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China, muy cerca de cruzar "la última línea roja"

Borja M. Herraiz | Jueves 23 de julio de 2015
Japón pide el cese inmediato de la actividad en el Mar de China. Por B.M.H.

El orgulloso expansionismo del que hace gala desde hace años China no parece tener límites. La 'invasión' de sus industrias en África en busca de materias primas, la proliferación de compañías y corporaciones del gigante asiático por todo el globo o el levantamiento de bases militares allá donde parecía imposible hacerlo ponen de manifiesto que a Pekín no le basta con los 9,5 millones de kilómetros cuadrados con los que cuenta su territorio, 19 veces el de España.

En esta ocasión, y en una estrategia muy similar a la implementada en los archipiélagos de Spratly y Paracel en el Mar de China meridional, el Gobierno chino lleva meses creando de la nada islas y plataformas artificiales en los límites jurisdiccionales que dividen sus aguas de las de Japón. Este hecho es visto con extremo recelo por Tokio, que ha reclamado en varias ocasiones el cese inmediato de este tipo de actividades al sospechar de las verdaderas intenciones chinas.

De un tiempo a esta parte, y bajo el pretexto de construir plataformas artificiales para la extracción de gas y petróleo, China ha creado de la nada un total de 16 islas artificiales a 300 kilómetros al este de la ciudad de Taizhou (costa oriental china) y a 400 de la isla de Amami (suroeste de Japón) a lo largo de una franja de unos 150 kilómetros de largo.

Para argumentar sus quejas, este mismo jueves, la cancillería nipona hacía públicas una docena de fotografías aéreas en las que se observan las infraestructuras en plena capacidad operativa.

Japón no confía en la versión oficial del Gobierno chino y sospecha que el verdadero objetivo es levantar avanzados puestos de vigilancia militar, estaciones de radar o plataformas de despegue de drones que tengan bajo constante reconocimiento las actividades de las Fuerzas Armadas niponas, en especial en lo tocante a las islas Senkaku (Diaoyu en chino), administradas por Tokio pero reclamadas por Pekín.

Es más, dando por válido el argumento de la extracción de China, el Ejecutivo de Shinzo Abe exige la paralización inmediata de las obras, pues incumplen el acuerdo firmado entre ambos países en 2008 en el que se pactaba la explotación conjunta de los recursos energéticos existentes o por descubrir en el Mar de China, para no cruzar "la última línea roja".

Por contra, las autoridades chinas han respondido señalando que están en todo su derecho de construir instalaciones dentro del límite de sus aguas jurisdiccionales y que la publicación de las fotos por parte del Ministerio de Asuntos Exteriores japonés sólo lleva a la confrontación entre ambos países.

La tensión en torno a estas nuevas plataformas no es nueva, pues China reclama para sí la gran mayoría, en torno al 90 por ciento, de la soberanía de los 3,5 millones de kilómetros cuadrados en los que se extiende el Mar de China, unas aguas sobre las que también tienen derechos Filipinas, Vietnam, Malasia, Brunei y Taiwán.

Japón no tiene ambiciones de este tipo, pero a Tokio le preocupa quién pueda tener el control de una línea marítima por la que cada año pasan 500.000 millones de dólares en mercancías, la mayoría con las costas niponas como origen o destino.

Con el objetivo de hacerse notar y sacar músculo, Tokio organizó el mes pasado unos ejercicios navales conjuntos con la Marina filipina, ambas aliadas estratégicas de Estados Unidos, unas maniobras calificadas de "deshonestas y hostiles" por las autoridades chinas.

Esta disputa es la última en un largo historial de encontronazos entre los dos gigantes asiáticos. La milenaria historia naval compartida ha dejado muchas dudas sobre la soberanía de varias decenas de enclaves isleños que, si bien no tienen valor económico, sí lo tienen desde un prisma estratégico.

Este es el caso de las mencionadas Senkaku, tres promontorios rocosos sin edificar e inútiles desde un punto de vista agrícola, pero claves en el control del flujo marítimo dentro del triángulo que conforman China, Japón y la isla de Taiwán.

Además, las rencillas que dejó tras de sí la II Guerra Mundial aún no se han aplacado siete décadas después. Hace unas semanas, Pekín y Tokio se enzarzaron en duros cruces de declaraciones públicas tras las tradicionales ofrendas niponas en el santuario de Yasukuni, en el que se rinde homenaje a los soldados japoneses caídos en combate, incluidos catorce considerados criminales de guerra por las autoridades chinas por su actuación en Nanking.

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