Como cada verano, la pequeña localidad bávara de Bayreuth se convierte en cita obligada de la élite germana y, por supuesto, de los incondicionales seguidores de Richard Wagner. En esta ocasión, además, la producción de “Tristán e Isolda” encargada de inaugurar el festival creado por el propio Wagner en agosto de 1876 tenía el plus de contar con la biznieta del compositor alemán como directora de escena. Quien mejor que Katharina Wagner, de 37 años, para conmemorar el 150 aniversario del estreno de esta ópera con una escena que la crítica ha calificado de “opaca” y “desesperadamente pesimista”. Que no da opción al amor, ni siquiera trágico, entre estas dos míticas figuras wagnerianas – interpretadas por Stephen Gould y Evelyn Herlitzius-, moviéndose por una escenografía de estructuras metálicas, atrapados en una especie de corsé metafísico, que, en todo caso, entusiasmó al respetable. Con una importante ovación, Katharina fue premiada junto a su equipo por un público plagado de autoridades federales y locales encabezadas por Angela Merkel. La canciller, acompañada de su esposo Joachim Sauer, a punto estuvo de protagonizar, muy a su pesar, la noche más importante de Bayreuth. Una caída cuando, al parecer, se rompió la silla que ocupaba durante uno de los largos entreactos que caracterizan este evento fue la culpable. Por fortuna, todo quedó en un susto – además de mal trago – y el periódico alemán Bild, que había achacado la caída a un posible desvanecimiento de la poderosa canciller alemana, no tardó demasiado en rectificar. El mundo podía respirar tranquilo: Merkel seguía disfrutando de la velada.
En todo caso, no resulta fácil quitar protagonismo a las mujeres de la familia Wagner. Sus desacuerdos y trifulcas tantas veces comentadas siguen marcando el rumbo del Festival que creó su antepasado, proyectando un teatro sencillo y sin jerarquías, inspirado en el modelo greco-romano, donde pudieran escucharse excepcionales representaciones operísticas. Más en concreto, un teatro especialmente diseñado para representar su tetralogía El anillo del nibelungo. El apoyo local y el mecenazgo del rey Luis II de Baviera permitieron al compositor construir ese “sueño”, un lugar que mantiene, todavía hoy, las condiciones visuales y acústicas ideadas por el propio Wagner, obsesionado por la ideal combinación de lejanía visual con cercanía sonora y una orquesta escondida bajo una concha que oculta el foso. Aunque desde 1973, la Fundación Richard Wagner de Bayreuth sea la responsable de nombrar al director del festival, el puesto sigue como siempre en manos de un familiar del compositor sajón. Los miembros de la familia de Wagner se han ocupado de que el sueño siga materializándose cada verano, a pesar de que, a veces, el mismo se torne en pesadilla para quienes han de trabajar en él: este verano, 330 cantantes e instrumentistas más el personal técnico, hasta un total de 880 participantes.
No hace mucho que Katharina Wagner y Eva Wagner-Pasquier, hijas del desaparecido Wolfgang de matrimonios diferentes, libraron una dura lucha por la sucesión y, aunque la solución salomónica de su padre nombrándolas codirectoras pareció que calmaría las aguas, el pulso entre ambas nunca ha remitido. No se han preocupado de disimular un ápice sus irreconciliables diferencias y, precisamente, Eva dejará la codirección del festival en septiembre por razones poco claras, generando con ello todo tipo de especulaciones maliciosas. Lo cierto es que Eva ha acercado posturas con la eterna disidente de la familia, Nike Wagner, la prima mayor que ya luchó en su día por hacerse con el cargo. “A saber qué están tramando”, es lo que se escucha estos días en los corrillos de los entreactos.
La presente edición, en todo caso, ya ha dado mucho más que comentar. Su preparación ha sido de las más tormentosas que se recuerdan, y eso ya es decir mucho. Para empezar, en esta ocasión el “litigio” ha afectado de lleno a las batutas y ha estado protagonizado por Christian Thielemann y Kirill Petrenko, debido a la designación del último como próximo titular de la Filarmónica de Berlín. Thielemann era uno de los nombres que sonaba con más fuerza para la orquesta berlinesa y su reciente nombramiento como director musical del Festival de Bayreuth ha sido visto algo así como un premio de consolación, después de presuntas intrigas dirigidas precisamente desde el festival bávaro. En medio de esta tormenta, la soprano Anja Kampe, vinculada afectivamente con Petrenko, rehusó cantar el papel de Isolda por unas supuestas desavenencias con Thielemann durante los ensayos. Y es que este verano, el rol de la princesa irlandesa parecía gafado: en un principio destinado a la holandesa Eva-Maria Westbroek, finalmente lo ha cantado Evelyn Herlitzius, aunque la soprano alemana necesitó ser sustituida durante el ensayo general por la americana Linda Watson.
Estas y otras desavenencias más o menos conocidas no afectan, por supuesto, a los rituales y tradiciones del festival. Por ejemplo, el inicio de las funciones a las cuatro de la tarde con largos entreactos de una hora para debatir o cenar con tranquilidad, que ya dispuso el propio Wagner o el sistema de avisos del inicio de cada acto, que se realiza desde el balcón de la fachada principal del teatro por medio de una fanfarria de los metales de la orquesta con algún motivo del acto que se va a escuchar. Tampoco afecta a la elegante indumentaria del público, que combina la etiqueta con el traje típico bávaro, ni a la increíble espera de varios años para poder conseguir entradas. Bayreuth sigue siendo esa pequeña ciudad que vive el verano completamente volcada con Wagner, empezando por el tradicional concierto frente a su tumba, situada en el jardín de la villa Wahnfried, donde miembros del Coro y Orquesta del Festival interpretan el final de Lohengrin. En definitiva, con palabras de la propia alcaldesa de la recoleta ciudad: "Quién en el mundo conocería Bayreuth de no haber sido porque Wagner instaló aquí su teatro”.