaplin, comiéndose una bota con cuchillo y un tenedor.