Escribo esta crónica en San Lorenzo de El Escorial. Y me digo: Felipe II fue un genio. Nos dejóun edificio, El Escorial, para que los españoles supiéramos de dónde venimos, para que pudiéramos contrastar qué fuimos y qué somos. Miramos ese edificio y no podemos dejar de pensar que, alguna vez, no fue necesario hablar mal de España para que nos reconociesen como españoles. Existió un tiempo en que los miserables no se identificaban por decir "no me siento español". Tuvo que haber alguna época decente en nuestra historia para que la gente normal dijera soy español sin sentir vergüenza ajena ante los desalmados y los imbéciles, ante los listillos y los palurdos, ante los parasitos que matan todo aquello que les da vida.
El Escorial es un buen lugar para coger fuerzas. De hecho, El Escorial, junto a El Quijote, es el símbolo de que el hombre es, antes que nada, pura voluntad. Esfuerzo. Ahora que el miedo, el pavor, ante el último, según el propio Arturo Mas, desafío independentista planteado para el 27 de septiembre, tiene atenazado al Gobierno de España, es aconsejable que su presidente se pase por este bello paraje un rato. Quizá consiga Rajoy venirse arriba, después del sosiego que le provoque la primera mirada. Quizá logre extraer para sí un poco de la energía que transmite el lugar. Quizá salga de la parálisis, del silencio, en que lo ha dejado la convocatoria plebiscitaria de Arturo Mas para romper aún más la unidad de la nación española, de la Constitución de 1978.
Felipe II fue un genio, sí, porque consigue removernos la conciencia, la vida consciente de un sencillo ciudadano español, cuando miramos su obra y su paisaje. Nos hace estremecernos de modo parecido al estremecimiento, si se me permite el antropomorfismo, que quizá sienta la naturaleza del lugar. Más aún, como dice mi informante anónima, el paisaje de esta parte de la sierra de Guadarrama perdería su fuerza sin El Escorial. Pocos ejemplos, quizáninguno a la altura del que hablamos, hay en el mundo donde un edificio complete a la naturaleza. Venga, señor Rajoy, anímese. Acérquese a El Escorial. Está a menos de 36 kilómetros del Palacio de la Moncloa. Imite en algo a Ortega y Gasset y a todos los grandes que por allí han pasado, incluso Azaña tiene páginas inolvidables en El jardín de los frailes. Pero, por favor, no entre en el edificio. Usted ahora necesita mucho aire puro y sano para poner el cerebro a pleno rendimiento. Basta que haga un paseo por los alrededores. Mire. Pasee un ratito por allí y, entre la meditación contemplativa y el pensamiento reflexivo, haga suyo un poco del ímpetu, del coraje, en fin, de la bravura que por allí se respira para responder con inteligencia a la brutalidad secesionista, pero, sobre todo, para combatir la cobardía de su gobierno, destilado final de todos los gobiernos de España, desde González hasta Zapatero pasando por Aznar, que ha colaborado con los nacionalistas e independentistas para que las leyes de España, especialmente la ley que dice que todos los españoles somos iguales ante la ley, no se aplicará en Cataluña.
Los nacionalistas, sí, llevan más treinta años retorciéndole el cuello a la ley y los gobiernos de España se lo han permitido. Ponga usted, por favor, pie en pared, en la misma pared desde la que contempla el paisaje de El Escorial, y construya un discurso contra la última acción política del independentismo catalán. Diga algo creíble, o sea con coraje, para que los españoles no sientan vergüenza de sus actuales "gobernantes". Es menester coger fuerzas de este lugar para salir del miedo, que conduce directamente a la torpeza, en que se halla su gobierno para salir del atolladero del 27 de septiembre. Usted, señor Rajoy, podía, quizá aún pueda, contestar con inteligencia al desafío nacionalista, por ejemplo, podría haber limitado los recursos que dedica a Cataluña en la próxima ley de Presupuestos, y sobre todo podría haber convocado elecciones generales para el día 10 de septiembre, un día antes del inicio de la campaña plebiscitaria de los independentistas catalanes... Esta última acción hubiera significado un salto cualitativo para recuperar los dos millones y medio de votos que ha perdido en las municipales. Pregúntese, señor Rajoy, en su paseo por El Escorial: ¿por quéno hace ni dice nada creíble?, ¿quién le "aconseja" tan mal y tan a destiempo?, ¿por quéesa pasividad gubernamental, o mejor dicho, presidencial, ante el nacionalismo independentista catalán, a pesar de que ni un solo medio de comunicación, en España y en el extranjero, haya dejado de criticar esa carencia suya?
¿Por qué señor Rajoy, Presidente del Gobierno de España, ese exceso de pasividad, o mejor, esa falta de timos, coraje, para combatir a quien nos quiere destruir? Necesitamos saberlo para poder ayudarlo.