Opinión

Violencia y política

MIRADA ESCOLÁSTICA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 31 de julio de 2015
Falange Española y las JONS tenían que unirse en un único movimiento, porque la otra sola alternativa que quedaba hubiese sido la de aniquilarse mutuamente, ya que ambas estaban en contra de la existencia de otros partidos políticos. En realidad no era una unión lo que se había logrado, sino una hermandad lo que se había reconocido. La redención de España era su único objetivo, aunque quizás discrepasen en el método, en cuanto que la acción directa o violencia política era más clara en las JONS que en la Falange, que había perdido a más de treinta militantes por asesinato político sin que la Falange hubiese respondido. Hasta el punto de que el escritor Fernández Flórez había publicado en el ABC, que FE quería decir Franciscanismo Español, y los socialistas la llamaban “Funeraria Española” con cierta guasa, en cuanto que los atentados mortales venían de su orilla. Porque, además, el gobierno parecía que estaba con los que exterminaban a los falangistas, y porque no hacía nada para buscar a sus asesinos.

Ramiro le decía a José Antonio que la violencia del nuevo Movimiento ya estaba justificada, en cuanto que la justificación de la violencia no puede lograse más que cuando se está dispuesto a sufrirla. Porque sentir un desprecio desmedido hacia la vida de los otros y procurar al mismo tiempo en todas partes regalos y seguridades para la propia vida, era señal de envilecimiento.

Ledesma sostenía que sólo se puede justificar el empleo de la violencia en tres casos:
  • Como valor moral de ruptura, como desprendimiento y rebelión contra valores decrépitos, traidores e injustos.
  • Como necesidad, es decir, como principio obligado de defensa, como táctica ineludible en presencia de los campamentos enemigos. Y España entonces, según el zamorano, estaba poblada de verdaderos campamentos en pie de guerra.
  • Como prueba, como demostración de entereza, de capacidad y de licitud histórica que mueve a los soldados de la revolución nacional.
Por ello, ante el combate que se avecinaba, los falangistas no querían con ellos gentes pacíficas, renunciadoras y resignadas.

El yugo y las flechas constituían el signo bajo el que se había iniciado el Imperio Español, y suponía también un equilibrio perfecto de la pastoral y la epopeya. El propio José Antonio reconocía la primacía histórica de Ramiro en los objetivos de FE de las JONS. “Nuestros hermanos de las JONS, guiados por Ramiro Ledesma Ramos, fueron los primeros en abrir la brecha difícil. Fueron la primera guerrilla del estilo nuevo, los gallos de marzo que cantaron escandalosos y aguerridos la gentil primavera de las Españas, la que nos da ya por todas partes su brote irresistible de verdor. Y no podía ser, decimos, de otra manera”.

A los pocos meses de producirse la unión entre Falange Española y las JONS comienza a formarse la Sección Femenina gracias a la entrega total de Pilar y Carmen Primo de Rivera, Dora Maqueda y Justina Rodríguez Viguri. Hombres y mujeres debían embarcarse en el supremo objetivo de tratar de españolizar España.

Fe de las JONS se organizaría tras su unión de un modo militar ante la cada vez más creciente violencia política de sus enemigos: La base era la escuadra ( un jefe, un subjefe y nueve escuadristas ). Tres escuadras, con sus jefes, subjefes y enlaces, forman una falange. Tres falanges una centuria. Tres centurias una bandera. Tres banderas una legión. Macedonia y Roma aportaban así su nomenclatura guerrera. Para el combate callejero, Ramiro, asesorado por Ramón Ruiz Alonso, crearía también las llamadas “Patrullas de Asalto”.

La primera conquista revolucionaria que a la sazón se les ofrecía era sostener, afirmar y recobrar la unidad de España. Pues FE de las JONS entendía el Estatuto Catalán con una perfidia política y una traición a España, ante la cual el Gobierno republicano no sólo se cruzaba de brazos, sino que impedía la defensa de la patria. “España: he ahí lo prohibido”.

Los desgobernantes de la Segunda República a menudo metían en la cárcel a falangistas, por decir verdades como puños sobre la realidad del momento. Pero esto, lejos de arredrar a los camaradas de la Falange, les infundía más energía para la lucha, como nuevos mártires cristianos. De hecho, en FE de las JONS la prisión acabó siendo un acto de servicio por la patria. Así, sólo en 1934, estuvieron en la cárcel más de trescientos, entre los que cabe destacar Juan Aparicio López, José María Alfaro Polanco, Antonio Núñez Rubio, Gumersindo García Fernández, José María Díez Aguado, Juan Lara Sáenz, Francisco Carvajal Capella, Salvador Ramírez de Beteta, Mariano Fisac Herrero, Juan Bombín Velado y, naturalmente, Ramiro Ledesma Ramos. José Antonio los defendió a todos con éxito forense: José Antonio deseaba no descomponer la vertical entereza del hombre noble que se lanza a la lucha con armas caballerosas. Era imposible sostenerse sólo sobre el coturno en el navajeo asesino de los corros que les cercaban. Los falangistas querían ser sobre todo las avispas que se clavaban en la conciencia de los amodorrados, sócrates con camisa azul mahón.

