NOVELA
Domingo 19 de julio de 2015
Edición de Victoria Horrillo Ledesma. Traducción de Belmonte Traductores. HarperCollins Ibérica. 272 páginas. 19,90 €. Libro electrónico: 9,49 €. Acaba de llegar a España, la sorprendente publicación de una novela perdida de la escritora norteamericana, que es el manuscrito original de la célebre "Matar a un ruiseñor".
Por Carmen R. Santos
Hay escritores que con un único libro han alcanzado el Olimpo literario. Uno de los casos más célebres y paradigmáticos es el de la norteamericana Harper Lee, cuya novela Matar a un ruiseñor (1960) se ha convertido en un clásico de las letras del siglo XX no solo de la literatura estadounidense sino de la mundial. Ahora, esto ha cambiado con la sorpresiva publicación de otra novela de Harper Lee, Ve y pon un centinela, trascurridos más de cincuenta años de la aparición de la primera, que, recordemos, dio pie a una no menos famosa película de título homónimo, dirigida en 1962 por Robert Mulligan y protagonizada por Gregory Peck en el que fue el papel de su vida. Tanto el libro como el filme cosecharon el entusiasmo de crítica y público y gozan hoy de la condición de míticos. La novela, que ha vendido más de cuarenta millones de ejemplares, consiguió el prestigioso Premio Pulitzer y se incluyó prácticamente como lectura obligatoria en la enseñanza secundaria de Estados Unidos. Su versión cinematográfica obtuvo un enorme reconocimiento, logrando numerosos galardones, entre ellos varios Oscar, y el American Film Institute la incluyó en el puesto veinticinco de las cien mejores películas norteamericanas de la pasada centuria.
Con estos antecedentes no es extraño el revuelo y la expectación que ha suscitado Ve y pon un centinela, lanzada por la editorial como “el acontecimiento literario de los últimos tiempos”, y mantenido el libro en un estricto protocolo de confidencialidad hasta el día en que se fijó su llegada a las librerías: el martes 14 en el ámbito anglosajón y el miércoles 15 en España e Hispanoamérica. En Londres y varias ciudades de Estados Unidos, numerosas librerías abrieron en horario especial para facilitar la adquisición del libro -como suele ocurrir con cada nueva entrega de la serie Harry Potter- por parte de muchos lectores que no dudaron en abalanzarse a los establecimientos.
Resulta palmario, pues, que su metódicamente planeado lanzamiento tiene mucho de cuidada operación de marketing, acrecentado por las preguntas e incógnitas que rodean su publicación ahora, después de tanto tiempo. Como es sabido, tras el éxito fulgurante de Matar a un ruiseñor, Harper Lee se recluyó en el silencio, a modo de lo que hizo su compatriota J. D. Salinger, autor de El guardián entre el centeno. En la actualidad, Harper Lee tiene ochenta y nueve años, vive en una residencia de ancianos de su pueblo natal, Monroeville (Alabama) -trasmutado en Maycomb en la ficción-, y su salud es frágil y precaria. De ahí que no deje de haber quien insinúe que el manuscrito, que se creía perdido, se ha publicado sin su consentimiento, rumores que incluso motivaron que los servicios sociales del Estado de Alabama iniciasen una investigación y que entre sus vecinos de Monroeville haya opiniones contrapuestas. Sin duda, es bueno tener en cuenta las circunstancias que envuelven a la novela -y sobre las que no es descartable que surjan nuevos episodios-, pero, más allá del ruido mediático, ha llegado la hora de valorar Ve y pon un centinela. Aunque de forma inevitable no se pueda obviar el referente de Matar a un ruiseñor, de la que HarperCollins Ibérica acaba de lanzar una nueva traducción, hay que enfrentarse a esta novela de Harper Lee en sí misma.
