Opinión

Tlaxcala: El fracaso nacional

TRIBUNA

Natalia K. Denisova | Sábado 01 de agosto de 2015

Una noche de sábado, cuando la mayoría nos dedicamos a las charlas pausadas y placenteras con los amigos, acompañados con un buen tinto de verano, los vecinos del municipio San Pablo del Monte se ocuparon en tirar la Capilla del Santo Cristo. Esta localidad, una de las más pobladas de Tlaxcala, México, cuenta con larga historia, ya que desde los tiempos remotos los antiguos tlaxcaltecas conocían la localidad como Cuauhtotoatlala. La verdadera fundación del poblado se debe a la llegada de los españoles, que gracias a los matrimonios con las hijas de los caciques locales fundaron allá, al pie del volcán Malinche, prósperas haciendas. No obstante, la actividad más famosa de San Pablo del Monte es la producción de “talavera”, es decir, de la cerámica, de los azulejos y cacharrería que sigue el modelo elaborado en el famoso pueblo toledano de Talavera de la Reina.

¿A quién se le podía ocurrir dedicar una noche del sábado al duro trabajo de la destrucción de una capilla tan antigua como bella? Muchas son las versiones que han aparecido en la prensa, pero hay solo una que se estáconfirmando: son los vecinos del lugar los que decidieron demoler la Capilla, catalogada como el monumento histórico y “propiedad de la nación”. La construcción franciscana fue una muestra de la arquitectura virreinal del siglo XVIII, cuyas dos torres de campanario fueron construidas en la centuria siguiente. Pero esta construcción, vetusta según la mayoría de los moradores del barrio, les estorbaba la vista de la nueva iglesia construida sin permiso oficial, pero con la financiación por los propios vecinos.

La reacción de las instituciones culturales del país, del Instituto de Antropología e Historia (INAH) y el Consejo de Nacional de las Artes (CONACYT), es de “sorpresa e incredulidad”: ¿cómo de la noche a la mañana la población puede tomar la decisión de demoler un monumento del patrimonio nacional? Los representantes de las instituciones anunciaron que van a buscar a los responsables, que corren peligro de ser condenados a 3 y hasta 11 años de prisión, pero no han enviado a sus expertos al lugar de lo sucedido para evitar conflictos con la población. ¡El colmo de la estulticia y la cobardía!

La demolición del “vetusto” templo, cuyas paredes eran de un metro de anchura, durómás de siete horas, entre los escombros se encuentran los trozos de azulejos y de mármol que decoraba las paredes. Las piezas históricas, como las obras de arte y los muebles, que se encontraban en sus interiores, se consideran desaparecidas. Uno de los “cargos”públicos tuvo la gracia, más bien la estupidez, de decir que, en realidad, el gran problema “es que México tiene 110.000 monumentos históricos que cuidar”…Obtuso. En fin, para que la nueva iglesia tuviera “la mejor vista”, el párroco y el agricultor, el mayordomo mayor del nuevo templo, destruyeron un bien histórico nacional. Una muestra más del salvajismo que impera por aquellas tierras. La barbarie no se queda en unos cuantos, sino que los vecinos aplauden y ocultan los hogares de los responsables de este delito, y, por si eso fuera poco, las autoridades locales y nacionales no se atreven a inculpar a los responsables porque “en el municipio se manejan los usos y costumbres”. Las autoridades no pueden “intervenir en los acuerdos que ellos toman”, según dijo el representante de la Presidencia Municipal. En realidad, la destrucción de esta iglesia refleja el fracaso de la nación mexicana. Y es que el nacionalismo acaba con todo. La afamada “nación mexicana”, con la cual se llena la boca la oficial ideología del país, es un desastre. La “nación mexicana”no tiene legitimidad alguna, si un puñado de vecinos puede destruir un monumento histórico. La demolición del templo es una muestra de la esterilidad del nacionalismo mexicano: ni se les ha pasado por la cabeza que había otros mexicanos que quisieran visitar la capilla del siglo XVIII o los historiadores mexicanos que querían estudiar el monumento. México es un Estado fallido, o sea, se ha “achicado”tanto que cabe en los límites de un barrio.