La Falange Española y las JONS llegaron a justificar la violencia después de que los socialistas del más alto nivel ya la hubieran justificado en un sentido bastante cínico, por cierto. El propio Largo Caballero reconoció muchas veces que aceptaba la democracia liberal si ésta, mediante los votos le daba el Poder, porque si los votos no le daban el poder, él lo conquistaría mediante la violencia. Por España entera corrían bandas de saqueadores, incendiaros y terroristas. ¡Un desventurado país entregado al bandolerismo político, o sea, impolítico! Los socialistas parecían hacer gimnasia revolucionaria con sus atentados continuos tras su derrota electoral a finales de 1933. Así iba llegando ese gran estallido de violencia que se denominó, cómo no, “Octubre”. Francisco Largo Caballero decía: “Yo declaro que hay que armarse y que la clase trabajadora no cumplirá con su deber si no se prepara para ello. En la conciencia de la clase trabajadora hay que dejar grabado que para lograr el triunfo es preciso luchar en las calles con la burguesía, sin lo cual no se podrá conquistar el Poder.”

El socialismo contaba con la ruina del país y la desesperación de los hambrientos como colaboradores. Y seguía diciendo Largo Caballero: “No hay más solución que la lucha en las calles y el exterminio de la burguesía”. Más aún, en las propias Cortes, durante una de las sesiones, los diputados socialistas atacan a los monárquicos. El Conde Rodezno resulta herido de un puñetazo en la mandíbula y una patada en el vientre. Indalecio Prieto derriba de otro puñetazo al doctor Albiñana, le hiere y le conmociona. Otra vez Largo Caballero: “A nosotros no nos interesa la reconquista de la República de los republicanos. Nos interesa implantar la República de los socialistas”. El socialismo organizó por completo la subversión general que supuso la Revolución de Octubre, la dotó de todo tipo de armas, anunciándola inmisericordiosa…y sovietizada. En la JSU se señala: “Hay que combatir al enemigo con todas las armas. Todos los medios son lícitos. Cuanto más enérgicos y sangrientos, mejor”.

El propio Indalecio Prieto, que parecía aparentemente más demócrata que Largo Caballero, llegó a decir en un discurso en Granada: “Hay que levantar la tapa de los sesos de un balazo al que se cruce en nuestro camino”. Y en la hortelana Murcia, patria de Salcillo, exclamaría el propio Largo Caballero: “¡Si los socialistas somos derrotados en las urnas, iremos a la violencia, pues antes que el fascismo preferimos la anarquía y el caos”. Terminando aquel mitin de campaña de este modo tan brutalmente cínico: “Si ganamos, venceremos y nos apoderaremos del Poder, si no ganamos, el hecho de que otros tengan más votos que nosotros, nos impondrá echarnos a la calle para arrebatar ese Poder. De “ellos” (esto es, de los que no piensan como el socialismo, y serían los más) será la culpa (¡la culpa!) de que nos lancemos a la revolución sangrienta. Pues nadie debe llevarnos la contraria”. Largo Caballero, un demócrata de toda la vida.

Para Ramiro, lo repetimos, la violencia política no está para volar las tejas – eso sería puro bandolerismo y pistolerismo -, sino que sólo se pude justificar si con ella volamos las estructuras.

Muchas personas desertan de la Falange para integrarse en la CEDA o Renovación Española dada la cantidad de bajas que les causaba los atentados de los socialistas, perfectamente uniformados también con camisa azul celeste y corbata roja. O como decía Ramiro: “Desertan muchos derechistas y monárquicos, horripilados de que ciña su torso el falangismo con el azul mahón del mecánico proletario.” “Divide cum terrore et impera”- pensaría Largo Caballero, siendo muy consciente, además, de que muerto el Estado, se acababa el pistolerismo.

Por todo ello, no tiene ningún sentido, como han venido diciendo algunos desde 1977, que España ha recuperado la democracia tras casi cuarenta años de dictadura. La democracia liberal de la IIª República no sólo carecía de suficientes demócratas, sino que a la izquierda y a la derecha existían poderosas fuerzas que no hacían reparos en el uso político de la violencia más cruel, si con ello conseguían sus fines políticos; esto es, especie de paraísos utópicos que en otros lugares del mundo probaron su horror e inhumanidad. En definitiva, aunque filósofos cristianos de la última escolástica, justificaron el uso de la violencia contra la tiranía, la opresión y el abuso, ninguna filosofía moral la ha podido justificar como instrumento para imponer una determinada mundivisión, tal como pretendieron hacer las izquierdas y las derechas de la IIª República. Hoy, gracias a Dios, todos los actores participantes en la política nacional reconocen que el marbete de demócrata es el elemento primordial, hispostático, y que las otras etiquetas, como popular, socialista o comunista, tienen un carácter secundario, que sirven para matizar el sentido del elemento fundante, la Democracia.