Según se ha explicado, Ve y pon un centinela es la versión original y primitiva de la que después, con otro título, sería una obra mítica. Esta versión fue rechazada por varios editores, hasta que la editorial neoyorquina J. B. Lippincott & Co. la aceptó, pero condicionó su publicación a que la escritora llevara a cabo algunos cambios. Básicamente que pusiera en primer término la voz de Jean Louise, Scout, y que trasladara la historia a los años treinta, en el momento de la Gran Depresión. Esos cambios, visto ahora el texto primigenio, produjeron, en realidad, dos novelas de distinta estructura, enfoque y finalidad. Y, si se las relaciona, quizá su orden más lógico de escritura hubiera sido el inverso y Ve y pon un centinela podría ser, digamos, una “segunda parte” donde la pequeña Scout ha crecido y su punto de vista, expresado en primera persona, se cambia al de una joven cercana a la treintena, transmitido en tercera persona. Una joven que quizá antes “no había mirado”, “nunca había abierto los ojos”, como le dice su tío el doctor Finch, un personaje que cobra gran relevancia en Ve y pon un centinela. Precisamente, es quien le advierte a su sobrina: “La isla de cada ser humano, Jean Louise, el centinela de cada uno, es su conciencia”, palabras inspiradas en el versículo 21:6 del Libro de Isaías, donde se lee: “Porque el Señor me dijo así: Ve, pon centinela que haga saber lo que viere”.
Es claro que Matar a un ruiseñor y Ve y pon un centinela -en esta, una Jean Louise de veintiséis años vuelve a Maycomb para reencontrarse con su padre y su infancia- guardan estrecha relación, pero pueden, e incluso diríamos deben, leerse como novelas independientes, pues no únicamente ha de interesarnos si la segunda mancha al héroe Aticcus Finch en su impoluta perfección. Porque Ve y pon un centinela es sobre todo una atractiva novela de aprendizaje, que nos pone ante el proceso de crecimiento de una niña que tiene dificultades para aceptar su condición femenina, o, mejor dicho, el rol al que como mujer estaba destinada en un pueblo del profundo Sur. Un rol al que se someten sin rechistar esas mujeres que se reúnen en el “El Café” que organiza Alexandra, la tía de Jean Louise, y que es una de las escenas más críticas e inclementes con la asfixiante atmósfera de Maycomb. Esas mujeres -“Las urracas llegaron a las 10:30, como estaba previsto”-, cuyas banales conversaciones solo en torno a sus maridos, hijos, y chismorreos, aburren a Jean Louise: “Para formar parte de esta mascarada se necesitan muchas cosas que yo no tengo”. Jean Louise desde pequeña se rebeló contra ese destino, con su espíritu aventurero y su peto de muchacho –no es casual su apodo de Scout-, y le resulta difícil acceder a la petición de matrimonio de Henry -su amigo de la infancia, “adoptado” prácticamente como hijo por Aticcus-. La relación entre Jean Louise y Henry tiene también un considerable peso en la nueva novela.
Jean Louise se fue a Nueva York -como la propia Harper Lee- buscando libertad. Pero un día decide volver, quizá barruntando que tenía algo pendiente en Maycomb: “Childe Roland a la Torre Oscura llegó”, como reza el título, citado varias veces en la novela, del enigmático poema gótico de Robert Browning. Sin resolverlo no podrá alcanzar la verdadera madurez. En algún punto de su camino, como le dice su tío Jack Finch, pegó su conciencia, su centinela, a la de su padre: “Confundiste a tu padre con Dios. Nunca lo viste como a un hombre con el corazón de un hombre y con los defectos de un hombre”. “Nuestros dioses viven muy lejos de nosotros, Jean Louise. No deben descender al nivel de los seres humanos”, le alecciona también su tío. En Matar a un ruiseñor, a Aticcus Finch su hija le ha subido a un pedestal. En Ve y pon un centinela, lo baja de él.
La lectura centrada casi en exclusividad en la cuestión racial de las novelas de Harper Lee es comprensible, como lo es que se promocione en las escuelas norteamericanas Matar a un ruiseñor como libro educativo, que brinda la figura ejemplar y perfecta, pero de una pieza, de Aticcus Finch. Pero, tras la aparición de Ve y pon un centinela, puede que sea el momento de potenciar que la cosmovisión de Harper Lee es más compleja que la que encierra una novela de tesis, su Matar a un ruiseñor que rebate la afirmación de André Gide que de “no se hace buena literatura con buenas intenciones ni buenos sentimientos”. Sería conveniente ver en toda su extensión que la historia protagonizada por Atticus y Jean Louise no solo nos remite al problema de la discriminación racial. Quizá en Ve y pon un centinela se encuentre la Harper Lee más auténtica.