Los Lunes de El Imparcial

Félix de Azúa: La invención de Caín

ENSAYO

Domingo 26 de julio de 2015
Debate. Barcelona, 2015. 320 páginas. 22,90 €. Libro electrónico: 11,99 €

Por Francisco Estévez


En el juego tan serio que es la literatura, Félix de Azúa se atrevió este año a ir al origen con Génesis. Historia híbrida llena de pliegues y aliento novelesco, si entendemos bien, de sus autobiografías falsas, como gusta decir el propio autor, que participa con demora en la disolución de géneros narrativos. En efecto, el profesor catalán cultiva una literatura donde, cada vez más, se volatizan fronteras y queda tan solo la propia obra, descarnada, interrogativa, libre de etiquetas ya. Viene pues a cuento la recuperación, ahora en primera edición revisada, de La invención de Caín. Sobre las ciudades, tras los dieciséis años que conoce el manuscrito inicial. El flamante, por nuevo, académico prefiere la recopilación en forma de miscelánea y ampliación de ideas al cobijo de un tema común de amplio interés y solaz recreo (poco tiempo separa, por citar uno digno de evocar, el análisis del espacio común y su sentido de Marcel Hénaff en La ciudad que viene, de 2014). El gran tema de la ciudad consigue, como Benjamin analizó refiriéndose a toda la literatura del siglo XIX en Sobre el programa de la filosofía futura, “imponerse con autoridad”.Difícil sintetizar los hitos urbanos desde la primera ciudad de Sumer, el vergel babilónico, el orden ateniense, el mito de Nemrod o la torre de Babel, que inauguró con punta de tragedia la diáspora lingüística del ser humano; Babilonia vista como “esa inmensa ramera”; las utopías de Platón, de Moro, de Campanella… Mucho más adelante bastaría consignar el París nocturno de Baudelaire, el alucinógeno de Poe, los soportales de Benjamin, el Londres de Dickens y de Quincey, el Madrid galdosiano, la trilogía de Émile Zola escrita con voluntad instructiva (Lourdes en 1894; Roma, en 1896; París, en 1898), la metrópolis de Lang, la volatilización de Hiroshima, el urbanismo de Le Corbusier…

La conciencia de la muerte nos separa de los simios. Nos separamos de los animales al conocer la muerte. Esa es y no otra la sabiduría aportada por Caín. Por ello, acierta Félix de Azúa al arrancar narración con ese peregrinaje humano que encontró primer aposento firme gracias a las manos de Caín, el cual “edificó una ciudad y la llamó Enoc como el nombre de su hijo”, según el relato bíblico del Génesis. La cruz trazada por Caín, es ya, como cada ciudad “fundamento de lugar y una propuesta monumental”. Nemrod, el constructor de la soberbia torre de Babel, es visto, claro, como el gran fundador de ciudades por la diáspora que facilitó, o mejor, provocó, al tentar la ira de Dios. Y del mito a la realidad en ese eterno trasvase de ida y vuelta. Bien apunta Félix de Azúa como la primera vez que aparece el término ciudadano (citoyen) fue en los tiempos de la Revolución francesa. Pareciera como si el bautizo de la ciudad y sus urbanitas habitantes urgieran siempre realizarse con sangre, desde Caín en adelante.

La presente edición de La invención de Caín elimina algunos capítulos y añade otros con el afán de ajustarla al siglo XXI. En tono algo apocalíptico, el autor considera en la nota inicial que vivimos la peor de las épocas para la ciudad puesto que éstas han sido sustituidas por redes técnicas gigantescas. El libro queda compuesto por cuatro secciones. En la primera se repasa se visita Múnich, París, Venecia, Florencia, Nápoles, Londres, Salzburgo, Berlín, Hamburgo, Barcelona, Madrid, Sevilla y Suiza. Quizás algunas páginas de Nápoles, a pesar de su indudable atractivo literario, se antojan fotografía un tanto disímil de la actual y cada vez más paradójica, compleja y convulsa ciudad de Napule. Muchas otras páginas, sin embargo, son un acertado documento y crónica, como las dedicadas a Múnich o a la Barcelona natal del académico. Claro es, el lector podrá en buen diálogo comulgar, matizar o disentir con algunos trazados (a este castizo cronista le resultan bellamente conflictivas las páginas dedicadas a Madrid, ay). De elevado interés es el segundo capítulo que orienta su preocupación hacia el significado de la ciudad y el análisis de distintos ensayos sobre la urbe (de Haussman o Simmel a Julien Gracq, del que desgrana pasajes con los que dialoga). Aquí es donde brilla la prosa y el pensamiento del escritor catalán, con especial luz en “Aprendiendo a ser ciudad” donde se aquilata, con buenos contrapesos, aquella definición platónica de La República o el mito de Dédalo, con su laberinto invisible. En definitiva, aquel laberinto que toda ciudad de una manera u otra esconde con celosía. Atención pausada reciben escritores como Dickens, Proust, para ahondar en sus visiones de Londres y París. Y se añora en estas páginas alusiones al más vibrante narrador de la ciudad en lengua española, Benito Pérez Galdós. El tercer y último capítulo lo forma un especial dedicado a Venecia de alto valor con significativo título “La agonía de una ciudad”. Remata el libro un glosario de voces de ayuda para dar cuenta del enrevesado aparato estatal veneciano del siglo XVIII.

Advertía Robert Musil que a las ciudades, como a las personas, se las conoce en el andar. Es buen paseo urbanita este ofrecido por Félix de Azúa.