Ser taurino o antitaurino no es algo que venga a corregir nada que vulnere la esencia en otros aspectos sociales que nos justifican como individuos equilibrados. Hay a quienes les da lo mismo lo de velar por la suerte de cuantos seres inocentes lo necesitan, cómo lo de infringir daño a un toro bravo, a una gamba de Huelva o a un cordero lechal. De lo que se trata es no cometer maltrato a nadie ni actuar de manera perversa. A cada cual lo suyo, ahora bien, lo más difícil es saber ser cada cual. Este es el verdadero dilema de la vida existencial, pues si cada uno de nosotros nos creemos ser lo que no somos, al final la vaca se come al humano, el pollo se entrega a la meditación Hare Krishna, el rodaballo se hace funcionario y el pavo de Navidad se convierte en ministro o ministra de Igualdad.
Como sabemos el toro es un animal experto en defensa propia, mientras que el hombre lo es en engaño manifiesto. Hasta ahí la parte más lícita de este reality. Ahora viene la parte menos lúdica del asunto. Sacrificar a un animal no es nada nuevo desde la prehistoria, pero ello no justifica el tener que hacerlo con impunidad y crueldad. No debemos excusar la parte martirizante que cualquier animal viviente tenga que experimentar para colmar los deseos festivos de unas gradas amparadas por el delirio múltiple o por querer degustar un muslo de perdiz al suspiro de canela con crujiente de higo sobre capa de almidón dulce y aromas de estrella Michelín. Todo es relativo y por ello tampoco hay que demonizar a nadie con esto, tan solo hay que corregir conductas de moral y dejar fluir a la naturaleza en su máximo esplendor. El león, por ejemplo, es un feroz animal que te devora sin piedad para satisfacer su propio ego y no por ello lo vamos a reconvertir en chico Almodóvar.
El toro es importante mientras siga siendo bravo y se le ofrezca una pelea noble y limpia. El hombre es importante mientras éste demuestre tener un coeficiente mental digno para enfrentarse al toro. A partir de ahí hagamos las cosas con el máximo júbilo sin recrearnos en la suerte del mal ajeno. Es más amable una fiesta nacional menos dolorosa, sin tanto castigo de por medio, sin tanta sangre y sin tanta ira animal. Es decir, más ecléctica y racional para todos.
Así como el arte debe ser un recreo para los sentidos, igual la cultura debe servir para mejorar conductas y adecuarlas a los nuevos tiempos, aunque esto no impedirá que el toro siga siendo tan bravo y necesario como lo de tener alcaldes o alcaldesas en régimen de servir al pueblo con sentido común y siempre a demanda de la mayoría ciudadana. En caso contrario es de temer que si las normas se fijan mediante bastón de mando o disposición unilateral –léase porque yo lo digo-, a no tardar acabaremos como en la India, pero con una ligera variante, en vez de vacas ambulantes aquí serán los toros y los ediles los que pasearán por la calle como intocables especies sagradas. Y lo digo por los mandatos de prohibición de aquellos nuevos regidores contrarios a la fiesta nacional, pero entiendan que una cosa son las corridas de toros con menos martirio animal, eso sí, y otra muy distinta los festejos populares donde el toro es objeto de iracunda y feroz persecución.
Dicho esto, parece que la alcaldesa de Ciempozuelos ha vaticinado “una Segunda Guerra Civil” tras la retirada de las corridas y de los encierros en el municipio madrileño. Es más, califica a los aficionados de “internos del psiquiátrico”.
Y digo yo, el caso es seguir dando por la parte más amarga de nuestra historia después de casi 80 años, por ello recomiendo a la señora alcaldesa, María Jesús Alonso, que vea la célebre película La Vaquilla dirigida por el no menos insigne Luis García Berlanga. Y otra cosa más, mal, muy mal, lo de enfatizar con esa falta de respeto profundo que la susodicha hace a enfermos y familiares de quienes, por desgracia, no les queda otra que la de ver los toros desde una barrera infranqueable, como lo es el estar recluidos en un centro para enfermos mentales.
En fin, del cerdo ibérico y sus múltiples propiedades no ocupa lugar este apartado, pero estoy en que la pata negra bien loncheada para algunos ediles de nuevo cuño no debe representar objeto de maltrato. Y es que el paladar es algo muy personal, diría yo que es una variante de nuestra propia cultura nacional, lo que sucede es que mientras para muchos han de ser acelgas rehogadas, para otros, los ibéricos tienen prioridad, sobre todo si somos los contribuyentes quienes pagamos la factura. Ya lo verán.