Eugenio Bregolat | Jueves 29 de mayo de 2008
El Primer Ministro chino, Wen Jiabao, ha encabezado el eficaz tsunami de solidaridad con que su pueblo ha respondido al devastador terremoto de Sichuan. Ha pisado el terreno megáfono en mano, ha llorado con sus conciudadanos, ha animado a un niño aprisionado bajo los escombros: “Soy el abuelo Wen y te vamos a rescatar”. Todo ello dibuja una nueva forma de liderazgo y la emergencia de una nueva cultura política en China.
El precursor de este nuevo tipo de dirigente, que da la cara, se preocupa de verdad por sus conciudadanos y, como consecuencia, goza del afecto popular, fue el antecesor de Wen en el cargo, Zhu Rongji, el principal responsable del ingreso de China en la Organización Mundial de Comercio y, con ello, de la irreversibilidad de la reforma económica. En marzo de 2001 hizo lo nunca visto: reconoció que la muerte de 38 niños en una escuela en Fanglin (Jiangxi) se debió a que la escuela había sido convertida en una fábrica de material pirotécnico, en beneficio a su dirección, y no a una bomba arrojada por un suicida, como en un primer momento el propio Zhu, mal informado, había anunciado. Los blogs y los chat rooms de Internet desbarataron la maniobra de ocultación intentada por la dirección de la escuela. La actitud del Primer Ministro produjo sorpresa y concitó el aplauso general. Algo fundamental estaba cambiando. Zhu Rongji promocionó a Wen Jiabao al cargo de Viceprimer Ministro y consiguió convertirlo en su sucesor.
El megáfono y las lágrimas nos retrotraen a una famosa escena, la madrugada del 19 de mayo de 1989. El entonces Secretario General del PCCh, Zhao Zinyang, accedió a la Plaza de Tiananmen y, hablando por el megáfono, pidió a los estudiantes que despejaran la Plaza. “Se que he venido demasiado tarde”, dijo entre lágrimas. Al ignorar su súplica los estudiantes destruyeron políticamente al dirigente más progresista de la China de entonces, partidario de una medida de apertura del sistema político. Que un estrecho colaborador del Secretario General caído en desgracia sea hoy Primer Ministro, es una muestra más de la evolución política de China.
La prioridad de Hu Jintado y Wen Jiabao es la creación de una “sociedad armoniosa”, moderando las diferencias de renta y protegiendo a los menos favorecidos. Del énfasis en el desarrollo económico se ha pasado al énfasis en la justicia social, la distribución y la armonía social. El terremoto es una piedra de toque para esta política. La rápida movilización de amplios medios humanos y materiales, facilitada por los resortes del estado autoritario, ha merecido elogios generales.
Una vez más, parte de la prensa occidental ha hecho procesos de intención a los dirigentes chinos: propaganda, desviar la atención del Tíbet, seguir atizando el nacionalismo. Sólo ha faltado que alguien insinuara que el terremoto lo había causado el poder. En realidad, la reacción de los dirigentes chinos responde a más pura tradición confuciana, que China viene recuperando en las últimas décadas. El poder debe garantizar la seguridad y el bienestar de sus súbditos, incluida la asistencia eficaz en casos como éste. Confucio predicaba la “benevolencia”como virtud básica del gobernante y del ser humano en general. Buda, otra de las fuentes del pensamiento chino, hablaba de “compasión”. El sinónimo correspondiente en la cultura cristiana es la “caridad”. En el fondo, todas las religiones y doctrinas sociales convergen en un deber básico de humanidad y solidaridad, por encima de egoísmos individuales.
La emergencia de una sociedad civil y de una opinión pública, al calor de los enormes cambios económicos de las últimas décadas, va conformando un país nuevo. En 1999 Zhu Rongji propuso, ante el pleno anual del Parlamento chino, “hacer valer plenamente el valor supervisor de la opinión pública”. En 2003 Wen Jiabao reiteró: “el ejecutivo debe someterse al control de los medios de comunicación”. La reciente ocultación de la epidemia de SARS había facilitado su propagación. El trato dado a la prensa ahora demuestra que se aprendió la lección.
Conclusión: es imposible multiplicar el PIB por 10 en 30 años, una verdadera revolución, sin que la sociedad, la mentalidad y, antes o después, el sistema político registren cambios substanciales. China es hoy un país mucho más rico, educado, informado, abierto y plural que en 1978. La relación de los ciudadanos y el poder está cambiando. China no tiene un sistema democrático, obvio, pero existe ya una opinión pública que el poder no puede ignorar. El terremoto ha desvelado algunos de los grandes cambios que se están operando, paso a paso, en el sistema político chino.
TEMAS RELACIONADOS: