El acuerdo nuclear esconde varias claves. Por Borja M. Herraiz
Hace no tantos años,
Irán era visto por Occidente como el adalid del famoso
'Eje del mal', que conformaba junto al Iraq de Sadam Hussein y la Corea del Norte de Kim Jong-Il.
Sin embargo, esa imagen ha dado paso ahora a un aliado de Estados Unidos y la Unión Europea (aunque ni se diga ni se publicite en exceso por ninguna de las partes de forma interesada) capaz de estabilizar una de las zonas más candentes del planea: Oriente Próximo.
El
histórico acuerdo nuclear alcanzado este martes en Viena por parte de Irán y de las potencias nucleares del
Grupo 5+1 (EEUU, Francia, Reino Unido, Rusia y China) supone un hito no sólo en la geopolítica mundial, sino un avance considerable hacia la normalización de las relaciones diplomáticas entre ambos bandos, con intereses comunes que van desde la economía a la seguridad y la defensa.
La llegada de
Hasan Rohani a la Presidencia iraní en agosto de 2012, con un discurso más moderado que el de su predecesor,
Mahmoud Ahmadineyad, ha permitido que Irán sea visto con otros ojos por la comunidad internacional.
Con la eliminación de las sanciones que pesaban sobre el país de los ayatolás, Irán, un país con más de 78 millones de habitantes, con un gran porcentaje de población joven, se convierte en
un enorme mercado por explotar y con numerosas y jugosas oportunidades para gobiernos y empresas.
La desaparición del veto para invertir, exportar e importar supone un trampolín de incalculable valor para Irán, que ve cómo por fin puede postularse como uno de los grandes polos económicos de la región y cuenta los segundos para que su economía despegue tras
décadas de estancamiento.
La línea liberal de Rohaní ha logrado en los últimos tiempos que el mercado interno se mueva en la medida de lo posible. Ha conseguido reducir la inflación de un 40 a un 15 por ciento y ha elevado el PIB tras años de recesión. Ahora, con la apertura de su mercado, las perspectivas son del todo optimistas.
Por otro, el acuerdo nuclear dota de un considerable reconocimiento a un estado de
confesión chií en contrapartida a la tradicional alianza de Occidente con Arabia Saudí, monarquía de corte wahabí, una rama más integrista del sunismo tradicional.
Dicho de otro modo, el eje suní que ahora se dibuja desde Irán hasta Siria, pasando por Iraq y Líbano, redibuja el equilibrio de poder en Oriente Próximo, algo que ni saudíes ni israelíes, socios históricos de Washington en la región, ven con buenos ojos.
El régimen wahabí, porque recela del peso económico y político que pueda ostentar Irán en la próxima década, sobre todo después de la
'liberación' de su crudo (es el quinto país con más reservas del mundo).
El estado judío, porque las
dudas y el miedo sobre el verdadero uso del programa nuclear iraní siguen muy arraigadas entre la sociedad hebrea. Por lo pronto,
Benjamin Netanyahu ya calificado el acuerdo de "error de proporciones históricas" y no son pocos en el país que consideran que la lluvia de millones de dólares que caerá sobre Irán servirá para financiar el terrorismo internacional.
Pero no sólo el nuevo pacto nuclear tiene consecuencias económicas. El hecho de que Occidente abra la mano con el régimen iraní tiene una contraprestación evidente e inmediata: una mayor involucración, directa o indirecta, de Irán en la lucha contra
Estado Islámico.
Hasta la fecha, los ayatolás se han limitado a salvaguardar de manera muy efectiva la frontera que comparten con Iraq y, salvo aisladas escaramuzas, sus tropas no han entablado combate abierto con los yihadistas.
Los aliados occidentales no quieren verse involucrados en otro frente bélico en la región, por lo que necesitan de un actor de peso que guíe (Irán cuenta con uno de los mejores ejércitos del mundo) y centralice la oposición a los radicales.
A día de hoy, Arabia Saudí abandera esa coalición anti Estado Islámico, pero
de ese país proviene gran parte de la financiación de las tropas de Al Bagdadi. Por ello, tanto Washington como Bruselas urgen a Teherán para que tome cartas en el asunto.