Ateo, homosexual, marxista, Pier Paolo Pasolini (Bolonia, 1922-Roma, 1975) realizó la película más poética, profunda y evangélica que se ha filmado sobre Jesús de Nazaret (El Evangelio según San Mateo, 1964). Pasolini dedicó la cinta a Juan XXIII, el “Papa bueno” y la Iglesia Católica acabó reconociendo la perspicacia del director para adentrarse en el mensaje del joven Rabí. Ser comunista no convirtió al escritor y director italiano en un sectario, pues no escatimó críticas a la extrema izquierda que apoyaba o justificaba el terrorismo de las Brigadas Rojas. En una ocasión, contempló a unos manifestantes arrojando piedras y cócteles Molotov contra la policía. Los violentos eran universitarios pertenecientes a la burguesía. Los agentes procedían de familias obreras y campesinas. Pasolini se preguntó cómo debía interpretar este contraste, que ofrecía una perspectiva insólita de la lucha de clases. Al final, estimó que los revolucionarios actuaban como una horda fascista, provocando la ira de sus antiguos camaradas. Su honestidad le sitúa entre los heterodoxos que buscan incesantemente lo más ético, bordeando una rara y paradójica santidad. José María García López (Ávila, 1945) ha captado la fascinante personalidad de Pasolini en una novela extraordinaria, con una prosa intensa, directa, que no elude ninguna arista y no retrocede ante los tabúes. Con unos diálogos líricos y descarnados, explora la historia de uno de los personajes más fascinantes del siglo XX.
La novela empieza con el viaje a Roma de un Pasolini estrechamente unido a su madre. Después de realizar estudios universitarios en Bolonia y ejercer la enseñanza, una denuncia por corrupción de menores le costó la pérdida de su plaza y la expulsión del partido comunista. Apasionado, vulnerable, inconformista, sucumbió al turbio encanto de los barrios proletarios, con su carga de violencia, promiscuidad y desarraigo. Nunca se cansó de airear los abusos que soportaba la clase obrera en la sociedad capitalista, admitiendo su nostalgia por la época anterior a la industrialización, con su espiritualidad sencilla y su estrecho contacto con la naturaleza. Su asesinato por un “muchacho de la calle” suscitó toda clase de hipótesis.
Se especuló que el crimen era fruto de una conspiración urdida por la masonería, la mafia, la democracia cristiana y la Curia Romana. García López maneja con solvencia la investigación de la supuesta trama, pero lo más interesante de su novela se encuentra en las especulaciones filosóficas, donde fulguran destellos de Baudelaire, Sade y Bataille. Pasolini habla sobre el deseo y la humillación, el placer y la desesperación, lo sano y lo enfermizo. El sexo no es un simple intercambio de fluidos, sino una forma de conocer la naturaleza humana, penetrando en la penumbra más remota. El pene no es un mero órgano sexual: “Es un semillero de propagación cósmica, pero también símbolo de rebeldía edípica y muerte. Significa deslumbramiento y culpa, revelación divina y consuelo inefable, fuego plutónico de actividad política e intelectual”.
Pasolini no comparte la execración del sexo que se remonta a los ritos órficos, comunicando pitagorismo, platonismo y cristianismo, pero simpatiza con Jesús, el hijo de un carpintero que creció en Galilea, una región tan maldita como los suburbios de Roma. El Sermón de la Montaña llama bienaventurados a los pobres de espíritu, los limpios de corazón, los misericordiosos, a los que tienen hambre y sed de justicia. Pasolini se conmueve al recodar las bienaventuranzas, pues Jesús no se acercó a los hombres y mujeres de fama intachable, sino a “los publicanos, los pecadores, los ladrones y las criaturas más hundidas en la miseria moral”. Si hubiera predicado en la Roma de la posguerra del 45, habría confraternizado con los pequeños rateros, las prostitutas y los pobres. Los poemas de Pasolini no buscan la belleza, sino la verdad, cuestionando los valores tradicionales: “Monstruo es quien ha nacido / de las entrañas de una mujer muerta. / Y yo, feto adulto, voy girando, / más moderno que todos los modernos, / buscando a esos hermanos que ya nunca estarán”.
Pasolini era un “monstruo”, un ser que rompió las costuras de la Italia corrupta e hipócrita, despertando el odio de los poderes temporales. La última escena de la novela relata el salvamento de una golondrina que se ahoga en un lago. Erio, un golfillo de los barrios bajos, nada hasta conseguir salvarla, pese a su miedo a las profundidades. Velino, otro joven, exclama: “Pero, hombre, ¿por qué la has salvado? Era tan bonito ver cómo se ahogaba”. Es tentador pensar que Pasolini es esa golondrina, inmolada por una sociedad que no soporta contemplar en el espejo sus propias miserias. Nadie salvó al poeta y director maldito, pero Pasolini o la noche de las luciérnagas nos hace sentir que aún está vivo, contemplando la extraña e inquietante belleza de los arrabales.