Opinión

La bomba

TRIBUNA

Alfonso Cuenca Miranda | Sábado 01 de agosto de 2015

A las ocho horas y quince minutos del 6 de agosto de hace ahora setenta años la historia del mundo cambió para siempre. Cumplido con creces el mandato de dominar la creación, el Hombre había vuelto a desobedecer a su Hacedor, probando de nuevo la fruta del árbol prohibido de la sabiduría. El fuego de Prometeo se había escapado a su control, pues por vez primera el Hombre podía matar al Hombre, borrar todo rastro de su existencia.

¿Por qué se había llegado al punto de no retorno, aquel que se cruzó cuando el Enola Gay abrió sus compuertas de carga sobre el cielo despejado de Hiroshima? Dos factores explican lo ocurrido: ciencia y guerra, desarrollados como nunca antes. La Ciencia había experimentado un trepidanteavanceen los años precedentes. En el siglo XIX, cuando se suceden vertiginosamente inventos y descubrimientos, el tiempo se aceleró, proceso que la primera mitad del XX no hace sino acrecentar. Jugando con la conocida cita del que sería el más célebrede los nuevos demiurgos, Albert Einstein, el ser humano aprendió a tirar los dados. Y la Ciencia se puso al servicio de las más eternas pulsiones humanas: progreso, mejora, confort, superación… poder, dominación… Y Atenea se unió a Ares con nefastos resultados. La guerra ahora será más Total que nunca. Grandes movilizaciones, despliegues y avances de tropas antes imposibles, se pelea en cualquier medio y condición, que ya no son frenos para el combate… La destrucción llama a la puerta de los civiles, la guerra ya no es cosa de uniformes… Es algo más terrible, es el sobrevuelo constante de la muerte, taylorizada, inserta en la cadena de producción para consumo instantáneo y masivo. Guerra total, horror total.

Nadie discutió la necesidad de fabricar la bomba, entre otros motivos, porque un grupo de científicos alemanes venían trabajando desde hace tiempo en ello. Sobrecoge imaginar lo que hubiera ocurrido si Hitler hubiera dispuesto de la nueva arma. Por ello, Oppenheimer, el propio Einstein, Roosevelt, Marshall o Churchill no dudaron de la necesidad de la investigación y el uso de la misma. El hombre que finalmente tuvo que adoptar la decisión de su lanzamiento tampoco vaciló. Truman conoció por vez primera la existencia de un proyecto secreto para fabricar una bomba de capacidad hasta entonces desconocida en 1943, cuando aún era Senador. Llegado a la presidencia sin estar completamente preparado, sin embargo habría de adoptar en cuatro meses decisiones trascendentales para el devenir del siglo XX. Apenas doce días después de tomar posesión, el 25 de abril de 1945, el Secretario de Guerra Stimson le informa con detalle del proyecto Manhattan. Casi terminada la guerra en Europa, la sangría estadounidense en el Pacífico no deja de acrecentarse con un importante e inesperado número de bajas en IwoJima y más tarde en Okinawa, por lo que el proyecto debe seguir adelante con redoblado esfuerzo.

El 16 de julio, mientras Truman se halla en Potsdam para decidir el reparto del mundo, se le informa del éxito de la primera prueba en Alamogordo. Dos días más tarde Stimson, también en la capital germana, recibe un telegrama: “el Doctor acaba de volver de lo más entusiasta, seguro de que el niño pequeño (littleboy) es tan fortachón como su hermano mayor. El brillo de sus ojos es discernible desde aquí a Highgold y pude oír sus gritos desde aquí hasta mi granja” (el oficial decodificador llegará a pensar con estupefacción que el Secretario de guerra, cercano ya a la ochentena, acaba de ser padre).El 26 del mes señalado, se envía a Japón el denominado ultimátum de Potsdam, en el que se le insta a la rendición incondicional, amenazando con el empleo de la más destructiva capacidad de guerra posible. El gobierno de Tokyo no responde al mismo. A las 7:00 del día 31 de julio, el Presidente adopta su decisión definitiva: “Sugerencia aprobada. Láncese cuando esté preparada, pero no antes del 2 agosto”. Truman no quiere que la bomba se lance antes de que él haya abandonado Potsdam. Días atrás ha informado a Stalin de que dispone de un arma casi definitiva y éste finge sorpresa e indiferencia, a pesar de que conoce el proyecto americano desde hace tiempo.

