Opinión

Antonio Jiménez Blanco

Juan José Laborda | Jueves 23 de julio de 2015
A finales de junio tuvo lugar en el Senado un acto en memoria de Antonio Jiménez Blanco, portavoz del grupo parlamentario de UCD, los senadores que apoyaban al presidente Adolfo Suárez. Los que intervinimos en el acto, además de haberle conocido y gozado de su personalidad, hemos ostentado su misma responsabilidad como portavoces de nuestros respectivos grupos parlamentarios: Luis Miguel Enciso, portavoz de UCD en la siguiente legislatura, Francisco Ramos, portavoz del Grupo Socialista en la fase constituyente, Pío García Escudero, portavoz del Grupo Popular, y yo mismo, que fui portavoz del Grupo Socialista en las siguientes legislaturas. Me parece que todos nosotros acertamos recordando a Jiménez Blanco en su contribución en el debate constitucional, así como precisando la relevancia del Senado en aquella fase definitoria. A continuación reproduzco una parte de mi intervención:

“Casi siempre los españoles tuvimos originalidad en los momentos constituyentes. Las Cortes de Cádiz porque proyectaron al mundo la palabra y el concepto de “liberal”. Las Cortes de 1978 hicieron otro tanto con el término de “consenso”. Cuando el verdadero desafío a la democracia liberal es el sistema chino de unanimidad comunista-capitalista (¡un oximorón pavoroso!), el consenso fue una anticipación muy útil para que los Estados de Derecho buscaran en el consenso el método para defenderse de un rival que, aparentemente, no pierde el tiempo en debates políticos internos. El debate libre se trata allí con la detención domiciliaria, y todo el mundo mira para otro lado, pues los chinos nos financian nuestras deudas.

Como la palabra liberal, el término consenso alcanza dimensión cosmopolita merced a nuestro genio político. Pero no es una creación exclusivamente española: la autarquía casticista no fue nunca nuestra forma de ser. Thomas Hobbes asimila el sentido de consenso a concordia: “this is more than consent or concord”, escribe en Leviatán, y la palabra inglesa procede de la latina “consentire”. Pero lo más destacable es que el “consenso”, en el libro del mejor escritor político inglés de todos los tiempos, es el método para superar el “estado de naturaleza”, una situación que Hobbes emplea para referirse a la guerra civil.

Antonio Jiménez Blanco dedujo el tipo de Constitución que surgía del gran acuerdo. Muchos años después, conociendo lo que habían escrito Albert Camus e Isaiah Berlin sobre teorías que sostenían que las leyes podían transformar a las personas en seres perfectos, y que Ruiz Soroa, entre nosotros, llamó jacobinismo a esa pretensión, las palabras de Antonio Jiménez Blanco fueron anticipadoras: “En conclusión, no tiene sentido pretender que el texto de la Constitución -afirma el senador como portavoz en el debate final sobre el texto constitucional- sea el óptimo o el mejor de los que, abstractamente, hubieran sido posibles. Sí tiene, en cambio, sentido -y eso ha sido la meta de los constituyentes- que el texto sea satisfactorio, tanto desde el punto de vista de la correlación de las fuerzaspolíticas en juego como de las funciones que ese texto está destinado a cumplir.”

Y más adelante, con ecos del Camus que abominaba la perfección porque imponía la Razón o la Verdad (ambas con mayúsculas) a los Derechos de los individuos, Jiménez Blanco manifestó: “Todo esto viene a cuento de que en las etapas previa e inicial de la elaboración del texto constitucional, al observador un poco avisado en estas materias le producían un cierto estupor las ingenuas esperanzas puestas por algunas personas y grupos en la perfección del texto constitucional”.

Estos discursos de Jiménez Blanco no son retórica parlamentaria, sino que provienen de una autenticidad previa. Ahora que se dice que los constituyentes hicimos un apaño, negociando oscuramente entre nosotros porque estábamos aterrados por los militares, volvamos a leer los debates de aquel Senado constituyente, y nos asombrará la valentía de las posiciones de Antonio Jiménez Blanco, que actuaba además como representante de un Gobierno que tenía que dar tranquilidad a su propia sociedad, y como se diría hoy, tranquilidad a los mercados, con una inflación de más del 20%, escasas reservas monetarias, una destrucción de puestos de trabajo y, por si faltara algo, con el terrorismo de ETA desatado, a pesar de que se acababa de aprobar la amnistía para delitos terroristas.

Quienes sostienen hoy que estuvimos en aquel tiempo condicionados por el miedo, o es un estúpido ignorante, o es un interesado manipulador de la historia. Me atrevo a pronunciar estos juicios porque he leído los Diarios de Sesiones en los que Antonio Jiménez Blanco tiene que vérselas en debates tremendos sobre la abolición de la pena de muerte, los presos en las cárceles del momento (que estaban revolucionados porque querían beneficiarse también de la amnistía), el derecho a la autodeterminación de Cataluña y Euskadi, y en fin, temas sólo un poco menos sugerentes, como los referidos a la legalización de las nuevas costumbres sexuales y las reivindicaciones igualitarias de las mujeres.

Seguramente todo fue tan trepidante que no nos dimos cuenta que teníamos la obligación de sentir miedo o alguna sensación parecida. En verdad, no fueron buenos tiempos para dejar de fumar: después de aprobar la amnistía en octubre de 1977, con ETA queriendo cargarse a base de asesinatos la naciente Constitución democrática, aquellos parlamentarios no se callaron nunca. No fue fácil para Antonio Jiménez Blanco discutir de esos temas con colegas que no eran precisamente benignos en su decir. Recordemos algunos de sus nombres: Plácido Fernández Viagas, Lluis María Xirinacs, Juan Maria Bandrés, Fernando Morán, Ramón Sainz de Varanda, Gregorio Peces Barba del Brío, Manuel Villar Arregui, etcétera.

Desde luego Antonio Jiménez Blanco no tuvo miedo, y sus discursos en el Senado expresan su auténtico pensamiento. La autenticidad era el rasgo de aquellos protagonistas y de su tiempo.

La democracia necesita que se conozca la historia y el lugar que ocuparon en ella personalidades excepcionales como la de Antonio Jiménez Blanco.

Termino con sus palabras en el Senado de 1978:

“la fortaleza real de un Estado no puede descansar en la pasividad o inhibición de los ciudadanos ni en la indiferencia de la sociedad, sino en el respaldo activo de todos, de suerte que la comunidad entienda al Estado y lo acepte como expresión de sí misma.”

¿A qué sus palabras sirven a estas alturas de 2015?”