Opinión

Llévame a la disco silenciosa

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Miércoles 15 de julio de 2015
España es tragicómica por la mañana y surrealista por la noche. Veníamos de la democracia orgánica y vamos a la democracia convencional más falsa que los salones de los grandes almacenes. El globo de las revoluciones políticas se ha pinchado porque las izquierdas levantiscas que tantos gritos dan por la mañana en el Hemiciclo y que nunca fueron castelarinas y azañistas -algunos así las entendemos- ya se nos han hecho casta y andan engolfados, tocados del mismo achaque de la sinecura y el nepotismo que los clásicos del derbi del viejo y corrupto bipartidismo.

Ni ruptura, ni reforma, sino todo lo contrario: que si enchufo a un marido en Barcelona como jefe de relaciones políticas e institucionales, que si coloco a un sobrino político como jefe de gabinete sin que se note en Madrid... Y decir que las dos alcaldesas nos han decepcionado y que han vuelto a soltarnos el toro de la reyerta le trae a uno mala prensa en la izquierda exaltada y broncona -como si unas izquierdas no pudiésemos opinar de las otras izquierdas-, pero mejor mala que ninguna, porque algunos creímos ver una restauración de la política española y ya nos hemos vuelto a caer del (Luis de) Guindos. Hay que ser crítico con los gobernantes; si no, te conviertes en un merengue y te devora sin pestañear una señora de la calle Serrano.

Qué placer hablar el otro día con Albert Boadella, en plan cervantino, en los Teatros del Canal, después de asistir con Eugenio Fontaneda y Antonino Nieto a la presentación de una versión de El coloquio de los perros -que ha editado Basilio Rodríguez Cañada- y un divertido pasatiempo de los huesos de Cervantes: "En Els Joglars somos tan abiertos que algunos actores nos han salido independentistas". A nosotros se nos acababa de morir Gregorio Morales y bebimos ribera del Duero por el alma de Gregorio y por las nuestras hasta bien entrada la noche. Antonino anda enamorado -bueno, como siempre- y se recogió pronto, así que Eugenio y servidor le dimos un riego más a la oratoria y al homenaje. Para recordar a los amigos hay que ser un poco rapsoda y nocherniego; si no, no vale. Así le hubiese gustado a Gregorio que lo recordásemos, al que también le costaba volverse a casa cuando se juntaba con nosotros. Da gusto que no se separen de uno. A Boadella le dije que me parecía maravilloso que cada mañana, desde hace cuarenta años, desayunase con su mujer, Dolors Caminall, comentando la actualidad política y cultural. Cada día se quieren más. De mayor quiero ser como Boadella. Por lo de su maravillosa mujer, digo, que hace unas mermeladas en su masía del Ampurdán que están para chuparse los dedos.

A Gregorio no le gustaban demasiado las discotecas, esos colmados de droguería sentimental a todo volumen que gustan o disgustan, porque a él lo que le gustaba era hablar. Algunos, como él, anteponemos siempre la compañía y después vamos, si acaso, a la disco; otros primero van a la disco y salen después con compañía. El metesaca caderil se impone y entre empujón y empujón nos abrimos paso esforzándonos en despegar la suela de los zapatos, alcanzando a duras penas la barra -donde nos desatiende un camarero que nos presenta la espalda-, una mesa pringosa donde no podemos poner el vaso o un sofá lleno de prendas y bolsos, que parece que se instala allí el mobiliario para los cueros y complementos y no para los que nos va venciendo la madrugada. La discoteca es esa recurrencia inevitable al comienzo del verano y al final de la velada, un milagro que supera y hermana a izquierdas y derechas. El otro día vimos moviendo el esqueleto a un joven secretario de estado de sesgo centrofraguista y a un tránsfuga que ha cambiado la chaqueta del PSOE por la de Ciudadanos y que sale en las tertulias; nos pareció feo, pero recapacitamos porque el personal político también tiene derecho a ver correr las fuentes de la nocturnidad. Aunque sean de esos autorrecomendados. Aunque sean de la derechona montoril y guindona que nos ha esquilmado el bolsillo a las clases medias y que presumen de que España es ese país tan bien gobernado, con cerca de seis millones de parados, según la Encuesta de Población Activa (EPA), con la mitad de los jóvenes que se quedan buscando empleo.

Ahora se lleva la disco silenciosa, que es oxímoron tecnificado, búnker sacrosanto de este 2015 que habla y vive de oído. Fue en un festival al aire libre, que nos gustó por lo de libre, porque aire sí que faltó. Uno se pone unos cascos inalámbricos que le dan a la entrada de la silent disco y los dj pinchan en un par de canales que todos sintonizan mientras bailan. Una majadería y, a la vez, toda una experiencia, vamos. Como al final en una discoteca convencional no se puede hablar ni hacerse entender uno ni siquiera a voz en grito, mejor todos con el propio transistor enganchado a la oreja en esta suerte de onanismo del disfrute discotequeril en solitario. Nos salimos por parecernos que nos estaban grabando con una cámara oculta, como las de Manuel Summers, que metía un león en los baños públicos y grababa a los urbanitas escapando al primer rugido con sus cosas colgando. Era una risa aquello. Preferimos el cante jondo del Corral de la Morería o del Café de Chinitas, que tocan y bailan por Lorca y te hacen llorar de poesía rota en la noche madrileña. Sin cascos... y con mucho jamón y queso.

La elementalidad intelectual de nuestros gobernantes y candidatos, fuera de Ángel Gabilondo, requiere de un apoyo ostentoso de la expresión corporal y de unos buenos auriculares que los aíslen de las voces de los ciudadanos. O sea, que nos los imaginamos a todos haciendo gestos, la lengua enlaberintada y escuchando su canal sintonizado con su particular doctrina. Aunque por mucha operación bikini que hayan hecho, en verano les vamos a ver la celulitis neuronal. A ellos y a ellas. Así hasta que llegue el fin de este largo y cálido verano faulkneriano. Tragicómico por la mañana y surrealista por la noche. Como una disco silenciosa.

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