Traducción de David Paradela. Gallo Nero. Madrid, 2015. 216 páginas. 18 €
Por Alejandro San Francisco
1956 fue un año importante para el comunismo mundial. Todavía no se cumplían mil días desde la muerte de José Stalin, y el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética había decidido su famoso “informe secreto”, que se iría conociendo con el tiempo. En lo esencial, denunciaba el culto a la personalidad hacia Stalin como un factor crucial de los errores cometidos durante su administración, entre los cuales destacaban las matanzas masivas contra la población, incluso dentro del propio Partido, que había sufrido el asesinato de un porcentaje importante de miembros del Comité Central en las famosas purgas de la década de 1930. Pronto se probaría que esa era una explicación pueril para encubrir bajo eufemismos una masacre inmensa del régimen comunista ruso.
Ese mismo 1956 fue el año de la emotiva Revolución Húngara, que despertó rápidamente el interés de la prensa internacional, en especial la de Occidente. La última década había sido decisiva para el crecimiento del comunismo en Europa Oriental, que había reproducido modelos políticos como el soviético en sociedades como la de Polonia y Alemania Oriental, Checoslovaquia y, ciertamente, también Hungría. El comunismo avanzaba y el Telón de Acero dividía al mundo en dos ideologías contrastantes que luchaban por la influencia mundial bajo la Guerra Fría.
Indro Montanelli, gran periodista italiano, fue uno de los occidentales que pudo observar la Revolución Húngara en vivo y en directo. Se emocionó y narró sus impresiones en artículos breves e incisivos, que se encuentran reproducidos en este libro. Los textos combinaban la descripción con el análisis político de la situación, sus propias impresiones con los comentarios que le hacían los húngaros que contemplaban o eran partícipes de los acontecimientos.
En la práctica, describe irónicamente Montanelli, la “democracia popular” creada en Hungría que era, en realidad, un “conjunto de hambre, miseria, piojos y campos de concentración”, como él había podido percibir. La Revolución había sido una reacción contra ese orden de cosas, nacido primero desde el seno mismo del comunismo húngaro, pero que protestaba contra la forma que se había ejercido en Hungría. Posteriormente, la Revolución devino en una rebelión nacional antisoviética, una forma de liberación patriótica, que implicaba que la URSS debía dejar al Estado satélite administrarse por sí mismo. Se pedía primero “algo de oxígeno para la crítica”, mientras después se apostaba derechamente por la libertad, en la que parecían participar todos los húngaros.
Una de las cosas notables del proceso, como indica Montanelli, es que la revolución húngara nació “acéfala, sin programas preestablecidos, sin planes preconcebidos. Es una auténtica revolución popular”. Como suele ocurrir en estos procesos de final desconocido, muchos imaginaron que habría pronto una llamada a elecciones libres, que se establecería una democracia modelo occidental, en una evolución donde el Partido Comunista no obtendría más del 5% de los votos. Esto se haría demandando “la libertad, la independencia y la soberanía nacional”. La Historia daría una vuelta hacia la libertad. Sin embargo, en menos de dos semanas, desde fines de octubre hasta mediados de noviembre, la situación cambió dramáticamente.
Así lo informaba Montanelli el 12 de noviembre: “Hace cuarenta y ocho horas que en Hungría está produciéndose un monstruoso genocidio”, que consistía en “la supresión material de toda la juventud”. Se suponía que habría una era de libertad y que los soviéticos abandonarían el territorio magiar, pero la circunstancia se revirtió cuando llegaron divisiones completas de tanques de la Unión Soviética, que no se mostraba dispuesta a perder uno de sus bastiones. Había dos aspectos que no iban a transar: la fidelidad al Pacto de Varsovia era esencial, como lo era la prohibición de regresar a un régimen parlamentario “burgués”.
El periodista italiano señala que no vio ni burgueses ni fascistas liderando la revolución, sino jóvenes y obreros. La propaganda comunista insistía en lo contrario, pero su posición solo fue confirmada por la fuerza, y no por la adhesión voluntaria de la población húngara. El régimen de violencia demostraba que el comunismo había sido derrotado, mientras el triunfador era el ejército y la Unión Soviética, pero que eran incapaces de “domar Hungría”. El resultado era que los funcionarios ejercían apenas un “oficio” y no estaban cumpliendo una “misión”, como había ocurrido en las primeras etapas del comunismo en Europa, y ciertamente en Rusia.
La represión se cobró miles de víctimas en Budapest, ciudad “ebria de libertad”. Una batalla que tuvo épica y traición, solidaridad internacional hacia los húngaros, pero también adhesión a las tropas soviéticas. Lo denuncia especialmente Montanelli para el caso del Partido Comunista Italiano, cuyo líder Togliatti reconoció el mérito histórico de la Unión Soviética y la superioridad de su sistema social. A pesar de ello, la división entre los comunistas se produjo dentro y fuera de Hungría, como sucedería una década más tarde en la Primavera de Praga. En ambos casos chocaban la locura de la lucha por la libertad con el realismo patético de la represión soviética.
Una historia que aparece recreada en los artículos de Montanelli, que valen la pena por su mérito histórico y literario.