Alejandra Pizarnik se suicidó el 25 de septiembre de 1972, ingiriendo cincuenta pastillas de secobarbital, un barbitúrico que inhibe la actividad cerebral y deprime el sistema nervioso. Se dice que sufría trastorno límite de la personalidad. Se hallaba ingresada en un hospital psiquiátrico, pero aprovechó un permiso de fin de semana. Tenía treinta y seis años. Había nacido en Avellaneda, Buenos Aires, el 29 de abril de 1936. Hija de Elías Pozharnik y Reizla Bromiker, inmigrantes judíos de procedencia rusa y eslovaca, la partida de nacimiento alteró los apellidos originales. Alejandra aparece como Flora Pizarnik Bromiquier. Esta confusión, fruto del agudo contraste entre el castellano y las lenguas eslavas, parece prefigurar la escisión del yo que se advierte en su poesía: “Miedo de ser dos / camino del espejo: / alguien en mí dormido / me come y me bebe” (Árbol de Diana, 1962). Sería difícil explicar por qué nos seducen tanto los escritores y artistas que acaban con sus vidas. ¿Quizás porque representan el encuentro más trágico entre el dolor y la belleza?
Alejandra sufrió mucho de niña. Tenía una imagen muy negativa de su aspecto físico por culpa del acné y el sobrepeso. Además, tartamudeaba con un llamativo acento centroeuropeo y sus pulmones silbaban a causa del asma. Su timidez bordeaba la fobia social. De joven, recurrió a las anfetaminas para superar su inseguridad. Enseguida aparecieron los cuadros de euforia, las caídas depresivas y el insomnio. Su padre, un próspero joyero, le costeó sesiones de psicoanálisis, con la esperanza de aliviar su dolor psíquico. No consiguió nada, salvo que su hija comenzara a leer a Freud. Alejandra se matriculó en la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, pero su inestabilidad y sus adicciones le impidieron licenciarse. Los analgésicos y los barbitúricos ocuparon el lugar de las anfetaminas, marcando su descanso y sus estados de ánimo. Por esas fechas, se apunta a las clases del pintor surrealista Juan Battle Planas, descubriendo el poder de la metáfora para subvertir la razón y la lógica. Mantiene un breve idilio con Olga Orozco. Se interesa por la poesía de Antonio Porchia, autor de piezas breves con un planteamiento semejante al haiku, donde la experiencia poética se plasma mediante la alusión, la yuxtaposición y la síntesis. Frecuenta a Rimbaud y Mallarmé, que exploran los límites del lenguaje para expresar las pulsiones inconscientes. Con estos materiales, elabora su poética y compone sus primeros libros: La tierra más ajena (1955), La última inocencia (1956) y Las aventuras perdidas (1958). Viaja a París, acude a varios seminarios de La Sorbona, traduce a Michaux, Artaud, Yves Bonnefoy y Aimé Césaire; conoce a Julio Cortazar, Rosa Chacel y Octavio Paz, que prologa su cuarto poemario, Árbol de Diana. Paz presenta la obra con un registró metafórico: “…durante mucho tiempo se negó la realidad física del árbol de Diana. Soledad, concentración y un afinamiento general de la sensibilidad son requisitos indispensables para la visión. […] el árbol de Diana no es un cuerpo que se pueda ver: es un objeto (animado) que nos deja ver más allá, un instrumento de visión”. Verdaderamente, la poesía de Pizarnik es una iluminación que intenta trascender el lenguaje para atisbar la gramática secreta del inconsciente. Árbol del Diana es la primera obra de madurez de una poesía que no dejará de crecer, estructurándose alrededor de temas como la infancia perdida, la muerte, la soledad, la locura, el sexo, la tristeza, la infelicidad y el amor no correspondido. Sin duda, uno de los grandes libros de la poesía en lengua castellana de la segunda mitad del siglo XX, un clásico que deshoja la vida hasta confundirla con la muerte.
Pizarnik no oculta su aversión a la política. El nazismo y el estalinismo han exterminado a su familia en una Europa devastada por el totalitarismo. Las bombas de Hiroshima y Nagasaki corroboran que la excelencia sólo es posible en el arte. Eso no implica que esté satisfecha con sus poemas. Considera que sólo son borradores, esbozos malogrados, “escritos miserables”. Ni siquiera confía en la capacidad del lenguaje poético para captar la realidad y expresar la identidad personal. En 1965 escribe en su Diario: “En el fondo, yo odio la poesía. Es, para mí, una condena a la abstracción”. En 1968, formula un juicio implacable sobre Árbol de Diana: “Leí mi libro. La muerte es allí demasiado real, si así puedo decir; no el problema de la muerte sino la muerte como presencia. Cada poema ha sido escrito desde una total abolición (o mejor: desaparición) del mundo con sus ríos, con sus calles, con sus gentes. Esto no significa que los poemas sean buenos”. Pizarnik aún escribirá tres poemarios excepcionales: Los trabajos y las noches (1965), Extracción de la piedra de la locura (1968) y El infierno musical (1971). En los tres se advierte la tensión entre el anhelo de madurar y el deseo de morir para escapar al infortunio. “Lo infantil –escribe en 1966 en su Diario- tiende a morir pero no por ello entro en la adultez definitiva. El miedo es demasiado fuerte sin duda”. Y, más adelante, añade: “Mis contenidos imaginarios son tan fragmentarios, tan divorciados de lo real, que temo, en suma, dar a luz nada más que monstruos”.
Quizás “La enamorada” es el poema que mejor expresa las tensiones psíquicas de Pizarnik. Pertenece a La última inocencia, una de sus obras primerizas, pero ya alberga el nudo de su drama interior: “esta lúgubre manía de vivir / esta recóndita humorada de vivir / te arrastra Alejandra no lo niegues” / […] te remuerden los días / te culpan las noches / te duele la vida tanto tanto / desesperada, ¿adónde vas? / desesperada ¡nada más!”. Alejandra se deshizo de “la lúgubre manía de vivir” con una sobredosis de barbitúricos. Algunos han especulado que sólo quería dormir, evadirse, prolongar las horas de sueño, pero su muerte era un canto anunciado, la previsible despedida de una niña que quería cerrar los ojos y desnacer, huyendo de un mundo que siempre le resultó hosco, aristado y hostil.