Viernes 30 de mayo de 2008
Hoy comienza la 67 Feria del Libro de Madrid, que en esta edición estará dedicada a la literatura latinoamericana. El paseo del Retiro madrileño se llenará un año más de casetas repletas de saberes de todo tipo. Eso sin contar los escritores, políticos, famosos y demás firmantes que se hayan lanzado este año a expresar negro sobre blanco sus experiencias, reflexiones o historias ficticias o reales. Todo ello en una época que parece difícil para los libros. En un mundo dominado por Internet y las pantallas de todo tipo, el libro clásico parece jugar con desventaja. No contiene vínculos, no fomenta la interacción -salvando el caso de los libros que ofrecen la posibilidad de elegir el destino de los protagonistas o del imprescindible “Rayuela”, de Julio Cortázar- y echa por tierra la máxima de que una imagen vale más que mil palabras.
Afortunadamente, parece que el libro es un ente que se resiste a abandonarnos. Por más críticas que reciban de los más puristas, la expectación que se crea alrededor de lanzamientos como cualquiera de los de la saga de Harry Potter o el último fenómeno español de Carlos Ruiz Zafón, “El Juego del Ángel”, han de verse como una buena señal de la salud de los libros. Cada cual es libre de leer lo que quiera. Para gustos están los colores y que J.K. Rowling venda millones de ejemplares, no va a impedir que un autor independiente escriba sus libros y consiga publicarlos. Al contrario, que la industria siga siendo rentable -y lo es, por ejemplos como los mencionados- hace que las editoriales puedan permitirse seguir invirtiendo en autores menos comerciales.
Algunos dirán que Internet puede cambiar el panorama literario, desde el momento en el que escritores que antes no podían acceder a una editorial, ahora tiene la oportunidad de publicar sus textos en la red y alcanzar así la fama, como está pasando en el mundo de la música. Sí, pero el libro tiene un componente de relajación, entretenimiento y, sobre todo, felicidad que en ocasiones resulta incompatible con una fría pantalla de ordenador. Un libro no se basa en la mera asimilación de la palabra escrita. El tacto de las páginas, el ambiente -qué mayor placer existe que hojear un libro en una playa silenciosa o en la cama antes de dormir- el olor, incluso, son hechos inseparables de el acto de Leer con mayúscula. El libro es un enfermo de hierro, que siempre amenaza con desaparecer, pero al que costará mucho jubilar.
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