ENTRE ADOQUINES
Alicia Huerta | Miércoles 22 de julio de 2015
En la web de Reporteros Sin Fronteras, se ofrece a los profesionales freelance el préstamo gratuito de chalecos antibalas y de cascos. También, una tarifa preferente a la hora de contratar una póliza de seguros y, por último, un teléfono de emergencia – SOS PRESS – al que llamar en caso de encontrarse en peligro. Atrás, muy atrás, quedaron aquellas imágenes de reporteros de guerra ataviados con un chaleco protector con la palabra Prensa bien a la vista, que, sobre todo, servía para identificarlos como lo que eran, profesionales haciendo su trabajo. Para que, de alguna forma, se intentara “respetar” en lo posible, es decir teniendo en cuenta la situación de conflicto armado en la que estaban, su seguridad. No estaban allí en el bando de nadie, solo informando – explicando, denunciando, alertando, dando voz y poniendo rostro a los simples civiles - de lo que en tan hostil y remoto lugar ocurría. Que, aun así, corrían grave peligro es un hecho incontestable y la desgraciada muerte de muchos de ellos, demasiados, lo confirma.
Sin embargo, en estos últimos años y de manera muy especial en los territorios donde ha establecido su salvaje dictadura el Daesh – Occidente pide que se utilice la transcripción al alfabeto latino del acrónimo árabe de Al Dawla al Islamyia fil Irak Wa'al Sham, a sabiendas de que no agrada a los terroristas ya que resulta peyorativo por la cercanía fonética de palabras como "Daes", que significa "el que aplasta algo bajo sus pies" -, los periodistas se han convertido en objetivo puro y duro. Su destino final dependerá, en muchos casos, de la nacionalidad que figure en sus pasaportes. Británicos, estadounidenses y japoneses, cuyos gobiernos rechazan, en principio, el pago de rescates por su liberación, llevan un año coprotagonizando con su último aliento de vida las sangrientas producciones cinematográficas de los salvajes miembros de la banda terrorista más brutalmente pasada de rosca.
A la impactante decapitación del periodista James Foley, le siguieron otras, como la de su compatriota Steven Sotloff y la del japonés Kenji Goto. Mientras que los periodistas españoles secuestrados por Daesh en 2013, Javier Espinosa, Marc Marginedas y Ricardo García Vilanova, tuvieron finalmente “más suerte”. En todo caso, la mejor de las posibles: regresaron a casa. Pudieron contar lo que allí vivieron, y su relato coincide con el de quienes han tenido que huir de sus ciudades sirias o iraquíes y el de los peshmergas que tratan de frenar el cruento avance de Daesh, empeñado en aniquilar a todo aquel que no abrace sin rechistar su diabólico plan de conquistar el mundo para someterlo a su barbarie. En definitiva, confirmaron lo que ya hace más de un año han venido gritándonos los habitantes de aquellas tierras invadidas desde la autoproclamación del malvado Califato: que el objetivo de Daesh es de inexorable carácter exterminador y el elemento que les identifica es la más descarnada y pura maldad. Una vileza que está reuniendo en sus filas a lo “mejorcito de cada casa”, con independencia, aquí sí, de la nacionalidad que figure en los pasaportes de quienes quizá llevaban tiempo soñando con vivir en un “mundo ideal” gobernado por lo opuesto a la justicia, a la libertad, al respeto a la vida. Al bien, en su acepción más simple y genérica.
El periodista Javier Espinosa lo explicaba con estremecedora claridad semanas después de su liberación: “Debemos insistir en que los militantes de Daesh tienen de islamistas lo que yo de seguidor de fútbol, que no me interesa nada. Son unos tipos radicales que se amparan en el islam para acceder al poder. Además, su visión es más apocalíptica que religiosa. Creen que cuanto más apocalipsis mejor, porque ellos son los elegidos e irán al paraíso. Es un asunto que tiene que ver más con el poder y la locura”. No cabe, y así lo vienen reconociendo por fin la mayoría de los países, negociación diplomática de ningún tipo. Se trata de otro tipo de guerra. Y los periodistas, como Ángel Sastre, José Manuel López y Antonio Pampliega, desaparecidos desde el pasado 12 de julio en Alepo, un botín muy codiciado. Ya sea para cobrar un suculento rescate, con el objetivo de seguir amedrentando o, de manera especial, como medio de propaganda para continuar su creciente reclutamiento de potenciales asesinos que aún no habían encontrado su “lugar” en este mundo. También, por supuesto, para ejercer un férreo control sobre lo que puede o no contarse acerca de lo que está ocurriendo allí.