Del 18 de julio al 30 de agosto. Por Alicia Huerta
Nadie quiere perderse Salzburgo. La organización del
longevo Festival ha logrado en su no siempre tranquila trayectoria que los aficionados conviertan la cita en lugar de encuentro al que no puede faltar un verdadero amante de la
música clásica y, por otra parte, que quienes viven de la profesión deseen ya desde el inicio de sus carreras fijar una fecha en sus agendas estivales con el nombre de la recoleta ciudad austriaca. En un currículo que se precie no puede faltar Salzburgo. Pero no una vez, a Salzburgo se regresa siempre, en cuanto te llaman, aunque ya se esté en el estrellato, con las metas conseguidas.
Verano tras verano, desde 1920.
En realidad, la idea de fundar el Festival de Salzburgo surgió dos años antes, a finales de la Primera Guerra Mundial, cuando en 1918 el director
Max Reinhardt, quien había iniciado su carrera como actor en el Landestheater de Salzburgo, envió una petición con este propósito a Viena. Nació finalmente el 22 de agosto de 1920 con la escenificación de la obra
Jedermann de
Hugo von Hofmannsthal bajo la dirección de Max Reinhardt en la Plaza de la Catedral. En la segunda edición del Festival en 1921, el programa incluyó por primera vez conciertos de orquesta y en 1922 se amplió el apartado dedicado a la ópera. El acondicionamiento de escenarios adicionales en la Escuela de Equitación y en la recién construida Casa del Festival permitió
ampliar la oferta de espectáculos. Muy pronto la ciudad de Salzburgo se convirtió en punto de encuentro de los mejores directores de escena, directores musicales, actores e intérpretes de aquella época.
Situada la ciudad en el mismísimo centro de Europa, el Festival se vio por supuesto inmerso en la contienda que arrasaría, por segunda vez, el viejo continente. Así,
con la anexión de Austria a Alemania cambió su perfil y a muchos de los artistas que en los años anteriores habían marcado el Festival se les prohibió participar. Se prohibió, por ejemplo, la escenificación de la obra del fundador del Festival Hugo von Hofmannsthal y el público internacional dejó de acudir al evento. Tras el inicio de la guerra, el programa de conciertos se redujo notablemente y no fue hasta el verano de 1945 cuando el Festival se volvió a organizar siguiendo su concepción original. En 1946 finalmente se inició el verdadero proceso de normalización y continuidad gracias a que los miembros de la Ópera Estatal de Viena y la Orquesta Filarmónica de Viena volvieron a estar disponibles. Y en 1948 empezó a sonar el nombre de un director, todavía hoy estrechamente ligado al Festival de Salzburgo:
Herbert von Karajan.
El 26 de julio de 1960, Karajan inauguró la recién construida Gran Casa del Festival y con ello comenzó una nueva época para este evento. El formidable nuevo auditorio tenía una capacidad de más de
2.200 espectadores. La idea principal no era la escenificación de la totalidad de la obra de Mozart, sino la representación de sus óperas más conocidas del siglo XIX. Karajan consiguió
internacionalizar el Festival. Actualmente, el programa incluye ópera, interpretación y conciertos, un amplio abanico que ofrece piezas de Mozart, el genio local, hasta autores más modernos, desde la interpretación clásica al experimento vanguardista, porque la música más novedosa también tiene cabida desde hace tiempo en el festival. Para este verano, la presidenta
Helga Rabl-Stadler y el director artístico
Sven-Eric Bechtolf, han presentado una programación con
188 representaciones en 44 días y en 12 escenarios diferentes.
El plato fuerte, sin duda, sigue siendo la ópera y el programa que está a punto de estrenarse incluye
Le Nozze di Figaro– no puede faltar Mozart en la ciudad que le vio nacer -;
Die Eroberung von Mexico de Wolfgang Rihm;
Fidelio de Beethoven;
Norma de Bellini, con la esperada presencia de la mediática Cecilia Bartoli;
Il Trovatore de Giuseppe Verdi, con la igualmente esperada intervención de la “estrella” Anna Netrebko acompañada por Plácido Domingo y Francesco Meli;
Iphigenie en Tauride, de Gluck, de nuevo con Bartoli, esta vez junto a Rolando Villazon;
El caballero de la rosa – un Strauss tampoco puede faltar -;
Werther de Jules Massenet, con Alejo Pérez al frente de la Mozarteum Orchestra Salzburg;
Dido and Eneas de Purcell y
Ernani de Verdi, con Riccardo Mutti dirigiendo a la Orchestra Giovanile Luigi Cherubini.