Juan José Vijuesca | Miércoles 22 de julio de 2015
Que sí, que los Hermanos Marx estarían encantados en hacer una segunda parte de su mítica película “El hotel de los líos” mientras el empecinado de Artur Mas se mantenga con su anestésico guión del independentismo. El susodicho “tío de la vara” ha venido a Madrid para ver al Rey en un visto y no visto, como si en Zarzuela vendieran separatismos ecológicos. Mucho me temo que la parte contratante de la segunda parte es igual a la parte contratante de la primera parte, y así sucesivamente. O sea, Constitución, Constitución y Ley Constitucional.
Esto en la gran pantalla y en castellano, nada de versión original subtitulada, estaríamos ante uno de esos sabrosos embrollos del humor absurdo de los años 40. La verdad es que ha merecido la pena esperar para que el nuevo Artur Mas –reinventando a los Marx- (perdón por la asonancia) nos haga las delicias en época estival (con total certeza que en estos días vacacionales los habitantes de la playa estarán en un sinvivir con este episodio). Lo cierto es que Cataluña, ahora mismo, está inmersa en el enredo de la soberanía, el plebiscito, la incontinencia de sus regidores y la esperpéntica muestra de delirium tremens, pataleta o entramado precocinado por quien se hace pasar por líder de masas. El caso es dar la vara a pesar de las altas temperaturas y con la pereza que entra.
Hoy en día hay tantos líderes como setas de cardo. Nadie se explica el por qué del fenómeno, pero está visto que el caso del señor Mas viene a confirmar que en política cuando optas por mezclarte con otras fuerzas de poder cuyos objetivos son sacar provecho de la situación, pues deja al descubierto la falta de liderazgo, la no capacidad de crédito y, en definitiva, la pérdida de realismo. La obstinación por querer ser independiente a pesar de haber hecho votos de pureza ante la ley constituyente, prometiendo no ser adúltero con quienes te dan el oro y el moro cada vez que ofreces amor eterno para después hacer juego de peineta y continuar erre que erre con el cansino tema del separatismo, pues al final nadie tiene claro dónde está la bolita, ya saben, al estilo trilero de nada por aquí nada por allá.
No hay cosa peor que un líder se enroque en su propia retórica buscando el placet de la vida eterna o la tierra prometida, o sea, el afán por convertirse en paladín de multitudes sin tener en cuenta la posición real de las necesidades de la ciudadanía, que son muchas y de gran calado (recordar en Cataluña los 800.000 parados, el cierre de hospitales, deudas hasta las cejas, corrupción al por mayor, por poner algunos ejemplos). Y así el ego prima sobre la hegemonía de una masa inoculada por un sentido patrio, que no siendo incompatible con otras causas, si está expuesta a la quiebra social, económica y doctrinal más absoluta.
Mientras tanto y para aquellos que se pasan la Constitución por el puente romano, nada mejor que cerrar la llave de paso y dejar el grifo de la financiación sin gota de caudal. Allá ellos con sus bonos basura, o sea, se acabó la colecta en favor de los que se sirven de la historia de España desempolvando falsas y ridículas nostalgias o asomando sus emociones cada vez que éste, aquél o aquella siembran la tilde del secesionismo en magazines televisivos de audiencia nacional. Entonces para esta doble moral sí que sirven los canales de una España libre y plural.
En fin, está visto que cuando falla la sensatez y la concordia, lo mejor es que los amantes de los líos se dediquen a hacer cine de los 40, pero eso sí, a ser posible que sea cine mudo si el director de la película pretende ser, además, el principal protagonista de la misma.