La suerte está echada. La elección de objetivos ha sido ardua. Frente a algunas voces (minoritarias) que habían aconsejado su utilización con efecto únicamente intimidatorio en la bahía de Tokyo, el Comité de expertos ha decidido su pleno empleo militar. Descartados objetivos como Kyoto o la propia Tokyo, se elige Hiroshima, sede de contingentes navales y terrestres y centro de producción industrial. Intencionadamente no será objeto de bombardeo convencional alguno en los meses y semanas previas, con el fin de calibrar con exactitud el efecto destructor de la nueva arma. La ciudad será arrasada. Cuando pocos segundos después de lanzarse la bomba, el hongo atómico alcance la altura de 30.000 pies (llegaría a los 60.000 en los siguientes minutos), la mañana del 6 de agosto, habrán muerto ya entre 70.000 y 80.000 personas. Otro tanto morirá en los días siguientes.

¿Era necesario? Mucho se sigue discutiendo aún sobre ello. Como argumentos principales en su defensa se subraya que con las bombas consiguieron salvarse entre 250.000 y un millón de vidas estadounidenses, bajas que se calcula (difiriendo las cifras según los autores) habría de arrastrar la invasión de Japón proyectada para noviembre. A dicha cifra habría que sumar las bajas niponas previstas, oscilando las estimaciones entre dos e incluso diez millones. En contra de su indispensabilidad se aduce que la suerte de la guerra ya estaba echada, especialmente ante la inminente entrada soviética en la guerra contra Japón (producida finalmente el día 9). Es más, en línea con este argumento, algunos autores señalan que la bomba fue lanzada pensando más en los soviéticos que en los japoneses, si bien los testimonios que nos han llegado de los dirigentes estadounidenses no abonan tal conclusión. Cualquier análisis sobre este tema nos obliga a trasladarnos a las circunstancias de una guerra vivida como nunca antes se había sufrido. El horror de la misma, la creencia de un todo o nada, de vivir días finales, de la relatividad del mañana, de la devaluación de la propia existencia humana, y la necesidad de adoptar decisiones críticas en contextos nunca imaginados son factores que hoy no son fáciles de recrear mentalmente y, por ende, de tener en cuenta.

Cuando horas después del lanzamiento comience a caer sobre Hiroshima la lluvia ácidaalgo habrá cambiado para siempre. Un miedo nuevo se habrá instalado en el subconsciente colectivo de la humanidad. En términos de muertes, otros bombardeos, especialmente el de Dresde, fueron más devastadores que el de Hiroshima. Sin embargo, es éste el que más nos sobrecoge. En ello pesa el carácter desconocido de la radiación, sus efectos instantáneos y silentes… la reproducción de sus males a lo largo de los años.

La Peste Negra de 1348 borró de la faz de la tierra a un tercio de la población del área afectada (entre Islandia y la India). En plena virulencia de la epidemia, un cronista de Siena escribió: “Y las campanas no doblan a difuntos, y nadie llora sean cuales sean sus pérdidas, porque casi todos esperan expirar… Y todos dicen con convicción: `Es el fin del mundo´.”. Hiroshima y la escalada nuclear de los siguientes años inauguraron una Era en la que la propia supervivencia humana en el planeta volvía a estar amenazada, sólo que ahora el mal era un producto humano dependiente para su concreción de su voluntad.

El 4 de enero de 2010 fallecía en Nagasaki Tsutomo Yagamuchi. Tenía 93 años. Era un “doble hibakusha” (superviviente de un bombardeo nuclear), pues había estado en Hiroshima y Nagasaki el 6 y el 9 de agosto de 1945. Unos años después de la tragedia atómica tuvo una hija que aún vive, muestra de que, finalmente, entre tanta oscuridad, la vida siempre se abre camino, como comenzara a hacerlo hace millones de años en mitad del océano.