TRIBUNA
Juan José Vijuesca | Miércoles 15 de julio de 2015
Estamos de enhorabuena. Nuestro planeta de adopción llamado Tierra no deja a nadie indiferente. Miren ustedes por donde en esta ocasión habrá que darle gracias al cielo, idílico lugar, por cierto, pero aún lleno de tantas incógnitas como las que tenemos aquí abajo. Lo que nos diferencia es que pasando de la primera atmósfera comenzamos a empequeñecer hasta el punto de darnos cuenta que no somos más que unos perfectos capullos, mientras que si pateamos el planeta con los pies en el suelo y las consabidas envidias, codicias y malas babas, resulta que nos da un subidón que ni la propia criptonita es capaz de debilitarnos. Desde que Isaac Newton nos dijera que la tierra está achatada por los polos, una envenenada manía de llegar como sea hasta el último rincón de la madre Tierra ha sido la constante de muchos troncha ramas, pues una cosa es la ciencia o la investigación y otra muy diferente es para quienes el mundo ya se les quedó pequeño y claro, ahora miran a Marte como máximo exponente de sus deseos. Digo Marte por un simple ejemplo de proximidad, otros eligen Leroy Merlin o Ikea.
Entre las figuras respetables de nuestro entorno –que las hay- está el célebre astronauta español Pedro Duque. Máximo exponente de cómo hay que observar el firmamento, tanto de abajo arriba como a la inversa y también por haber tenido el privilegio de flotar sin arrogancia de altura y aunque parezca mentira, sin mirar a nadie por encima del hombro. Es él quien acaba de anunciarnos la más que probable caída de asteroides en cualquier país de la Tierra. “Los asteroides, si tienen que caer, no tienen preferencia por un sitio u otro” –ha advertido Duque. Es más, también ha explicado que los asteroides que podrían destruir toda la vida en la Tierra, como ocurrió con la desaparición de los dinosaurios, son aproximadamente 800, pero para nuestra tranquilidad todos ellos están catalogados y bien controlados, de forma que ninguno de ellos supondría una amenaza en miles de años. Ahora bien, puntualiza que existen unos 100.000 cuerpos rocosos fuera de catálogo y se calcula que podrían haber otros 100 millones de ellos capaces de destruir una ciudad. Esto ya es otra cosa, digo yo, pero claro, ahora nos faltaría conocer el nombre del país o la ciudad agraciada, pues entre unas cosas y otras parece que lo de hacer planes a largo plazo se ha convertido en algo vintage.
Nuestro afable e insigne Pedro Duque nos advierte que lo que hay que hacer es una enorme labor en el desarrollo de las investigaciones para conseguir desviar estos asteroides pequeños o medianos; y añade, que básicamente se trataría de poner un buen telescopio, bastante cerca del Sol, para que mire hacia nosotros y vea lo que hay en medio. Incide en que el riesgo para España es el mismo que para cualquier otro país del mundo.
Así las cosas no nos queda otra que arrimar el hombro. Por un lado encontrar voluntarios para partir rocas en el espacio, dicho de manera coloquial, volver al decoroso oficio de picapedreros, lo único que ahora se cobraría plus de altura, supongo. Luego estaría lo del desvío de tanta roca suelta. Labor que para el prestigioso cuerpo de la Guardia Civil de Tráfico, más que acostumbrada a la operación salida, retornos y otros dispositivos de amplia seguridad vial, sería coser y cantar. Lo de subir al Sol y mirar por el telescopio, se me antoja la tarea más delicada, ya saben, pieles sensibles y exceso de cosméticas rejuvenecedoras. Aquí somos muy de epidermis y una cosa es la playa y otra muy diferente el soportar las brasas del astro rey como si fuera cruzar el Tatá Jehasá con la fe puesta en San Juan Bautista en la noche de su víspera.
Y luego, pues eso, vigilante de telescopio para mirar hacia nosotros. Con permiso de todos ustedes, esta misión me la reservo para mí. Yo dejaría pasar los asteroides, grandes, pequeños o medianos. Si desde arriba se ve lo que por aquí abajo estamos consiguiendo, yo por lo menos, insisto, no enviaría a la Tierra señal de peligro ni SMS alguno. Giraría el ecuatorial, haría la vista gorda y daría paso a una de esas rocas con tal de acabar con esa otra clase de dinosaurios que gobiernan el planeta, los mismos que manejan la fábrica de la pobreza y consienten que millones de niños por nacer en tierra hostil, padezcan hambruna. A los que toleran que millones de seres indefensos sean martirizados o niñas adolescentes violadas y qué decir de los que mueren por falta de agua, enfermedades y toda clase de calamidades; a estos Spinosaurus aegyptiacus o lagartos de espinas, como digo, dedicados a la pasamanería política que solo esgrimen el verbo irracional del poder dejando en total orfandad a quienes necesitan ayuda desde siempre o mejor dicho, desde la última puesta de huevos del último Tyrannosaurus rex , pues lo dicho, dejaría en caída libre tantos asteroides como especie de erguidos y fracasados iguanodontes de la política y demás patulea corrosiva participan de tan calamitosa situación terrenal.
En fin, una última cuestión, si estando ustedes en la playa ven caer del cielo algo redondo y un poco achatado por los polos, no crean que se trata del antiguo balón de Nivea, puede ser el nuevo planeta azul que viene a sustituir al que ahora tenemos y que, por desgracia, está de moda por su escatológico estado e imparable decadencia.