Seix Barral. Barcelona, 2015. 266 páginas. 18,50 €. Libro electrónico: 9,99 €
Por Rafael Narbona
La generación que nació en la España de la posguerra soportó toda clase de sinsabores: malnutrición, falta de libertades, precariedad laboral, represión moral y sexual. Las familias campesinas abandonaron los pueblos y se instalaron en la periferia de las grandes ciudades. Primero en chabolas; más tarde en viviendas de protección social. Pablo Gutiérrez (Huelva, 1978) nos cuenta la historia del Real Patronato de Casas Baratas de Sevilla, escogiendo como protagonista a Reme. Ardiente desde su adolescencia, se casó con un pobre hombre incapaz de encender su pasión. Al besarle, fantaseaba con Rock Hudson. Sus dos hijos se harán yonquis y desaparecerán como otros tantos chicos del barrio, evidenciando que las afueras de las grandes urbes no son espacios habitables, sino depósitos de existencias marginales.
No se trata de una fatalidad ineluctable. Detrás de cada vida destruida, late la codicia, el egoísmo, la desigualdad, la violencia de una sociedad estancada en la lucha de clases. En nuestra década, el barrio será el escenario de una batalla callejera entre jóvenes
antisistema y las autoridades municipales, que enviarán a los antidisturbios para disolver una acampada semejante a las del 15-M, trufada de malestar, pero sin alternativas creíbles. Los muchachos que se enfrentan violentamente a la policía han rescatado las antiguas consignas de la izquierda radical, glorificando a Mao, Lenin y Stalin. Los políticos nadan entre la corrupción y el oportunismo en una atmósfera que recuerda el caciquismo de la Restauración. El cuadro general es desolador, pues las fuerzas dominantes son el nihilismo de las clases bajas y la fría indiferencia de los más favorecidos. Todo sugiere que nada cambiará, que los impulsos más destructivos del ser humano continuarán causando estragos sin cuento.
Reme siente que el tiempo dibuja un bucle. En su juventud, prevalecía “la fealdad del mundo”. Cincuenta años más tarde, todo sigue siendo feo, pero la aparición de una caja con cincuenta libros de la colección Austral le revelará que la literatura amplía y transforma lo real, creando un espacio mucho más humano y habitable. Lo leído puede iluminar o incluso reemplazar lo vivido. El monólogo de Segismundo transforma a Reme. Ya no se teñirá el pelo y se dejará crecer una trenza gris, “fuerte y saludable como un cable de acero”. A partir de entonces, no será una pobre viuda, alojada en una conejera de cuarenta metros, sino una “jefa sioux” con la ira de Max Estrella, que se solidariza con los jóvenes airados e invoca el “cielo de los soviets”. Se podría decir que es la versión proletaria de Juana de Arco. Reme sueña con “una aurora roja” que brotará de las piedras arrojadas por los activistas con sudadera y capucha. Al igual que Antígona, desafía a las leyes de la polis, pues sus hijos yacen en el olvido, tristemente insepultos, como la inmundicia de un vertedero pudriéndose al sol. No podía ser de otro modo, pues crecieron en “un gueto amable sin muros ni alambradas”, “una reserva india en mitad de la ciudad”. Para los barrios ricos, solo son “aborígenes”, que viven de una forma amoral y salvaje.
Reme es un gran personaje, con la entidad de las heroínas galdosianas o, si se prefiere, la réplica femenina de Don Quijote, enredado en una desigual batalla contra los molinos de viento y los arqueros de la Santa Hermandad. Pablo Gutiérrez es un excelente narrador con una prosa a medio camino entre Juan Marsé y Luis Martín-Santos.
Los libros repentinos es un brillante fresco de la España de los últimos 75 años. Aunque transcurra en un barrio marginal de Sevilla, los hechos narrados han sido casi idénticos en otras periferias no menos castigadas por el paro y la droga. Podríamos decir que estamos ante una novela expresionista que hace tanto daño como los niños mendigos de Kokoschka, arrojados al basural de la historia como materia desechable. Tal vez la esperanza no haya que buscarla en improbables utopías, sino en la resistencia individual de mujeres como Reme, que no se resignan a vivir humilladas y menospreciadas.